Buy Me A Coffee

Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

  • Durante décadas, la violencia doméstica se ha contado siempre con la misma narrativa: un hombre violento y una mujer víctima. Esa imagen —terrible pero conocida— ha eclipsado una realidad menos visible, más incómoda y a menudo silenciada: la violencia dentro de las relaciones entre mujeres.
    Una “crisis silenciosa”, y silenciosa no porque no exista, sino porque casi nadie quiere hablar de ella.

    Sin embargo, cuando se mira a los datos, el silencio se rompe a gritos. Diversos estudios de instituciones de salud pública en EE. UU. y Europa indican que las mujeres lesbianas y bisexuales reportan niveles de violencia física y emocional iguales o mayores que las mujeres heterosexuales. Esto sorprende a muchas personas porque desafía ideas, mitos y fantasías sobre cómo “debería” ser una relación entre mujeres. Pero la ciencia no pregunta por preferencias, pregunta por hechos:
    el abuso es un patrón de control y poder, no una cuestión de género.

    * El mito de la «relación perfecta»

    Una de las razones por las que esta violencia pasa desapercibida es que la sociedad ha colocado las relaciones lésbicas en un pedestal romántico: se asume que, al existir mayor simetría emocional, falta de roles de género rígidos y empatía compartida, la violencia es “menos probable”.
    Ojalá fuera cierto.

    De hecho, esa idealización es parte del problema: hace que muchas víctimas no reconozcan lo que están viviendo.
    Si no encaja con el estereotipo, parece que no puede ser abuso.
    Y mientras tanto, dentro de las paredes de casa, el maltrato sigue.

    * El abuso psicológico: el gran arma silenciosa

    En las relaciones lésbicas, los estudios señalan que la violencia psicológica y emocional es particularmente frecuente. No hablamos solo de gritos o discusiones fuertes, sino de dinámicas mucho más sutiles —y peligrosas—:

    – Control emocional disfrazado de sensibilidad: “Solo yo te entiendo”, “Si hablas con otras, me abandonas”.

    – Celos intensos legitimados como prueba de amor.

    – Gaslighting emocional: hacer creer a la pareja que está “exagerando” o “malinterpretando” la realidad.

    – Aislamiento de amistades y familia.

    – Uso de la orientación sexual como chantaje: “¿Quién te va a creer?”, “Si lo cuentas, te saco del armario”, “Van a pensar que eres tú la agresora”.

    Este tipo de manipulación no deja moratones, pero deja heridas profundas, identidades rotas y autoestimas reducidas a cenizas.
    El abuso psicológico es devastador… precisamente porque puede durar años sin ser reconocido.

    * ¿Por qué cuesta tanto denunciarlo?

    La respuesta es incómoda, pero real: miedo.
    Miedo a no ser creída, miedo a ser juzgada por la propia comunidad, miedo a que la policía minimice la situación, miedo a convertirse en “el caso que los homófobos usarán para atacar a las lesbianas”.

    Además, muchas mujeres sienten que denunciar a otra mujer “traiciona a la comunidad LGTBI”. Pero proteger a las mujeres —todas las mujeres— nunca es traición.

    * La ciencia también habla: la violencia no entiende de orientación

    Los análisis de psicología social muestran que los factores que aumentan el riesgo de abuso no son la orientación sexual, sino:

    – Historia previa de trauma.

    – Baja autoestima.

    – Dinámicas de dependencia emocional.

    – Dificultades económicas o laborales.

    – Aislamiento social.

    – Problemas de gestión emocional.

    Estos factores no desaparecen porque dos mujeres decidan compartir una vida. Al contrario: a veces se intensifican porque muchas parejas del mismo sexo sienten presión para “demostrar” que su relación es perfecta.

    Romper el silencio es un acto de amor —propio y colectivo

    La violencia doméstica en relaciones lésbicas no debe seguir escondida.
    No es un tabú, no es una traición, no es una mancha.
    Es una realidad que afecta a miles de mujeres y que debe salir a la luz.

    Visibilizarla no destruye a la comunidad: la fortalece.
    Hablar de ello no es sensacionalismo: es supervivencia.
    Y reconocerlo es el primer paso para que ninguna mujer —ame a quien ame— tenga que sufrir en silencio.

  • Vivimos envueltos en eufemismos como si fueran papel de burbujas. Todo se amortigua, se suaviza, se reetiqueta. Ya no hay gordos, hay cuerpos no normativos; no hay viejos, hay personas mayores; no hay locos, hay diversidad mental. Y ojo: muchas de estas revisiones del lenguaje nacen de una intención legítima, la de no humillar ni excluir. El problema es cuando el lenguaje deja de ser una herramienta para comprender la realidad y pasa a ser un anestésico emocional. Cuando nombrar las cosas tal como son se convierte en un acto de violencia simbólica.

