Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

La Iglesia católica lleva más de dos mil años funcionando bajo una estructura patriarcal en la que las mujeres solo tienen un lugar: el de servidoras silenciosas. Pueden ser monjas, educadoras, cuidadoras… pero nunca lideresas. La figura de la Madre Iglesia es una metáfora poética que en la práctica se convierte en un despropósito: no hay madres al mando, solo padres que dictan normas desde púlpitos y despachos vaticanos. (+ El precio de ser lesbiana)

Mientras el mundo avanza —aunque a trompicones— hacia una mayor igualdad de género, el Vaticano sigue anclado en una lógica de exclusión que justifica la discriminación femenina como voluntad divina. El sacerdocio sigue vetado para las mujeres, pese a que no hay argumento teológico serio que lo impida, más allá de interpretaciones convenientes de textos milenarios escritos por hombres para otros hombres.

¿Por qué no puede haber una Mamma que celebre la misa, dé la comunión, escuche confesiones o administre una diócesis? ¿Por qué no puede haber una Papa mujer —o al menos una Papisa sin leyenda medieval? La respuesta es simple y brutal: porque el poder dentro de la Iglesia está construido sobre la masculinidad como modelo único de autoridad.

En lugar de avanzar, el clero reproduce una y otra vez la idea de que lo femenino es inferior, impuro o incapaz. Y lo hace mientras proclama a María como «la mujer más perfecta», siempre y cuando sea virgen, sumisa y madre. Pero María nunca pudo hablar en público, ni tomar decisiones, ni escribir cartas a los fieles. Era ideal… mientras no molestara.

Las creyentes del siglo XXI, muchas de ellas feministas, siguen esperando una renovación que no llega. Y no hablamos de modernidad decorativa, sino de equidad real. ¿Para cuándo una Mamma? Una mujer al frente de una iglesia que se dice universal pero excluye a la mitad del mundo.

Quizá Dios no sea hombre. Pero quienes hablan en su nombre, sí lo son. Y eso lo cambia todo.

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