Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

A pesar de los avances sociales y del aumento de representaciones LGTBIQ+ en medios y literatura, el deseo entre mujeres sigue generando incomodidad en muchos sectores. No se trata solo de homofobia tradicional o de ignorancia, sino de una tensión más profunda: el deseo femenino, en sí mismo, ha sido históricamente negado, reprimido o moldeado al servicio de la mirada masculina. (+ Hombreriegas vs putas)

Desde la infancia, a muchas niñas se les enseña a no desear, a no explorar, a no ocupar espacio con su cuerpo ni con su deseo. Y cuando ese deseo no se dirige hacia un hombre, sino hacia otra mujer, el sistema entero se sacude. La heterosexualidad obligatoria —término acuñado por la teórica Adrienne Rich— no es solo una orientación impuesta, sino una estructura que sostiene múltiples formas de poder. El deseo entre mujeres rompe esa estructura.

En la cultura popular, las representaciones lésbicas han estado frecuentemente marcadas por la hipersexualización. Muchas veces no se trata de dos mujeres deseándose libremente, sino de una fantasía diseñada para el consumo heterosexual masculino. Cuando una historia lésbica no responde a ese guion, cuando muestra ternura, intimidad, deseo auténtico entre mujeres, incomoda. Porque desplaza al hombre como centro y como espectador. Porque el deseo ya no le pertenece.

Además, existe un componente de invisibilización. Mientras que la homosexualidad masculina ha sido más ampliamente reconocida —aunque también reprimida—, el amor entre mujeres ha sido borrado o reducido a amistades intensas, a vínculos emocionales “profundos” pero no sexuales. Esta negación histórica contribuye a la incomodidad actual: no se sabe nombrar lo que nunca se reconoció.

El deseo entre mujeres es subversivo, no solo porque desafía la norma heterosexual, sino porque recupera el cuerpo, la mirada y el placer femeninos para sí mismos. No busca la validación de un otro, sino que se teje en una lógica distinta, de complicidad, de espejo, de juego mutuo. Y eso, en un mundo que todavía coloca lo masculino como medida de todo, descoloca.

La incomodidad es señal de que algo se mueve. Y ese movimiento, aunque incómodo, es profundamente necesario.

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