    Hemos desarrollado lo que yo llamo piel de cristal. Una sensibilidad tan extrema que cualquier roce se vive como una agresión. Y esa fragilidad no nos hace más fuertes ni más empáticos: nos vuelve más vulnerables, más reactivos y, paradójicamente, más solos. Porque si no podemos nombrar lo que nos duele, tampoco podemos procesarlo. (+ El poder del lenguaje inclusivo para el colectivo LGTBIQ+)

    El humor es una de las principales víctimas de esta cultura del eufemismo. Reírnos de nosotros mismos —de nuestras miserias, contradicciones y límites— ha pasado de ser una forma sana de autoconocimiento a un ejercicio de riesgo. El chiste ya no se escucha: se analiza. Se disecciona. Se fiscaliza. ¿A quién ofende? ¿Desde qué privilegio se dice? ¿Quién puede reírse de qué?

    El resultado es una risa domesticada. Una carcajada con freno de mano. Y eso tiene consecuencias. El humor, especialmente el humor negro, ha sido históricamente una válvula de escape emocional. Freud ya hablaba de la risa como un mecanismo de descarga psíquica. Reírse no es frivolizar: es sobrevivir.

    Cuando no nos permitimos la risa salvaje —esa que incomoda, que cruza líneas, que a veces es torpe— acumulamos tensión. Mucha. La tragamos, la racionalizamos, la escondemos bajo capas de corrección política. Y ese gas que no sale acaba buscando otras vías: ansiedad, depresión, somatizaciones… o silencios peligrosos.

    No es casual que vivamos una crisis de salud mental sin precedentes. Según la OMS, los trastornos depresivos y de ansiedad han aumentado más de un 25 % desde la pandemia. El suicidio sigue siendo una de las principales causas de muerte entre jóvenes y adultos jóvenes en muchos países occidentales. No, no todo se explica por la cultura del eufemismo, pero negar que vivimos hiperalertas, hipersensibles y emocionalmente sobreprotegidos sería ingenuo.

    El problema no es cuidar el lenguaje. El problema es confundir cuidado con censura emocional. Creer que cambiar las palabras cambia automáticamente la realidad. No la cambia: solo la disfraza. Y una realidad que no se puede nombrar es una realidad que no se puede transformar.

    Reírnos de nosotros mismos no nos debilita. Nos humaniza. Nos baja del pedestal de la identidad perfecta y nos devuelve al cuerpo, a la imperfección compartida. El humor no es el enemigo de la empatía; su ausencia, muchas veces, sí lo es.

    Tal vez deberíamos recuperar una piel menos delicada y una risa más honesta. No para herir, sino para respirar. Porque cuando todo duele, vivir se convierte en una caminata sobre cristales. Y nadie aguanta eso mucho tiempo.

  • La Navidad suele presentarse como un territorio neutral, casi intocable: familia, infancia, tradición y ternura. Sin embargo, si se observa con un mínimo de distancia crítica, emerge un patrón claro y persistente: las tradiciones navideñas están profundamente atravesadas por una lógica machista que se ha naturalizado a lo largo de siglos. No se trata de una conspiración consciente, sino de algo más eficaz: la repetición simbólica de roles que refuerzan una jerarquía de género. (+ El peso de la tra(d)ición)

    El ejemplo más evidente es el pesebre. En él, la figura central es un niño —Jesús—, flanqueado por dos padres que no ocupan el mismo lugar simbólico. María aparece como madre, silenciosa, pasiva, definida exclusivamente por su función reproductiva y su pureza. José, aun siendo secundario, encarna la figura del protector, del adulto responsable, del que “está ahí” sosteniendo la escena. Ninguna mujer más aparece en posiciones de agencia: no hay sabias, no hay lideresas, no hay pastoras. Los Reyes Magos, portadores de conocimiento, poder y movimiento, son tres hombres. El mensaje simbólico es claro: lo importante ocurre entre varones, y las mujeres acompañan.

    Desde la psicología social, sabemos que los símbolos repetidos desde la infancia contribuyen a la construcción de esquemas mentales sobre el mundo. No enseñan explícitamente, pero moldean expectativas. El pesebre no dice “las mujeres no importan”, pero lo sugiere por omisión, año tras año, generación tras generación.

    Algo similar ocurre con la figura más popular de la Navidad contemporánea: Papá Noel. Un hombre mayor, barbudo, autónomo, viajero, que reparte regalos y decide quién se ha portado bien y quién no. No existe Mamá Noel en el imaginario colectivo con el mismo peso simbólico. Cuando aparece, suele hacerlo como figura secundaria, doméstica o decorativa. La autoridad moral, el poder de decisión y la acción están masculinizados. Incluso en los cuentos modernos, Papá Noel actúa; Mamá Noel, si existe, espera.

    Este patrón no es anecdótico. La psicología del aprendizaje social muestra que los niños interiorizan roles a partir de modelos observados. Cuando las figuras de poder, movimiento y decisión son mayoritariamente masculinas, se refuerza la asociación entre masculinidad y agencia. La feminidad queda ligada al cuidado, la espera y la pasividad.

