
La hostilidad hacia las personas LGTBIQ+ no es un fenómeno natural, sino una construcción social y cultural que ha sido alimentada por siglos de patriarcado, religión institucionalizada y control político. Diversas investigaciones antropológicas y sociológicas coinciden en que la LGTBIQ+fobia no tiene base biológica: no hay evidencia científica que respalde que la diversidad sexual o de género sea “antinatural”. De hecho, se ha documentado comportamiento homosexual y transgénero en más de 1.500 especies animales, desde delfines hasta aves y primates.
El rechazo hacia las disidencias sexuales comenzó a sistematizarse con el auge de las religiones monoteístas, especialmente con el cristianismo institucionalizado desde el siglo IV. La doctrina católica, por ejemplo, condenó el placer sexual fuera de la reproducción y asoció la homosexualidad con el pecado. Esta visión fue reforzada más tarde por regímenes coloniales europeos que impusieron leyes anti-LGTBIQ+ en muchas partes del mundo donde antes existía una mayor diversidad de género y orientación sexual.
Durante los siglos XIX y XX, la medicina y la psiquiatría también contribuyeron a patologizar la homosexualidad. No fue hasta 1990 que la Organización Mundial de la Salud la eliminó de su lista de enfermedades mentales. Sin embargo, los estigmas sociales continúan profundamente arraigados.
Según un informe de ILGA World (2023), más de 60 países todavía criminalizan las relaciones entre personas del mismo sexo. Esta persecución tiene consecuencias graves: altos índices de suicidio, exclusión social y violencia estructural. La LGTBIQ+fobia se sostiene por ignorancia, miedo a lo diferente y estructuras de poder que necesitan uniformidad para mantenerse. (+ El bullying son los padres)
Romper con esa lógica implica cuestionar qué entendemos por normalidad, y reconocer que la diversidad no es una amenaza, sino una riqueza. Solo desde la educación, el arte y la visibilidad podremos desmantelar el odio que no nace con nosotras, sino que se enseña.
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