Buy Me A Coffee

Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

  • Hay una trampa sutil que muchas lesbianas aprendemos pronto: adaptarnos. Adaptarnos para no incomodar. Adaptarnos para no parecer radicales. Adaptarnos para no perder afectos, espacios o validación. Pero crecer también implica decidir qué aceptas… y qué no.

    Aceptar tu orientación no es solo desear mujeres. Es asumir que tu vida no va a seguir el guion mayoritario. Y eso exige carácter.

    Una lesbiana debería aceptar que no gustará a todo el mundo. Que habrá quien la fetichice, quien la invisibilice y quien la tolere solo mientras no incomode demasiado. Debería aceptar que su identidad no es pedagógica: no está obligada a educar a cada persona que la cuestione. Debería aceptar que su deseo no necesita traducción masculina para ser legítimo.

    Pero hay cosas que no debería aceptar jamás.

    No debería aceptar relaciones en las que su orientación sea relativizada. Tampoco dinámicas donde se le pida discreción para no “complicar” entornos familiares o laborales. No debería aceptar ser la experiencia exótica de nadie ni la fase de exploración de quien no está dispuesta a sostener las consecuencias.

    Aceptar quién eres no significa aceptar cualquier trato.

    En Clamworld, el deseo entre mujeres es norma estructural. No hay mirada masculina que lo valide ni que lo condene. Sin embargo, incluso en un entorno exclusivamente femenino, surgen otras formas de control: presión social, dogmas internos, expectativas colectivas. La lección es clara: aunque desaparezca la opresión externa, siempre existe el riesgo de crear nuevas normas que asfixien la individualidad.

    Por eso una lesbiana tampoco debería aceptar los nuevos moldes que se disfrazan de libertad. No debería aceptar que le digan cómo debe vivir su feminidad, su masculinidad o su forma de amar dentro del propio colectivo. No debería aceptar que la diversidad interna se reduzca a una estética dominante.

    Tampoco debería aceptar relaciones que la disminuyan. Amar a otra mujer no convierte automáticamente una relación en sana. La dependencia emocional, la humillación encubierta o el chantaje afectivo no se vuelven aceptables por el simple hecho de ocurrir entre mujeres. La orientación no inmuniza frente a dinámicas tóxicas.

    Lo que sí debería aceptar es la complejidad. Aceptar que el deseo puede ser intenso y contradictorio. Que el orgullo no excluye la vulnerabilidad. Que la identidad no es una pancarta estática, sino un proceso en movimiento.

    Aceptar también que el camino propio puede implicar soledad temporal. Y que esa soledad no es fracaso, sino espacio de construcción.

    Hay una diferencia fundamental entre adaptación y renuncia. Adaptarse puede ser estratégico. Renunciar a lo que te define es erosivo. Muchas mujeres aprenden a soportar microdesprecios, silencios incómodos o medias verdades por miedo a perder pertenencia. Pero pertenecer a costa de diluirse no es pertenecer: es desaparecer lentamente.

    Ser lesbiana no es solo una orientación sexual. Es una posición vital frente al deseo, frente al amor y frente a la propia coherencia. Implica elegir conscientemente qué estándares aceptas en tu vida y cuáles no.

    Aceptar que el mundo no siempre será cómodo.

    No aceptar nunca que te hagan más pequeña para encajar en él.

    Esa diferencia cambia todo.

  • Si alguien me preguntara cuál es el secreto para consolidarse como escritora lesbiana independiente, la respuesta no sería romántica. No hablaría de talento innato ni de golpes de fortuna. El secreto es bastante menos inspirador y mucho más exigente: trabajo, trabajo y más trabajo.

    En un mercado literario saturado, donde la literatura LGTBI convive con grandes sellos y con una autopublicación masiva, diferenciarse no depende de la urgencia por publicar, sino de la claridad. Claridad sobre la propia voz. Claridad sobre el tipo de historias que se quieren contar. Claridad sobre lo que no se está dispuesta a negociar.

    Escribir desde una mirada lesbiana implica algo más que incluir personajes sáficos. Implica situar a las mujeres en el centro del relato sin convertir su identidad en accesorio ni en cuota. Implica asumir conflictos reales, contradicciones emocionales y tensiones que no siempre resultan cómodas.

    En Clamworld, la construcción del universo narrativo responde a una lógica interna firme. No se trata de una ambientación superficial, sino de un sistema con reglas propias que sostienen la historia. Ese tipo de arquitectura no surge de la improvisación: requiere planificación, coherencia y revisión constante.