    La propia organización de las celebraciones navideñas reproduce este esquema. Aunque se habla de “fiestas familiares”, el trabajo invisible de la Navidad sigue recayendo mayoritariamente en mujeres: planificación de comidas, compra de regalos, preparación emocional del encuentro, cuidado de mayores y niños. Mientras tanto, el imaginario simbólico celebra figuras masculinas extraordinarias —reyes, padres mágicos, salvadores— desconectadas del trabajo cotidiano que sostiene la fiesta.

    Desde una perspectiva psicológica, esta disonancia no es inocua. Genera una doble exigencia para las mujeres: sostener la tradición y, al mismo tiempo, no cuestionarla. Criticar la Navidad suele percibirse como amargura o falta de espíritu festivo, lo que dificulta cualquier revisión crítica de sus estructuras simbólicas.

    Cuestionar el machismo en las tradiciones navideñas no implica renunciar a la Navidad, sino revisar qué valores se transmiten bajo la apariencia de lo “natural”. Las tradiciones no son neutrales ni eternas: se construyen, se repiten y pueden transformarse. Introducir figuras femeninas con agencia, revisar relatos, diversificar símbolos no destruye la magia; la actualiza.

    Tal vez el verdadero espíritu navideño no consista en repetir sin pensar, sino en preguntarnos qué mundo estamos enseñando cuando decoramos el árbol, montamos el pesebre o contamos historias que, sin darnos cuenta, siguen diciendo quién puede ser protagonista y quién debe quedarse al margen.

  • Cada 1 de enero ocurre algo curioso: personas que llevan años sin tocar una pesa, que odian madrugar o que jamás han terminado un libro, se despiertan convencidas de que esta vez sí. No es ingenuidad pura; es psicología. El Año Nuevo funciona como un detonante mental poderoso, una especie de reinicio simbólico que da la sensación de empezar desde cero. La ciencia lo llama “efecto de nuevo comienzo” (fresh start effect), y explica por qué fechas como el 1 de enero, los cumpleaños o los lunes nos hacen sentir más capaces de cambiar. (+ ¿Por qué nos resistimos al cambio?)

    Este efecto se basa en una operación mental sencilla pero potente: dividimos nuestra vida en capítulos. El “yo del año pasado” queda mentalmente separado del “yo del año que empieza”, lo que reduce la culpa por fracasos anteriores y aumenta la esperanza. Durante unos días, el futuro parece limpio, disponible, moldeable. El problema es que esa sensación dura menos que la mayoría de los propósitos.

    La caída de los propósitos: datos poco románticos

    Aunque el ritual de hacer propósitos es masivo, su eficacia es sorprendentemente baja. Los estudios son consistentes: solo alrededor del 8 % de las personas cumple sus resoluciones de Año Nuevo. La mayoría abandona en semanas. De hecho, el entusiasmo inicial cae de forma abrupta: tras un mes, una parte significativa ya ha desistido, y a los seis meses menos de la mitad sigue intentándolo. A los dos años, apenas una minoría mantiene el cambio.

    No es falta de carácter ni de ganas. Es algo más incómodo: la mayoría de los propósitos están psicológicamente mal diseñados.

    ¿Por qué el cerebro sabotea el cambio?

    Uno de los errores más frecuentes es formular metas vagas: “quiero cuidarme”, “quiero ser mejor”, “quiero cambiar de vida”. El cerebro no trabaja bien con abstracciones. Necesita instrucciones claras. Cuando no las hay, no se activan conductas concretas y el propósito se diluye en buenas intenciones.

    A esto se suma otro problema clave: la sobreestimación de la fuerza de voluntad. Durante los primeros días de enero, la motivación está alta, pero la motivación es volátil. La fuerza de voluntad, además, no es infinita. La investigación en psicología del autocontrol muestra que se agota con el uso continuo, sobre todo cuando no se han convertido las acciones en hábitos automáticos.

    Pero hay un obstáculo aún más profundo y menos evidente: la identidad. Los cambios duraderos no son solo conductuales, sino identitarios. Una persona que se define como “alguien que odia el deporte” puede ir al gimnasio durante un mes, pero si esa conducta no encaja con su autopercepción, el cerebro tenderá a restaurar el equilibrio anterior. Cambiar lo que hacemos sin cambiar la historia que nos contamos sobre quiénes somos suele ser insostenible.

    La brecha entre querer y hacer

    La psicología conductual lleva décadas estudiando la distancia entre intención y acción. Querer algo no basta. Para que el comportamiento cambie, es necesario anticipar obstáculos y decidir de antemano cómo actuar ante ellos. Las estrategias del tipo “si ocurre X, haré Y” aumentan significativamente la probabilidad de éxito. Sin estas estructuras, el cerebro elige siempre el camino conocido, aunque no sea el deseado.

    Entonces… ¿sirve de algo el Año Nuevo?

    Sorprendentemente, sí. Aunque la mayoría de los propósitos fracasa, el acto de plantearlos no es inútil. El optimismo, la sensación de dirección y la esperanza están asociados a mayor bienestar psicológico. El problema no es desear cambiar en enero, sino creer que el cambio se sostiene solo con ese deseo.

