
Vivimos en una época donde se nos anima a “consumir de forma sostenible”, a “comprar verde”, a “reducir nuestra huella ecológica” sin dejar de participar activamente en el mercado. Sin embargo, esta fórmula presenta una contradicción de base: el modelo económico actual se basa en el crecimiento constante del consumo, mientras que la ecología exige lo contrario —disminuir la extracción de recursos, reducir la producción de residuos y frenar el ritmo de explotación del planeta—. Pretender que ambos objetivos convivan es como fomentar el turismo en una sociedad caníbal: puedes maquillarlo, suavizarlo, organizar rutas seguras, pero el problema estructural no desaparece.
El símil no es exagerado. Así como en una sociedad antropofágica el viajero siempre corre el riesgo de convertirse en comida, en una economía basada en el consumo ilimitado todo intento de sostenibilidad es rápidamente absorbido por la lógica de mercado. Las empresas se apresuran a etiquetar productos como “eco” o “bio”, pero muchas veces esas etiquetas enmascaran procesos igual de contaminantes o incluso estrategias de greenwashing. Comprar una camiseta “sostenible” cada semana sigue siendo parte del problema si no se cuestiona la necesidad de consumir tanto. (+ ¿Deseo o necesidad?: cuando la matrnidad se convierte en consumo)
Según la ONU, la producción y el consumo de bienes son responsables de más del 60% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Y sin embargo, el crecimiento del PIB sigue considerándose el principal indicador de éxito económico. Este modelo no solo es insostenible a nivel ambiental: también lo es socialmente, al perpetuar desigualdades y concentrar la riqueza.
La salida no pasa por un consumo más “verde”, sino por un replanteamiento profundo de nuestras prioridades. ¿Qué necesitamos realmente? ¿Qué estilo de vida queremos sostener? ¿Es posible imaginar una economía que no se base en el exceso, sino en el cuidado?
Aceptar que consumismo y ecología son incompatibles no significa renunciar a toda comodidad, sino dejar de fingir que es posible cuidar el planeta sin renunciar a ciertos privilegios. Igual que no se puede convivir pacíficamente en una sociedad que devora a sus invitados, no podemos esperar un futuro habitable sin abandonar la lógica depredadora del consumo sin límites.
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