    En Candice, el foco se desplaza hacia la complejidad psicológica y las dinámicas relacionales. Las historias entre mujeres no son necesariamente dulces ni armónicas. También están atravesadas por ambivalencias, inseguridades y luchas de poder. Escribirlas con honestidad exige profundidad y rigor.

    El éxito independiente no consiste en publicar con rapidez ni en perseguir tendencias pasajeras. Consiste en construir una trayectoria reconocible. En trabajar cada manuscrito más allá del primer borrador. En corregir sin complacencia. En asumir que el texto mejora cuando se cuestiona.

    La disciplina es la parte menos visible del proceso. No genera titulares ni aplausos inmediatos. Sin embargo, es el verdadero cimiento. Sin disciplina, no hay evolución estilística. Sin constancia, no hay comunidad lectora que permanezca. Sin exigencia propia, no hay identidad literaria sólida.

    Además, escribir literatura lésbica hoy implica una responsabilidad adicional: ampliar el imaginario. Durante mucho tiempo, las narrativas sáficas estuvieron asociadas casi exclusivamente al drama o a la marginalidad. Ampliar ese marco no significa idealizar, sino narrar con amplitud de registros: deseo, ambición, conflicto, poder, vulnerabilidad.

    La independencia editorial obliga a asumir todas las dimensiones del proyecto creativo. No hay intermediarios que filtren decisiones ni estructuras que sostengan errores. Esa exposición exige profesionalidad. La libertad creativa solo funciona cuando va acompañada de rigor.

    Muchas personas desean el resultado visible: el libro publicado, el reconocimiento, la etiqueta de “éxito”. Pero el trabajo real sucede antes. En las horas frente al texto. En las dudas. En las reescrituras. En la elección precisa de cada palabra.

    No hay atajos duraderos en la escritura. Puede haber momentos de visibilidad rápida, pero la consolidación requiere tiempo. Requiere coherencia temática. Requiere identidad. Requiere una ética de trabajo que no dependa del entusiasmo puntual.

    El éxito, si llega, es una consecuencia.

    El oficio es la causa.

    Y el oficio, cuando se ejerce con constancia, termina construyendo algo más sólido que cualquier golpe de suerte: una voz propia.

  • No siempre vivimos en la realidad tal como es. A menudo, habitamos versiones modificadas, tamizadas, recortadas o exageradas de lo que ocurre a nuestro alrededor. Y, aunque tendemos a culpar a los medios, a las redes o a los algoritmos, lo cierto es que muchas veces somos nosotras mismas quienes distorsionamos la experiencia. A veces por protección. A veces por hábito. Otras, por pura supervivencia emocional.

    La mente humana tiene una capacidad asombrosa para reinterpretar lo que ve. Estudios en psicología cognitiva muestran que recordamos los hechos no tal como ocurrieron, sino como creímos que ocurrieron. La memoria es moldeable, inestable. Y lo mismo sucede con la percepción del presente: lo que sentimos, pensamos o tememos actúa como un filtro que da forma a lo que creemos real. (+ ¿Explorar el espacio sin conocer el mar?)

    ¿Cuántas veces hemos escuchado solo lo que queríamos o temíamos oír? ¿Cuántas veces nos hemos convencido de que alguien nos desprecia, cuando simplemente estaba absorto en sus propios pensamientos? ¿O hemos creído que no éramos suficientes porque un espejo mal calibrado —externo o interno— nos mostró una imagen distorsionada?

    Vivimos también en realidades construidas por el deseo. Idealizamos relaciones, lugares, trabajos. Aceptamos situaciones dolorosas porque hemos creado una narrativa en la que todo tiene sentido o va a mejorar. En lugar de aceptar lo que es, nos quedamos en lo que queremos que sea. Y eso, aunque momentáneamente nos proteja, puede dejarnos atrapadas en dinámicas que nos restan libertad.

    Por otro lado, también distorsionamos por necesidad de encajar. Nos ajustamos a moldes sociales, a ideas impuestas de éxito, de belleza, de amor. Adoptamos creencias que no nos pertenecen, solo porque nos han repetido que son “lo normal”. Así, muchas veces no vivimos nuestra vida, sino una versión filtrada por la mirada ajena.