    El Año Nuevo no es una varita mágica, pero sí un espejo. Nos muestra qué queremos ser, aunque todavía no sepamos cómo llegar. La psicología no dice que renunciemos a los propósitos, sino que dejemos de tratarlos como deseos y empecemos a tratarlos como procesos.

  • Las Navidades tienen algo profundamente heterosexual incluso cuando no lo parecen. Hay luces, hay villancicos, hay cenas interminables… y hay una idea muy concreta de cómo debería ser una familia. Por eso, cuando eres lesbiana, las Navidades no siempre son solo una fiesta: a veces son una prueba de resistencia emocional envuelta en papel de regalo. (+ El precio de ser lesbiana)

    Para empezar, está la pregunta. Esa que cae cada año como una bola de nieve mal lanzada: —¿Y tú tienes pareja? Y si la tienes, llega la repregunta: —¿Vendrá en Nochebuena? En ese “vendrá” se condensan décadas de expectativas, silencios incómodos y negociaciones internas. Porque las navidades lésbicas no siempre empiezan en la mesa, sino mucho antes, en la decisión de cuánta verdad cabe este año.

    Hay familias donde todo fluye, donde la novia es una más y el amor no necesita traducción. Pero también hay otras —muchas— donde la tolerancia es condicional: se acepta, pero apenas se nombra; se permite, pero no se celebra. La pareja puede venir, sí, pero mejor “como amiga”. Mejor sin gestos. Mejor sin incomodar. Y ahí empieza ese arte tan nuestro de medir palabras, caricias y silencios.

    Luego están las navidades partidas. Las que se dividen entre dos casas, dos familias, dos realidades, dos geografías emocionales. Porque amar a una mujer suele implicar amar también su historia, y eso incluye padres, madres, hermanos y mesas distintas. El romanticismo se diluye un poco cuando calculas si llegas a tiempo al postre en la casa de una y al cava en la otra.

    Y, por supuesto, están las navidades elegidas. Las más bonitas. Las que se celebran con amigas, con exs bien colocadas en el pasado, con gente queer que no pregunta, sino que entiende. Las cenas improvisadas, los regalos sin género, las sobremesas donde nadie te explica cómo “sentar cabeza” porque ya estás sentada, a gusto y sin pedir permiso. Para muchas lesbianas, estas son las navidades de verdad: las que no duelen.

    Las navidades lésbicas también tienen algo profundamente político. Porque cada gesto —llevar a tu pareja, nombrarla, besarla— sigue siendo una forma de visibilidad. No grandilocuente, no épica, pero sí constante. Como una gota que insiste año tras año. Y cansa. Cansa tener que ser valiente cuando solo querías comer escudella y canelones.

    Además, está el peso de los roles. En muchas parejas de mujeres reaparece, sin quererlo, la pregunta de siempre: —¿Dónde pasamos estas fiestas? —¿Con quién? —¿A quién decepcionamos este año? Porque incluso fuera de la heteronorma, el mandato familiar sigue operando. Y decir “este año no vamos” sigue siendo un pequeño acto revolucionario.

    También hay duelo. Navidades sin salir del armario. Navidades después de una ruptura. Navidades donde el rechazo aún sangra. No todas son luces y brindis. A veces son tristeza con espumillón y desencanto.

    Y aun así —o precisamente por eso— las navidades lésbicas tienen algo poderoso. Porque en medio de todo ese ruido, muchas aprendemos a elegirnos. A crear rituales propios. A construir hogares que no siempre coinciden con el árbol genealógico, pero sí con el afectivo.

    Quizá por eso, cuando pasan las fiestas, muchas sentimos alivio… y también orgullo. Porque hemos vuelto a atravesarlas. Hemos sobrevivido. Con nuestras contradicciones, nuestros amores y nuestras decisiones.

    Al final, las navidades lésbicas no son perfectas. Son negociadas. Son complejas. Son reales. Y, a su manera, profundamente nuestras.

    ¡Felices fiestas!

  • Hay una corriente dentro del lesbianismo más radical que convierte el rechazo hacia los hombres en un reflejo casi automático. No siempre nace de una reflexión profunda ni de una lectura crítica del patriarcado: a veces surge como un mecanismo aprendido, un gesto defensivo heredado de experiencias colectivas de opresión… pero también de inercias culturales dentro de ciertos espacios. Y cuando ese automatismo aparece, puede resultar tan injusto como aquello que pretende combatir.

    El otro día, una amiga me contó algo que lo ilustra a la perfección. En su club de lectura lésbico, una de las participantes soltó un comentario tajante: “Los hombres siempre fallan. Son un problema, no una solución.” Fue casi un eslogan. Mi amiga, lejos de entrar al trapo, respiró hondo y respondió con calma: “Habrá de todo. Yo conozco hombres buenos.” La sala quedó en silencio. No por escándalo, sino por sorpresa. Nadie esperaba que alguien cuestionara ese instinto de simplificación.

