
La perfección no existe, y sin embargo, nos han convencido de que debemos alcanzarla. ¿Pero perfección respecto a qué? ¿A quién? La respuesta es siempre la misma: un ideal arbitrario, cambiante y, sobre todo, rentable. La sociedad de consumo ha hecho de la perfección un producto más. Nos vende cuerpos moldeados, rostros congelados, pieles irreales. Y lo más perverso: nos convence de que podemos —y debemos— comprarla. La cirugía estética, los filtros, las dietas extremas… todo responde a un modelo artificial que solo beneficia a quien lo impone. Perseguir esa perfección no es empoderamiento, es sometimiento. Porque cuando crees que no vales tal como eres, siempre hay alguien dispuesto a venderte la solución. Y eso, también, es esclavitud. (+ La estupidez del edadismo)
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