    La buena noticia es que podemos desandar ese camino. Detectar cuándo no estamos viendo con claridad es el primer paso para recuperar una visión más auténtica. Preguntarnos: “¿Esto que creo es verdad o solo es una interpretación?” puede abrir grietas de lucidez. Escuchar otras voces, leer otros relatos, explorar otras formas de estar en el mundo también ayuda.

    Quizás nunca accedamos a la realidad pura. Pero podemos intentar mirarla con menos miedo y más honestidad. Porque cuanto más nos acerquemos a lo real, más posibilidades tendremos de transformarlo.

  • Hay personas que no están enamoradas de alguien. Están enamoradas de no estar solas. Y eso, aunque suene duro, marca la diferencia entre construir una relación y usarla como analgésico existencial.

    Esta semana una amiga ha vuelto a romper —o a intentarlo— con una mujer que la humilla, la descoloca y le repite sin ambages que no quiere nada serio. No es la primera vez. Lleva décadas enlazando relaciones que funcionan como muletas emocionales: aguanta lo inaguantable hasta que aparece otra que la “rescata”. Entonces salta. No por amor, sino por sustitución. Lo que evita no es a la otra. Es el silencio. Es el encuentro consigo misma. (+ Felicidad sin ataduras)

    La dependencia emocional no es pasión desbordada ni romanticismo extremo. Es miedo. Miedo a quedarse a solas con una identidad que no se sostiene por sí misma. Desde la teoría del apego sabemos que los estilos ansioso-preocupados tienden a buscar validación constante en la pareja, tolerando dinámicas intermitentes o incluso maltratantes con tal de no perder el vínculo. La incoherencia —hoy te quiero, mañana no— no desengancha: engancha más. El refuerzo intermitente es uno de los mecanismos más poderosos de fijación conductual.

    Cuando la pareja se convierte en redentora, el vínculo deja de ser horizontal. Se vuelve asimétrico. Una necesita ser salvada; la otra ocupa el pedestal. Y toda relación sostenida desde la asimetría acaba pasando factura.

    Mi amiga afirma que no está enamorada. Y probablemente sea cierto. Lo que siente no es amor, es abstinencia anticipada. La sola idea de cortar el suministro de mensajes, reproches y reconciliaciones le genera ansiedad. La química que muchas veces confundimos con pasión no es más que activación fisiológica del sistema de alerta. No late el corazón por romanticismo; late por amenaza de pérdida.

    La paradoja es que cuanto peor se siente consigo misma, más urgente se vuelve encontrar a alguien. Y cuanto más urgente, menos exigente. Se toleran faltas de respeto, humillaciones sutiles, migajas afectivas. Porque el objetivo no es estar bien acompañada; es no estar sola.

    El ruido constante —mensajes, discusiones, reconciliaciones, planes improvisados— actúa como anestesia. Mientras hay estímulo, no hay introspección. Pero cuando todo se apaga, aparece la incomodidad de enfrentarse a la propia narrativa interna: inseguridad, autocrítica, sensación de insuficiencia. Y es precisamente ahí donde comienza el verdadero trabajo.

    La autoestima no se construye en pareja. Se pone a prueba en pareja. Si no existe previamente un mínimo de autoaceptación, la relación se convierte en un parche. Y los parches no curan heridas profundas; solo las cubren hasta que se despegan.

    Romper el patrón no consiste en encontrar a alguien mejor. Consiste en soportar el vacío el tiempo suficiente como para descubrir que no era un abismo, sino un espacio sin habitar. Aprender a estar sola no es renunciar al amor; es dejar de mendigarlo.

    Porque amar no es necesitar que alguien te rescate. Es poder elegir compartir la vida cuando ya sabes sostenerla por ti misma. Y eso, aunque no tenga la épica de la intensidad ni la adrenalina de los comienzos, es infinitamente más revolucionario.

  • En los últimos años, el squirting ha pasado de ser una curiosidad marginal a convertirse en una especie de santo grial de la sexualidad femenina. Redes sociales, porno y discursos pseudoliberadores lo presentan como una prueba irrefutable de placer intenso, conexión corporal y orgasmo “real”. Sin embargo, cuando se rasca un poco la superficie y se observa qué dice la fisiología, la narrativa empieza a resquebrajarse. Y lo que aparece debajo es bastante menos glamurizado: en muchos casos, lo que se expulsa es, sencillamente, orina. (+ El empoderamiento empieza en el coño)

