Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

No la llamé. Fue ella quien apareció una madrugada, frente a mi portal, con una mochila colgada del hombro y ojeras profundas como pozos. (+ Alicia y la fuente escondida)

—No podía dormir —dijo, encogiéndose de hombros—. Pensé en ti.

Subió sin preguntar. Como si nunca se hubiera ido. Como si todavía supiera dónde estaban los vasos, el interruptor de la lámpara, mi cuerpo.

En mi cama, el silencio fue largo. Se desvistió de espaldas, sin urgencia, dejando que la ropa cayera como si la estuviera soltando del mundo. Me acerqué despacio, como si temiera romper algo. Nos miramos. Nada más.

El primer roce fue como un recuerdo encarnado. Sus manos sabían dónde tocar, dónde detenerse. Mi piel se abrió como una flor vieja que aún recuerda cómo era eso del sol.

En medio del deseo, de su boca contra mi cuello, de mis dedos en su cintura estrecha, le susurré:

—Eres una niña, ¿verdad? Somos dos niñas en la cama…
Ella se detuvo un instante, apoyó la frente contra mi pecho, y soltó una risa leve, con un dejo de alivio.

—Sí —dijo—. Pero no se lo digas a nadie.

Nos besamos con torpeza dulce. No buscábamos placer rápido, sino reconocimiento. Reencontrarnos. Confirmar que seguíamos ahí, bajo todas las capas, el tiempo, los cuerpos que habíamos sido desde entonces.

Dormimos abrazadas, como si el frío de afuera no pudiera entrar. Como si la cama fuera un país con leyes propias. En la oscuridad, pensé que tal vez ya no éramos las mismas, pero que algo de nosotras sí había sobrevivido. Un gesto. Una forma de mirar. Un latido.

Cuando desperté, ella aún dormía. La observé con el corazón en un puño. No sabía si se quedaría, si volvería a desaparecer, si esto había sido solo una tregua.

Pero ya no me importaba.

Porque esa noche, fuimos dos niñas otra vez.

Posted in ,

Deja un comentario

Descubre más desde Úrsula J.Gilgati

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo