
El jardín no era jardín. Era un laberinto de bocas cerradas, de labios cosidos con hilos invisibles. Flores sin pétalos hablaban en susurros, y los árboles tenían nombres escritos con sangre seca en sus cortezas: Carmen, Isabel, Laura, Dolores… Mujeres olvidadas, enterradas vivas en la historia. (+ Blancanieves 3.0)
Alicia avanzaba en silencio, con el conejo siempre unos pasos adelante, marcando el camino con su pata ensangrentada.
—¿Quiénes son ellas? —preguntó.
—Las que sintieron y no pudieron decir. Las que se amaron y se ocultaron. Las que fueron castigadas por no amar como debían.
Una de las bocas de piedra se abrió al paso de Alicia y exhaló una frase: “Tú no lo sabes aún, pero estás aquí porque fuiste una de nosotras.”
La niña se detuvo. Quiso preguntar. Pero ya no pudo.
En su garganta algo se había cerrado. Notó el peso de todas las palabras que no dijo en vida: cuando miraba a Clara en clase y se le desordenaba el pecho, cuando evitaba que su madre leyera sus diarios, cuando deseaba no ser “tan rara”. En su tiempo, nadie le ofreció otra posibilidad que el silencio.
—No hay salida si no se recuerda —dijo el conejo.
El colgante con forma de “L” comenzó a arderle en el pecho. Un ardor dulce, casi familiar. Como el roce de una mejilla contra la suya en la oscuridad de una habitación compartida.
Entonces, lo vio.
Al fondo del jardín, tras un arco de costillas de mármol, se alzaba una mujer enorme, con un vestido hecho de rejas y una corona de candados.
—La Reina de las Cadenas —susurró el conejo.
Alicia se acercó.
—¿Tú guardas la fuente?
—Yo guardo la puerta a ella —respondió la reina, con voz de muchas mujeres al mismo tiempo—. Pero solo puedes pasar si dejas tu vergüenza aquí. Si la reconoces. Si la entiendes.
—¿Qué debo hacer?
La reina señaló un espejo, incrustado en su pecho.
—Mírate como fuiste. Y di lo que nunca dijiste.
Alicia se acercó. En el reflejo, vio a su yo viva. Doce años. Risa contenida. Espalda tensa. Vio el momento exacto en que se dio cuenta de que lo que sentía por Clara no era amistad. Y cómo tragó saliva. Y cómo se odió por ello.
Lloró. Y al llorar, su voz volvió.
—Quise a una niña —dijo—. Quise a una niña y me sentí sucia.
La reina asintió. El espejo se hizo trizas. Y las cadenas se deshicieron como humo.
—Entonces puedes pasar.
Del otro lado, una puerta temblaba como un corazón.
Alicia la abrió.
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