    Decir esto no es moralista ni antifeminista; es anatómico. La uretra femenina es el único conducto por el que puede salir líquido de forma abundante y súbita. Las glándulas de Skene —a veces llamadas próstata femenina— existen, sí, pero su capacidad secretora es mínima y no explica la emisión de cientos de mililitros de líquido transparente que se observa en muchos vídeos. La ciencia lleva años señalándolo: los análisis bioquímicos del fluido expulsado durante el squirting muestran concentraciones claras de urea, creatinina y ácido úrico, marcadores inequívocos de orina, aunque a veces más diluida de lo habitual. (+ Naturaleza del squirting en la sexualidad femenina)

    Algunos estudios con ecografía lo han demostrado de forma particularmente contundente: antes de la estimulación sexual, la vejiga está llena; durante el llamado squirting, se vacía; después, aparece prácticamente colapsada. No es una metáfora, es una vejiga haciendo lo que sabe hacer. El cuerpo no se inventa nuevos órganos por demanda cultural.

    Entonces, ¿por qué tanta resistencia a llamar a las cosas por su nombre? Porque el porno ha hecho un trabajo extraordinario convirtiendo la micción en un espectáculo erótico, despojándola de su significado corporal real y rebautizándola como experiencia mística. En ese proceso, se ha vendido a muchas mujeres la idea de que si no “squirtan” algo falla en su cuerpo, en su placer o en su entrega sexual. El resultado no es liberación, sino una nueva forma de presión performativa.

    Muchas mujeres aprenden a provocar el squirting forzando la vejiga llena, inhibiendo conscientemente el reflejo de continencia y reinterpretando la sensación de ganas de orinar como excitación sexual. Algunas lo viven con placer, otras con incomodidad, y muchas con confusión. Pero el relato dominante insiste: si sale líquido, es empoderamiento; si dudas, estás reprimida. Curiosamente, nadie se pregunta por qué la liberación sexual femenina debería pasar por mear delante de una cámara.

    Esto no significa negar que haya mujeres que disfruten de esa experiencia o que la vivan como parte de su sexualidad. El problema no es lo que cada una haga con su cuerpo, sino el mito que se construye alrededor. El squirting no es un indicador fiable de orgasmo, ni de mayor placer, ni de conexión emocional. Tampoco es una función biológica universal. Es, en la mayoría de los casos, una micción asociada a la excitación, resignificada culturalmente como algo distinto porque resulta visualmente impactante y comercialmente rentable.

    Desde un punto de vista de salud sexual, convendría bajar el volumen del entusiasmo acrítico y subir el de la información honesta. No pasa nada por mear durante el sexo si ocurre y no incomoda. Tampoco pasa nada por no hacerlo jamás. Lo que sí es problemático es convertir un fenómeno fisiológico banal en una exigencia simbólica más, especialmente para las mujeres, cuyos cuerpos ya cargan con suficientes expectativas ajenas.

    Quizá la verdadera liberación no consista en producir chorros espectaculares, sino en poder decir sin culpa: esto me gusta, esto no, y no necesito demostrar nada con mis fluidos. A veces, llamar orina a la orina no quita magia al sexo; le devuelve realidad.

  • El Trastorno Obsesivo-Compulsivo (TOC) es mucho más que una manía por el orden o una costumbre pintoresca de comprobar la cerradura tres veces antes de salir de casa. A menudo trivializado en conversaciones cotidianas —“Soy súper TOC porque me gusta tener los libros ordenados”—, en realidad es un trastorno mental serio que afecta aproximadamente al 2-3% de la población mundial. Según la American Psychiatric Association, el TOC se caracteriza por la presencia de obsesiones, compulsiones o ambas.

    Las obsesiones son pensamientos, imágenes o impulsos intrusivos y persistentes que generan ansiedad intensa. Por ejemplo, la idea de que podrías contaminarte al tocar un pomo o la convicción de que vas a herir a alguien, aunque no tengas ningún deseo de hacerlo. Las compulsiones, en cambio, son los rituales que la persona se ve obligada a repetir una y otra vez para neutralizar esa ansiedad: lavarse las manos durante horas, comprobar puertas y electrodomésticos de manera ritualizada o repetir mentalmente palabras y números. (+ TOC, mi agobiante mejor amigo)

    El ciclo es perverso: cuanto más se lucha por no pensar en algo, más fuerza cobra el pensamiento obsesivo. Este fenómeno se conoce como efecto rebote y ha sido ampliamente estudiado por psicólogos como Daniel Wegner, quien demostró que la supresión de pensamientos aumenta su frecuencia paradójicamente. Así, el TOC se convierte en un círculo vicioso en el que la compulsión trae un alivio temporal… pero refuerza la obsesión a largo plazo.

