Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

Durante siglos, la figura de la bruja ha sido utilizada como instrumento de control y represión hacia las mujeres. Lejos de los clichés de sombreros puntiagudos y escobas voladoras, la «caza de brujas» fue un proceso sistemático de persecución, tortura y asesinato de mujeres que no encajaban en los moldes patriarcales: sanadoras, sabias, solteras, viudas, herbolarias o simplemente independientes. (+ El mito heterosexual)

Entre los siglos XV y XVIII, se calcula que más de 60.000 personas fueron ejecutadas por brujería en Europa, y la mayoría eran mujeres. ¿Su crimen? Saber demasiado, hablar demasiado, vivir solas, o ser pobres, viejas o diferentes. La inquisición y los tribunales civiles no solo querían erradicar prácticas “paganas”; querían erradicar la amenaza de una mujer libre.

Desde el feminismo, la bruja se ha resignificado como símbolo de resistencia. En los años 70, colectivos como W.I.T.C.H. (Women’s International Terrorist Conspiracy from Hell) la recuperaron como emblema de empoderamiento. Hoy, muchas feministas la reivindican como figura ancestral de sabiduría femenina, de conexión con la naturaleza y de autonomía frente a un sistema patriarcal que la temió y la destruyó.

La bruja nos recuerda que el conocimiento, el poder y la independencia femenina han sido históricamente castigados. Que la sexualidad fuera del control del hombre, la espiritualidad no institucionalizada o la voz propia fueron motivo suficiente para arder en la hoguera.

Hablar de brujas es hablar de historia, pero también de presente. Porque hoy muchas mujeres siguen siendo perseguidas por romper normas impuestas. Las llamas cambiaron de forma: ahora son juicios mediáticos, violencia sexual, leyes restrictivas o silenciamientos sutiles.

Las brujas no murieron. Se transformaron. Y en cada mujer que alza la voz, que decide por su cuerpo, que guía, que cura o que crea, hay una chispa de ese fuego antiguo que nunca lograron apagar.

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