    Ese tipo de reacción refleja algo que ocurre más a menudo de lo que reconocemos: la transformación del malestar en una categoría universal. Y es comprensible. El daño histórico hacia las mujeres es incontestable. El patriarcado ha sido, durante siglos, un sistema de dominación masculina sostenido por leyes, costumbres y violencias. Sin embargo, reconocer esa estructura no implica asumir que todos los hombres participan activamente en ella de la misma forma, ni que todos reproducen los mismos patrones.

    La literatura, la filosofía y la psicología feminista han estudiado durante décadas cómo los movimientos oprimidos pueden generar instintos defensivos tan afianzados que se convierten en parte de su identidad política. La lesbofeminista Adrienne Rich hablaba ya en los ochenta de la “sensibilidad hipervigilante” que desarrollan muchas mujeres para protegerse del orden patriarcal. Esa hipervigilancia, útil para detectar peligros, a veces se desliza hacia respuestas automáticas que no siempre distinguen entre estructuras y personas. (+ Brujas: el fuego que no apagaron)

    Mi amiga, en aquella reunión, no estaba defendiendo el patriarcado. No estaba invalidando el dolor de nadie. Lo que hizo fue algo mucho más valiente: recordar que la realidad es más compleja que los eslóganes. Y que existen hombres que se han educado fuera de la masculinidad tóxica, que apoyan a las mujeres que aman y a las que no conocen, que cuidan, que escuchan, que desaprenden, que se colocan del lado de la igualdad sin sentirse amenazados. Hombres que, simplemente, merecen no ser arrastrados por la etiqueta del enemigo universal.

    Este matiz es especialmente importante si pensamos en Clamworld, ese universo narrativo donde las mujeres gobiernan la sociedad y los hombres viven apartados en reservas. En la novela, las protagonistas deben lidiar con las consecuencias de un sistema que, paradójicamente, reproduce la lógica opresora que algún día las oprimió a ellas. Y uno de los conflictos más interesantes surge precisamente cuando las mujeres descubren que esos hombres recluidos no son lo que les habían dicho. No son monstruos. No son amenazas. Son seres humanos con matices, vulnerabilidades y deseos propios.

    Mi historia personal y Clamworld comparten un mensaje: cuando una idea se repite suficientes veces, puede convertirse en una verdad asumida… incluso si no es real. El rechazo automático hacia los hombres nace muchas veces del dolor, pero también de una falta de revisión crítica. Y cuestionarlo no resta compromiso feminista; al contrario, lo fortalece, porque permite distinguir entre la lucha contra un sistema y la deshumanización de personas concretas.

    Reconocer que existen “algunos hombres buenos” no es ingenuidad. Es resistencia frente a la simplificación. Es apostar por una visión del mundo más justa, más exacta y más humana. Y quizá, como demostró mi amiga en su club de lectura, a veces basta una sola voz calmada para desmontar un automatismo instalado en años de discurso.

  • Ser parte del colectivo LGTBIQ+ nunca debería ser un factor de riesgo para la salud mental. Sin embargo, las estadísticas muestran una realidad dura: vivir fuera de la norma aumenta la vulnerabilidad psicológica en casi todas las etapas de la vida. No por ser LGTBIQ+, sino por el estigma, la discriminación y la violencia que todavía persisten. La ciencia lo ha demostrado una y otra vez: la llamada minority stress theory no es una teoría abstracta, sino una descripción precisa del peso emocional que cargan millones de personas. (+ El observatorio contra la LGTBIQ+fobia: un faro necesario frente el odio)

    Diversos estudios señalan que las personas LGTBIQ+ tienen entre dos y seis veces más probabilidades de sufrir ansiedad, depresión o trastornos relacionados con el estrés. La Universidad de Cornell (2021) revisó más de 300 investigaciones internacionales y concluyó que la discriminación estructural —desde el bullying escolar hasta las leyes restrictivas— es uno de los factores más determinantes en el deterioro de la salud mental del colectivo.

    Uno de los datos más alarmantes está en la población joven. El informe de The Trevor Project (2023), basado en 28.000 participantes adolescentes y jóvenes, reveló que el 41 % de las personas LGTBIQ+ entre 13 y 24 años consideró seriamente el suicidio en el último año, una cifra que se dispara hasta el 56 % en jóvenes trans y no binaries. Esta crisis no nace en la identidad, sino en el rechazo que reciben por ella. De hecho, el mismo estudio mostró que el riesgo de suicidio se reduce drásticamente cuando la familia acepta la identidad del menor. Basta un entorno estable y afirmativo para cambiar una vida entera.

    En el caso específico de las mujeres lesbianas y bisexuales, la realidad también tiene matices propios. Aunque suelen tener una mayor red de apoyo femenino, lo que podría ejercer un efecto protector, esto no las inmuniza ante la violencia psicológica derivada del estigma o del aislamiento. Un análisis longitudinal publicado en Psychological Medicine (2022) encontró que las mujeres que aman a mujeres reportan niveles más altos de síntomas depresivos cuando viven en regiones donde la homosexualidad femenina sigue fuertemente invisibilizada o fetichizada. La invisibilidad también hiere.

    La situación es especialmente crítica para las personas trans. Un metaanálisis publicado por The Lancet Psychiatry (2022) informó que el 80 % ha experimentado ideas suicidas en algún momento de su vida, y más del 40 % ha realizado al menos un intento. Frente a estos datos, el acceso a la atención médica afirmativa se convierte en una herramienta de supervivencia. No es un tema ideológico, sino clínico.

    Pero no todo es oscuridad. La evidencia científica también apunta a las soluciones. Uno de los factores protectores más estudiados es el apoyo social. Una simple variable —sentirse aceptada, respetada o acompañada— reduce el riesgo de trastornos mentales en un 40 al 60 %. Lo mismo sucede con los entornos laborales inclusivos: disminuir la discriminación mejora la productividad y reduce el estrés crónico. La inclusión, literalmente, salva vidas.

    El acceso a la salud mental especializada también es crucial. Las terapias afirmativas, que reconocen la diversidad sexual y de género sin patologizarla, han demostrado aumentar el bienestar y reducir síntomas depresivos con mayor eficacia que los modelos tradicionales. La American Psychological Association sostiene que las intervenciones afirmativas no solo son éticas, sino necesarias para garantizar una atención adecuada.

    La lucha ahora no está solo en la visibilidad, sino en la salud. Comprender que la salud mental del colectivo LGTBIQ+ depende tanto del cuidado individual como del cambio social es el primer paso. Romper el estigma, educar, proteger y acompañar puede transformar un presente difícil en un futuro respirable.

  • La historia oficial siempre ha tenido un punto ciego: las mujeres que amaban a mujeres. No solo fueron borradas; también fueron vigiladas, corregidas, castigadas o directamente ridiculizadas. Su deseo no encajaba ni en la estructura familiar patriarcal ni en las narrativas religiosas o científicas de cada época. Y aunque hoy vivimos una mayor visibilidad, el silencio histórico todavía pesa.

    Este artículo no va de victimismo, sino de memoria: de entender cómo llegamos hasta aquí, qué obstáculos se construyeron sobre el deseo femenino y por qué muchas de nosotras aún cargamos heridas que vienen de siglos atrás.

    Cuando amar a otra mujer era “invisible” por decreto

    A diferencia de la homosexualidad masculina, el amor entre mujeres no siempre estuvo explícitamente prohibido, y esto no fue un acto de libertad, sino de negación. En la Edad Media y el Renacimiento, muchos legisladores europeos consideraban imposible que dos mujeres “pudieran tener sexo real”. Si no había pene, no había delito… ni existencia.

    Es decir:
    si no se nombra, no existe; y si no existe, no puede ser perseguido… ni reconocido.
    Así de simple. Y así de devastador.

    Pero cuando se sospechaba que una mujer “suplantaba al hombre”, las penas sí aparecían. El caso más conocido es el de Katherina Hetzeldorfer, ejecutada en 1477 en Alemania por mantener relaciones sexuales con mujeres usando un arnés artesanal. El problema no era el amor: era la transgresión del rol femenino. (+ sobre Katherina)

    Del romanticismo femenino al diagnóstico psiquiátrico

    Durante siglos, las relaciones íntimas entre mujeres se toleraron si cabían dentro del concepto de “amistades románticas”: vínculos intensos, afectuosos, apasionados… siempre que no se sospechara deseo sexual. Las cartas de mujeres de los siglos XVIII y XIX están llenas de frases que hoy sonarían inequívocamente lesbianas, pero entonces se interpretaban como parte de la sensibilidad femenina.

    El borrado era total:
    si las mujeres no eran consideradas seres sexuales, tampoco podían ser sexualmente disidentes.

    Todo cambió en el siglo XIX, cuando la medicina empezó a clasificar comportamientos y a definir “anormalidades”.
    En 1896, el médico alemán Richard von Krafft-Ebing incluyó el lesbianismo en su influyente Psychopathia Sexualis, describiéndolo como una desviación congénita.
    Más tarde, en 1925, Magnus Hirschfeld, pionero en los derechos LGBT+, lo consideró una orientación natural, aunque minoritaria.

    La ciencia, por primera vez, empezó a hablar de nosotras… pero siempre desde afuera.

    Lesbianas en la sombra del feminismo

    La primera ola feminista, centrada en el derecho al voto, evitó el tema.
    La segunda, en los años 60 y 70, lo abrazó… pero con tensiones.

    En Estados Unidos, grupos como Daughters of Bilitis (fundado en 1955, el primer grupo lésbico del país) fueron esenciales, pero muchas feministas heterosexuales temían que la presencia de lesbianas diera mala imagen al movimiento. (+ sobre este grupo)

    De hecho, una de las grandes frases políticas de la época –“El feminismo es la teoría; el lesbianismo es la práctica”– surgió como reacción a esa exclusión y marcó un antes y un después.