    Desde el punto de vista neurobiológico, las investigaciones apuntan a una disfunción en el circuito cortico-estriado-talámico-cortical, que regula la inhibición de respuestas automáticas. Algunos estudios con resonancia magnética funcional muestran hiperactividad en áreas como el corte prefrontal orbitofrontal y el núcleo caudado, implicadas en el control de impulsos y la evaluación del riesgo. También existe evidencia de que la serotonina juega un papel importante, ya que los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) son el tratamiento farmacológico más eficaz.

    El TOC suele debutar en la adolescencia o en los primeros años de la adultez, aunque puede aparecer a cualquier edad. La Organización Mundial de la Salud lo clasifica como una de las 10 enfermedades más incapacitantes, dado que interfiere de forma severa en la vida personal, laboral y social. Algunas personas llegan a invertir varias horas al día en rituales o evitaciones. Otros ni siquiera pueden salir de casa sin experimentar angustia extrema. (+ La salud mental en el colectivo LGTBIQ+)

    El tratamiento de elección es la combinación de psicoterapia y medicación. La terapia cognitivo-conductual, especialmente la técnica de Exposición con Prevención de Respuesta (EPR), ha demostrado ser muy efectiva: consiste en exponer al paciente al objeto o situación temida sin permitir que realice su compulsión, hasta que la ansiedad disminuye de forma natural. A largo plazo, este proceso enseña al cerebro que la catástrofe temida no sucede. Cuando se combina con ISRS —como fluoxetina, sertralina o paroxetina—, la mejoría puede ser muy significativa. (+ Estimulación Cerebral Profunda como tratamiento para el TOC)

    Es fundamental desterrar los mitos que trivializan el TOC como “manías”. No, no es simplemente ser ordenado, escrupuloso o perfeccionista. El TOC es un trastorno que genera un sufrimiento real y, en ocasiones, invalidante. Reducirlo a una caricatura es injusto para quienes luchan cada día contra una mente que no les da tregua.

    Si sospechas que tú o alguien cercano podría tener TOC, la buena noticia es que hoy existen tratamientos eficaces y profesionales formados que pueden ayudar. La clave es entender que pedir ayuda no es una debilidad, sino el primer paso para recuperar el control sobre la propia vida.

    Porque, aunque tu mente insista en llamar una y otra vez a la puerta de la obsesión, no estás obligado a abrirle siempre. Y en ese pequeño gesto de resistencia empieza la libertad.

  • El otro día, tomando una cerveza, una amiga me contó algo que, por desgracia, no tiene nada de excepcional. Una conocida nuestra había descubierto que su hermano era gay. El descubrimiento le provocó un shock profundo. Tanto, que acabó contándoselo entre lágrimas a mi amiga (heterosexual) y a otra amiga lesbiana. Ambas intentaron tranquilizarla. Le dijeron que no pasaba nada, que ser gay era tan natural como ser heterosexual, que no había motivo para el drama. Ella, entre sollozos, respondió algo que resume a la perfección el problema: “Claro, una cosa es verlo fuera de casa y otra que le pase a mi hermano”.

    Esa frase, aparentemente inocente, condensa décadas —siglos— de pedagogía heteropatriarcal. Porque no habla de rechazo explícito, ni de insultos, ni siquiera de odio consciente. Habla de algo mucho más profundo y difícil de desmontar: la idea de que la diversidad es aceptable mientras no atraviese el núcleo familiar. (+ Cuando el respeto de queda en la superficie)

    El heteropatriarcado no solo organiza leyes, instituciones o discursos públicos; también se infiltra en las expectativas más íntimas. Las familias funcionan, muchas veces, como pequeñas fábricas de normalidad. En ellas se proyectan deseos, miedos y mandatos: cómo debe ser un hijo, qué futuro se espera de él, qué tipo de vida será considerada válida. La heterosexualidad no suele presentarse como una opción entre otras, sino como un punto de partida incuestionable. Todo lo demás aparece como desviación, sorpresa o problema a gestionar.

