
Alicia estaba muerta.
Lo supo desde el principio, aunque no hubo entierro, ni campanas, ni pañuelos en los ojos de su madre. Solo un suspiro largo como el crujir de las hojas al final del otoño, y luego… el silencio. Un silencio tan espeso que podía oírse. (+ La cama no miente: Ella era un secreto a voces)
Despertó tendida en un suelo de terciopelo negro. No había cielo sobre su cabeza ni suelo firme bajo su cuerpo, solo una extraña bruma azul que se arremolinaba a su alrededor, como si el mundo aún estuviera decidiéndose a nacer. No tenía frío ni miedo, pero sentía una falta, una ausencia de líquido vital latiéndole en las muñecas.
—¿Dónde estoy? —preguntó, pero su voz se diluyó como el humo.
Un conejo pálido con ojos violetas y una corona de espinas en una oreja saltó frente a ella. La miró con pesar y dijo:
—Has cruzado. Ya no perteneces allá.
—¿Allá?
—Donde fuiste niña. Donde no fuiste escuchada.
El conejo giró sobre sí mismo y corrió hacia una grieta en el suelo. Sin pensarlo, Alicia lo siguió. Cayó, claro. Como en los cuentos. Pero esta vez no hubo muebles flotantes ni relojes ni pasteles con instrucciones. Solo una sensación creciente de que algo en ella se había apagado mucho antes de morir.
Al llegar al fondo, apareció en un bosque de árboles invertidos: las raíces arriba, los frutos hundidos bajo tierra. Todo crecía al revés. Como ella.
Caminó sin rumbo hasta encontrar a una mujer sin rostro, sentada sobre una rama de cristal.
—¿Has venido a buscar la fuente? —le dijo telepáticamente.
Alicia asintió.
—Dicen que devuelve la vida —susurró ella—. Pero no a cualquiera. Solo a quienes han muerto sin ser jamás ellas mismas.
—¿Dónde está?
—Más allá del jardín de las que callaron. Más allá de las lenguas cortadas. Más allá de la Reina de las Cadenas.
La mujer sin rostro le entregó un pequeño colgante: una llave con forma de letra “L”.
—Esto te será muy útil cuando llegues. No antes.
Alicia se lo colgó del cuello. Por primera vez desde que murió, sintió algo parecido al calor.
El conejo reapareció.
—¿Lista?
—Nunca lo estuve tanto —dijo Alicia.
Y juntos, los dos, cruzaron el umbral hacia el jardín de las que callaron.
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