    El control del cuerpo femenino como raíz del problema

    La opresión histórica hacia las mujeres que aman a mujeres tiene una base muy clara:
    una mujer autónoma rompe el sistema.
    Una mujer que no necesita un marido lo rompe aún más.
    Una mujer que desea exclusivamente a otras mujeres lo dinamita por completo.

    Su cuerpo no produce herederos.
    Su deseo no depende de un hombre.
    Su vida no sigue el guion asignado.

    Y por eso fue tan necesario silenciarlas. (+ ¿Por qué incomoda el deseo entre mujeres?)

    La herencia actual de un silencio antiguo

    El borrado generó tres heridas que aún vemos hoy:

    Falta de referentes históricos: muchas piensan que “no hubo lesbianas antes”, cuando en realidad hubo miles, solo que sin archivos.

    Dificultad para nombrar el deseo: siglos sin lenguaje dejan rastro. (+ Por qué nadie te enseña a masturbarte si eres mujer?)

    Estigma interno: si una identidad se reprime durante generaciones, cuesta vivirla sin culpa.

    Rescatar la historia es un acto político

    No para victimizar, sino para reparar.
    Saber que siempre existimos.
    Que siempre nos amamos.
    Que solo nos faltaron los micrófonos, no la historia.

    Y que ahora, por fin, estamos escribiendo la nuestra sin permiso de nadie.

  • Hay quien todavía intenta justificar los celos como una prueba de amor. Una reacción “humana”. Un gesto de pasión. Pero no: no hay celos buenos. Nunca los ha habido. Detrás de cada escena, de cada sospecha, de cada explosión de inseguridad disfrazada de interés, se esconde un mecanismo silencioso que erosiona relaciones, autoestima y paz mental. Los celos no unen; asfixian. No hacen a nadie más amado; hacen al otro más vigilado. (+Independencia emocilnal: felicidad sin ataduras)

    Esto no es teoría: es experiencia. Y pocas mujeres han hablado con tanta claridad sobre ello como Isabel Preysler en sus memorias Mi verdadera historia. Ella, acostumbrada a vivir en el centro del foco mediático, ha reconocido sin rodeos que los celos han estado presentes en todas sus relaciones importantes, y que las consecuencias han sido profundas.

    En el libro afirma una verdad incuestionable:
    “Desde luego, los celos son una falta de seguridad en uno mismo.”
    No son una reacción espontánea, ni un impulso inevitable. Son inseguridad convertida en comportamiento. Y, como ella misma añade,
    “siempre son malos para el que los padece y para el que los sufre y dañan cualquier relación, por muy sólida que sea.”
    No hay definición más precisa: dos víctimas, un solo problema.

    Preysler no solo habla en abstracto. Relata situaciones concretas que muestran cómo los celos funcionan como una forma de presión silenciosa. De Julio Iglesias afirma que sentía “unos celos enfermizos hacia cualquiera que se me acercara”, una vigilancia constante que convertía la convivencia en terreno minado. El control a través del miedo a “provocar” una reacción es, en esencia, una forma de maltrato psicológico: te obliga a reducirte, medir tus gestos, tus conversaciones, tus apariciones.

    Con Miguel Boyer, aquellos celos adoptaron otra forma:
    una obsesión “ridícula”, en palabras de ella, donde él “creía que todo el mundo se enamoraba de mí”. Es una frase que puede parecer anecdótica, incluso humorística, hasta que se comprende su trasfondo: vivir bajo sospecha permanente, donde cualquier interacción es interpretada como amenaza. Preysler reconoce que con los años esa actitud se agravó tanto que le pidió que acudiera a un psiquiatra. Cuando una mujer tiene que pedir ayuda profesional para que su pareja deje de torturarla emocionalmente, no se puede hablar de “celos normales”. Es un abuso afectivo.

    Mario Vargas Llosa tampoco escapa al retrato. En la carta de ruptura que ella hizo pública, menciona sus “escenas de celos infundados”. Que un hombre culto, premiado y admirado caiga también en dinámicas de desconfianza demuestra algo que deberíamos asumir colectivamente: la inteligencia no inmuniza contra la inseguridad, y la inseguridad no justifica comportamientos que dañan emocionalmente a otros.

    Los celos son un sistema que opera sobre un eje muy sencillo: el otro debe comportarse de una forma concreta para no desencadenar mi malestar. Es un chantaje emocional. Una forma de control. Una imposición disfrazada de amor. No hay romanticismo ahí: hay desgaste psicológico.

    Quien sufre los celos ajenos termina viviendo en estado de alerta: revisando cada palabra, cada movimiento, cada gesto. No porque haya hecho nada malo, sino porque el otro ha decidido interpretar cualquier cosa como amenaza. Es una violencia suave, pero devastadora: no grita, pero se oye dentro durante años.