    Por eso, cuando alguien dice “no tengo ningún problema con los gays, pero…”, el “pero” casi siempre señala una frontera emocional muy clara. Fuera de casa, la diversidad puede parecer abstracta, incluso simpática. Dentro, amenaza el relato familiar: el hijo que ya no encaja en la fantasía de boda, nietos, continuidad del apellido, respetabilidad social. No es casual que muchas personas LGTBIQ+ relaten que el rechazo más doloroso no vino de la calle, sino del comedor de su casa.

    Este mecanismo no es individual, es estructural. El heteropatriarcado enseña que la heterosexualidad es sinónimo de seguridad, de vida “fácil”, de normalidad. Cuando un hijo o un hermano se sale de ese guion, el miedo aparece disfrazado de preocupación: “va a sufrir”, “la gente es cruel”, “su vida será más difícil”. Pero pocas veces se cuestiona la raíz del problema: no es la orientación sexual la que genera sufrimiento, sino el sistema que la penaliza.

    Además, el impacto emocional suele recaer de forma desigual. Curiosamente, quien “descubre” la homosexualidad de un familiar se permite ocupar el centro del drama. Su shock, su proceso, su dolor. La persona que sale del armario queda relegada a un segundo plano, obligada a gestionar no solo su propia identidad, sino también la fragilidad emocional de los demás. El heteropatriarcado convierte así la diversidad en una carga que debe ser explicada, suavizada y casi disculpada.

    Decir que “no pasa nada” no basta. No pasa nada… siempre que no altere demasiado el orden establecido. Mientras no nos obligue a revisar privilegios, expectativas o miedos heredados. Pero cuando la diversidad entra en casa, cuando tiene nombre y apellido, ya no es un concepto: es un espejo.

    Tal vez el verdadero escándalo no sea que alguien sea gay, lesbiana o trans. Tal vez el escándalo siga siendo que, en pleno siglo XXI, tantas familias sigan educadas para amar solo bajo determinadas condiciones.

  • Durante décadas, la violencia doméstica se ha contado siempre con la misma narrativa: un hombre violento y una mujer víctima. Esa imagen —terrible pero conocida— ha eclipsado una realidad menos visible, más incómoda y a menudo silenciada: la violencia dentro de las relaciones entre mujeres.
    Una “crisis silenciosa”, y silenciosa no porque no exista, sino porque casi nadie quiere hablar de ella.

    Sin embargo, cuando se mira a los datos, el silencio se rompe a gritos. Diversos estudios de instituciones de salud pública en EE. UU. y Europa indican que las mujeres lesbianas y bisexuales reportan niveles de violencia física y emocional iguales o mayores que las mujeres heterosexuales. Esto sorprende a muchas personas porque desafía ideas, mitos y fantasías sobre cómo “debería” ser una relación entre mujeres. Pero la ciencia no pregunta por preferencias, pregunta por hechos:
    el abuso es un patrón de control y poder, no una cuestión de género. (+ Cuando el machismo habla con voz de madre)

    * El mito de la «relación perfecta»

    Una de las razones por las que esta violencia pasa desapercibida es que la sociedad ha colocado las relaciones lésbicas en un pedestal romántico: se asume que, al existir mayor simetría emocional, falta de roles de género rígidos y empatía compartida, la violencia es “menos probable”.
    Ojalá fuera cierto.

    De hecho, esa idealización es parte del problema: hace que muchas víctimas no reconozcan lo que están viviendo.
    Si no encaja con el estereotipo, parece que no puede ser abuso.
    Y mientras tanto, dentro de las paredes de casa, el maltrato sigue.

    * El abuso psicológico: el gran arma silenciosa

    En las relaciones lésbicas, los estudios señalan que la violencia psicológica y emocional es particularmente frecuente. No hablamos solo de gritos o discusiones fuertes, sino de dinámicas mucho más sutiles —y peligrosas—:

    – Control emocional disfrazado de sensibilidad: “Solo yo te entiendo”, “Si hablas con otras, me abandonas”.

    – Celos intensos legitimados como prueba de amor.

    – Gaslighting emocional: hacer creer a la pareja que está “exagerando” o “malinterpretando” la realidad.

    – Aislamiento de amistades y familia.

    – Uso de la orientación sexual como chantaje: “¿Quién te va a creer?”, “Si lo cuentas, te saco del armario”, “Van a pensar que eres tú la agresora”.

    Este tipo de manipulación no deja moratones, pero deja heridas profundas, identidades rotas y autoestimas reducidas a cenizas.
    El abuso psicológico es devastador… precisamente porque puede durar años sin ser reconocido.

    * ¿Por qué cuesta tanto denunciarlo?

