Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

Una de las grandes paradojas de las sociedades occidentales es la persistencia del machismo a pesar de que, durante generaciones, han sido mayoritariamente las mujeres quienes han criado y educado a los hijos. ¿Cómo puede sobrevivir el patriarcado en hogares guiados por madres comprometidas, sensibles y, en muchos casos, feministas? La respuesta es tan sutil como incómoda: el machismo no necesita ser evidente para funcionar. Basta con que se haya normalizado. (+ Feminidad tóxica)

Desde la Psicología del Desarrollo sabemos que la socialización de género comienza antes de que el bebé pueda hablar. Uno de los ejemplos más citados es el de los colores: los padres y madres tienden a vestir a los niños con azul desde el primer día y a las niñas con rosa. Años después, cuando un niño afirma que su color favorito es el azul “porque es de chicos”, lo hace sin saber que fueron precisamente quienes le criaron quienes instauraron esa asociación. No lo recuerdan ni él, ni ellos. Lo viven como natural. Como si el género tuviera un lenguaje propio e innato, cuando en realidad fue aprendido y reforzado desde la cuna.

Este tipo de condicionamientos son tan constantes que apenas se notan. Las madres, muchas veces sin ser conscientes, perpetúan ciertos patrones: animan a sus hijos a explorar, correr, ensuciarse, mientras invitan a sus hijas a ayudar en casa, a no levantar la voz, a “estar guapas”. No por maldad, sino porque ellas también crecieron en esa lógica. El machismo no requiere intenciones perversas. Le basta con ser tra(d)ición. (+ Navidad y machismo: lo que la tra(d)ición normaliza sin preguntar)

Estudios como el de Susan Witt (2000), sobre la influencia de los padres en la formación de estereotipos de género, demuestran que las madres suelen reforzar más los roles tradicionales, especialmente con las hijas. Es decir, las mujeres, víctimas del sistema patriarcal, también pueden ser sus transmisoras más eficaces. Porque han sido educadas para cuidar, para agradar, para perpetuar un orden sin desafiarlo.

Esto no significa que ellas sean responsables del machismo. Sería injusto y simplista afirmarlo. Pero sí pone de manifiesto que el patriarcado es un sistema inteligente: ha conseguido que sus normas se reproduzcan incluso a través del amor. Y lo más peligroso es que lo hace en silencio, disfrazado de sentido común, de “lo natural”, de lo correcto.

La clave está en el desaprendizaje. En revisar con mirada crítica los gestos pequeños: cómo se consuela a un niño que llora, a qué juegos se invita a una niña, qué cuentos se leen, qué frases se repiten. Porque ahí es donde se construye el mundo.

La educación inclusiva no empieza en la escuela, sino en casa. Y no se trata solo de hablar de igualdad, sino de practicarla en cada detalle cotidiano. De permitir que niños y niñas se expresen, se enfaden, sueñen, duden, sin encajarles en moldes de género.

Solo reconociendo cómo el machismo se filtra incluso en los actos más amorosos podremos empezar a romper su ciclo. Y quizás, algún día, las madres no tengan que enseñar a sus hijas a sobrevivir al patriarcado, porque juntas lo habrán desmantelado.

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