    Cuando Isabel Preysler afirma que los celos “dañan cualquier relación”, habla desde la experiencia, sí, pero también desde un lugar de autoridad emocional. Ella ha convivido con hombres poderosos, famosos, admirados. Y aun así, el veneno de los celos estaba ahí. La posición social no protege. La fama no protege. El dinero no protege. Nadie está a salvo de la inseguridad ajena convertida en arma.

    Por eso conviene repetirlo sin aditivos:
    No hay celos buenos.
    No los del artista apasionado, ni los del político brillante, ni los del intelectual célebre, ni los del vecino de al lado. No hay “un poco sí, pero”. No hay excusas culturales, ni biológicas, ni emocionales. Lo que hay es daño.

    Si alguna vez alguien te dice que sus celos son “normalitos”, “inevitables” o “prueba de amor”, recuerda lo que muestran décadas de experiencia y la voz de quien los ha vivido en primera persona:

    Los celos no son amor.
    Son miedo en forma de control.
    Y el amor nunca controla; acompaña.

  • Chicas, siento cortaros el rollo, pero… hay algo que tenemos que hablar: las ETS también existen entre lesbianas. Ya, ya lo sé. Es incómodo, poco glamuroso y bastante menos divertido que hablar de citas, flirteos o primeros besos. Pero, si vamos a ser sinceras —y adultas—, más vale dejar los mitos a un lado y hablar de lo que nadie parece querer tocar: la salud sexual entre mujeres que tienen sexo con mujeres (MSM), o, dicho sin tecnicismos, entre nosotras.

    Porque sí, en pleno 2025 aún hay quien cree que dos mujeres no pueden contagiarse nada “porque no hay penetración con pene”. Error, amigas. No solo es falso, sino que esa falsa sensación de seguridad ha hecho que los estudios sobre ETS en lesbianas estén subestimados o directamente ignorados por la medicina tradicional durante décadas. (+ Son cosas de la tribu)

    Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos, las mujeres que tienen sexo exclusivamente con otras mujeres también pueden contraer infecciones como el virus del papiloma humano (VPH), herpes genital, clamidia, tricomoniasis o incluso sífilis. En un estudio publicado por el Journal of Infectious Diseases (2023), el VPH apareció en el 29 % de las mujeres lesbianas analizadas, pese a que la mayoría nunca había tenido contacto sexual con hombres. El dato desmonta, por completo, el mito del “sexo lésbico seguro por naturaleza”.

    Y es que la transmisión no necesita un pene de por medio. Basta el contacto piel con piel, el intercambio de fluidos (sí, incluso durante el sexo oral o el uso compartido de juguetes sexuales) o pequeñas lesiones en la mucosa vaginal. Es biología, no magia.

    Aun así, el problema real no es solo el contagio, sino la invisibilidad médica. Un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de 2022 señala que más del 70 % de las lesbianas no mencionan su orientación sexual en las revisiones ginecológicas, por miedo a prejuicios o por considerar que “no es relevante”. Resultado: muchas dejan de hacerse citologías, revisiones del VPH o pruebas de ITS porque “eso es para heteros”. Craso error.

    Y aquí llega la parte realmente irritante: la falta de educación sexual inclusiva. ¿Recordáis las clases de biología del instituto? Probablemente nadie mencionó una barrera bucal, ni explicó cómo limpiar un juguete erótico, ni habló de preservativos femeninos. Todo giraba en torno al pene, al semen y al embarazo. Nada de eso aplicaba del todo, así que muchas crecimos pensando que el sexo entre mujeres era prácticamente “higiénico”.

    Spoiler: no lo es.

    Así que sí, chicas, toca hablar de láminas de látex, guantes y limpieza adecuada de juguetes. Toca asumir que el erotismo y la prevención pueden coexistir sin que la pasión se enfríe. Toca visitar al ginecólogo aunque no haya hombres en la ecuación. Y toca exigir que la medicina deje de tratarnos como una nota al pie de página.

    Por suerte, las cosas están cambiando. Cada vez hay más profesionales sanitarios con perspectiva de género y orientación sexual diversa, más campañas de visibilidad y más recursos en línea sobre salud sexual lésbica. Pero aún queda camino. Según un estudio del British Medical Journal (2024), el 46 % de las lesbianas encuestadas nunca había recibido información específica sobre salud sexual femenina-femenina.

    ¿Y sabéis qué es lo más paradójico de todo esto? Que el deseo entre mujeres sigue siendo el más invisibilizado y, al mismo tiempo, el menos protegido. Se asume que si no hay “riesgo de embarazo”, no hay riesgo de nada. Y así seguimos, confiando en la suerte o en los mitos.

    Así que, sin ánimo de aguar ninguna fiesta, lo diré claro:
    el sexo entre mujeres puede ser maravilloso, intenso, divertido y seguro… pero solo si lo cuidamos como merece.

    Chicas, ya podéis seguir con lo vuestro.
    Pero ahora, al menos, con un poco más de información y una lámina de látex en el cajón de la mesilla.