    La respuesta es incómoda, pero real: miedo.
    Miedo a no ser creída, miedo a ser juzgada por la propia comunidad, miedo a que la policía minimice la situación, miedo a convertirse en “el caso que los homófobos usarán para atacar a las lesbianas”.

    Además, muchas mujeres sienten que denunciar a otra mujer “traiciona a la comunidad LGTBI”. Pero proteger a las mujeres —todas las mujeres— nunca es traición.

    * La ciencia también habla: la violencia no entiende de orientación

    Los análisis de psicología social muestran que los factores que aumentan el riesgo de abuso no son la orientación sexual, sino:

    – Historia previa de trauma.

    – Baja autoestima.

    – Dinámicas de dependencia emocional.

    – Dificultades económicas o laborales.

    – Aislamiento social.

    – Problemas de gestión emocional.

    Estos factores no desaparecen porque dos mujeres decidan compartir una vida. Al contrario: a veces se intensifican porque muchas parejas del mismo sexo sienten presión para “demostrar” que su relación es perfecta. (+ ¿Por qué nos cuesta tanto identificar el maltrato entre mujeres?)

    Romper el silencio es un acto de amor —propio y colectivo

    La violencia doméstica en relaciones lésbicas no debe seguir escondida.
    No es un tabú, no es una traición, no es una mancha.
    Es una realidad que afecta a miles de mujeres y que debe salir a la luz.

    Visibilizarla no destruye a la comunidad: la fortalece.
    Hablar de ello no es sensacionalismo: es supervivencia.
    Y reconocerlo es el primer paso para que ninguna mujer —ame a quien ame— tenga que sufrir en silencio.

  • Vivimos envueltos en eufemismos como si fueran papel de burbujas. Todo se amortigua, se suaviza, se reetiqueta. Ya no hay gordos, hay cuerpos no normativos; no hay viejos, hay personas mayores; no hay locos, hay diversidad mental. Y ojo: muchas de estas revisiones del lenguaje nacen de una intención legítima, la de no humillar ni excluir. El problema es cuando el lenguaje deja de ser una herramienta para comprender la realidad y pasa a ser un anestésico emocional. Cuando nombrar las cosas tal como son se convierte en un acto de violencia simbólica.

    Hemos desarrollado lo que yo llamo piel de cristal. Una sensibilidad tan extrema que cualquier roce se vive como una agresión. Y esa fragilidad no nos hace más fuertes ni más empáticos: nos vuelve más vulnerables, más reactivos y, paradójicamente, más solos. Porque si no podemos nombrar lo que nos duele, tampoco podemos procesarlo. (+ El poder del lenguaje inclusivo para el colectivo LGTBIQ+)

    El humor es una de las principales víctimas de esta cultura del eufemismo. Reírnos de nosotros mismos —de nuestras miserias, contradicciones y límites— ha pasado de ser una forma sana de autoconocimiento a un ejercicio de riesgo. El chiste ya no se escucha: se analiza. Se disecciona. Se fiscaliza. ¿A quién ofende? ¿Desde qué privilegio se dice? ¿Quién puede reírse de qué?

    El resultado es una risa domesticada. Una carcajada con freno de mano. Y eso tiene consecuencias. El humor, especialmente el humor negro, ha sido históricamente una válvula de escape emocional. Freud ya hablaba de la risa como un mecanismo de descarga psíquica. Reírse no es frivolizar: es sobrevivir.

    Cuando no nos permitimos la risa salvaje —esa que incomoda, que cruza líneas, que a veces es torpe— acumulamos tensión. Mucha. La tragamos, la racionalizamos, la escondemos bajo capas de corrección política. Y ese gas que no sale acaba buscando otras vías: ansiedad, depresión, somatizaciones… o silencios peligrosos.

    No es casual que vivamos una crisis de salud mental sin precedentes. Según la OMS, los trastornos depresivos y de ansiedad han aumentado más de un 25 % desde la pandemia. El suicidio sigue siendo una de las principales causas de muerte entre jóvenes y adultos jóvenes en muchos países occidentales. No, no todo se explica por la cultura del eufemismo, pero negar que vivimos hiperalertas, hipersensibles y emocionalmente sobreprotegidos sería ingenuo.

    El problema no es cuidar el lenguaje. El problema es confundir cuidado con censura emocional. Creer que cambiar las palabras cambia automáticamente la realidad. No la cambia: solo la disfraza. Y una realidad que no se puede nombrar es una realidad que no se puede transformar.

