
Nos conocimos en una librería de segunda mano. Ella hojeaba un libro de poesía de Alejandra Pizarnik con la concentración de quien escucha una confesión. Llevaba pantalones anchos, una camiseta sin forma y el pelo recogido bajo una gorra azul. Me llamó la atención su manera de estar: sin pedir permiso, sin pedir perdón. (+ Blancanieves 3.0)
Lo que más me gustaba de ella es que parecía un niño, pero era una niña. Su voz era grave, su risa seca, su andar despreocupado. La primera vez que me cogió de la mano en la calle, sentí una punzada de adrenalina. No por el gesto en sí, sino por la manera en que algunas miradas se detenían en nosotras, confundidas. ¿Éramos dos chicas? ¿Una pareja hetero? ¿Un error en la Matrix?
Nos besábamos en portales oscuros. Compartíamos cigarrillos y auriculares. Me leía sus poemas favoritos en voz baja, como si fuera un conjuro. Había algo en su androginia que me desarmaba. Me excitaba la idea de que en la cama seríamos dos mujeres, pero que en la calle, para muchas y muchos, ella era un tío.
No era una fantasía, era una grieta en el sistema. Estábamos fuera de todo guion. Lo nuestro no cabía en ninguna etiqueta fácil, y eso lo hacía más real. Más nuestro.
Una vez me dijo: “No soy ni lo que parezco ni lo que esperan. ¿Te sirve así?”
Le respondí que sí, que justo así me enamoré. De su piel tibia, de su pecho plano, de sus silencios cómodos y de esa forma suya de existir sin explicarse.
Estuvimos juntas dos años. Luego la vida —como siempre— se interpuso. Pero todavía sueño con ella a veces, con su risa quebrada y sus dedos enredados en los míos. Nunca supe si era más ella en la calle o en la cama. Tal vez ambas. Tal vez ninguna.
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