
El peso de la tra(d)ición no siempre se percibe a primera vista. A menudo, la homofobia más cruel no viene de fuera, sino que se internaliza, se acomoda en nuestros pensamientos y hábitos, disfrazada de prudencia o sentido común. Aprendemos desde pequeñas a desconfiar de lo que somos, a medir nuestros gestos, a corregir nuestras palabras. Y en ese proceso —casi siempre inconsciente— traicionamos nuestro deseo, nuestra forma de amar, de imaginar, de existir. Es una tra(d)ición que se transmite sin querer, y cuya ruptura requiere un esfuerzo enorme de autoconciencia y valentía. Pensar en clave LGTBIQ+ no es fácil: implica revisar incluso nuestras certezas más íntimas. Pero solo desde ahí puede surgir una libertad real, incómoda y luminosa. (+ Dependencia emocional: cuando el amor se convierte en autoabandono)
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