    Reírnos de nosotros mismos no nos debilita. Nos humaniza. Nos baja del pedestal de la identidad perfecta y nos devuelve al cuerpo, a la imperfección compartida. El humor no es el enemigo de la empatía; su ausencia, muchas veces, sí lo es.

    Tal vez deberíamos recuperar una piel menos delicada y una risa más honesta. No para herir, sino para respirar. Porque cuando todo duele, vivir se convierte en una caminata sobre cristales. Y nadie aguanta eso mucho tiempo.

  • La Navidad suele presentarse como un territorio neutral, casi intocable: familia, infancia, tradición y ternura. Sin embargo, si se observa con un mínimo de distancia crítica, emerge un patrón claro y persistente: las tradiciones navideñas están profundamente atravesadas por una lógica machista que se ha naturalizado a lo largo de siglos. No se trata de una conspiración consciente, sino de algo más eficaz: la repetición simbólica de roles que refuerzan una jerarquía de género. (+ El peso de la tra(d)ición)

    El ejemplo más evidente es el pesebre. En él, la figura central es un niño —Jesús—, flanqueado por dos padres que no ocupan el mismo lugar simbólico. María aparece como madre, silenciosa, pasiva, definida exclusivamente por su función reproductiva y su pureza. José, aun siendo secundario, encarna la figura del protector, del adulto responsable, del que “está ahí” sosteniendo la escena. Ninguna mujer más aparece en posiciones de agencia: no hay sabias, no hay lideresas, no hay pastoras. Los Reyes Magos, portadores de conocimiento, poder y movimiento, son tres hombres. El mensaje simbólico es claro: lo importante ocurre entre varones, y las mujeres acompañan.

    Desde la psicología social, sabemos que los símbolos repetidos desde la infancia contribuyen a la construcción de esquemas mentales sobre el mundo. No enseñan explícitamente, pero moldean expectativas. El pesebre no dice “las mujeres no importan”, pero lo sugiere por omisión, año tras año, generación tras generación.

    Algo similar ocurre con la figura más popular de la Navidad contemporánea: Papá Noel. Un hombre mayor, barbudo, autónomo, viajero, que reparte regalos y decide quién se ha portado bien y quién no. No existe Mamá Noel en el imaginario colectivo con el mismo peso simbólico. Cuando aparece, suele hacerlo como figura secundaria, doméstica o decorativa. La autoridad moral, el poder de decisión y la acción están masculinizados. Incluso en los cuentos modernos, Papá Noel actúa; Mamá Noel, si existe, espera.

    Este patrón no es anecdótico. La psicología del aprendizaje social muestra que los niños interiorizan roles a partir de modelos observados. Cuando las figuras de poder, movimiento y decisión son mayoritariamente masculinas, se refuerza la asociación entre masculinidad y agencia. La feminidad queda ligada al cuidado, la espera y la pasividad.

    La propia organización de las celebraciones navideñas reproduce este esquema. Aunque se habla de “fiestas familiares”, el trabajo invisible de la Navidad sigue recayendo mayoritariamente en mujeres: planificación de comidas, compra de regalos, preparación emocional del encuentro, cuidado de mayores y niños. Mientras tanto, el imaginario simbólico celebra figuras masculinas extraordinarias —reyes, padres mágicos, salvadores— desconectadas del trabajo cotidiano que sostiene la fiesta.

    Desde una perspectiva psicológica, esta disonancia no es inocua. Genera una doble exigencia para las mujeres: sostener la tradición y, al mismo tiempo, no cuestionarla. Criticar la Navidad suele percibirse como amargura o falta de espíritu festivo, lo que dificulta cualquier revisión crítica de sus estructuras simbólicas.

    Cuestionar el machismo en las tradiciones navideñas no implica renunciar a la Navidad, sino revisar qué valores se transmiten bajo la apariencia de lo “natural”. Las tradiciones no son neutrales ni eternas: se construyen, se repiten y pueden transformarse. Introducir figuras femeninas con agencia, revisar relatos, diversificar símbolos no destruye la magia; la actualiza.

    Tal vez el verdadero espíritu navideño no consista en repetir sin pensar, sino en preguntarnos qué mundo estamos enseñando cuando decoramos el árbol, montamos el pesebre o contamos historias que, sin darnos cuenta, siguen diciendo quién puede ser protagonista y quién debe quedarse al margen.