
En el inmenso universo de la cosmética, los pasillos están repletos de promesas: cremas que “retensan”, “elevan”, “eliminan arrugas” y, por ende, «rejuvenecen». La industria del cuidado de la piel mueve más de 500 mil millones de dólares al año a nivel mundial, pero cuando se pasa la capa de marketing y se observa la evidencia científica, el resultado es bastante menos glamuroso: la mayoría de estos productos no hacen mucho más que hidratar y, en algunos casos, proteger del sol. (+ Sara Montiel: la diva que inventó el filtro antes que instagram)
La hidratación no es poca cosa: una piel bien hidratada se ve más tersa y luminosa. Pero eso no significa que se haya revertido el envejecimiento. Muchos de los ingredientes estrella en los envases (como colágeno, elastina o péptidos milagrosos) no tienen capacidad real de penetrar en capas profundas de la piel. En otras palabras: actúan solo en la superficie, como lo haría cualquier crema básica.
Las únicas excepciones con respaldo científico sólido son algunos activos como el retinol (derivado de la vitamina A), los ácidos exfoliantes (AHA y BHA), la vitamina C y, sobre todo, los protectores solares de amplio espectro. Estos sí pueden aportar beneficios medibles: estimulación de la renovación celular, despigmentación leve, mejora de la textura… pero dentro de límites. Ningún cosmético puede sustituir el paso del tiempo, la genética ni los tratamientos dermatológicos o médicos específicos.(+ La piel que «ya» no habito)
Además, hay otra cara menos comentada: el despilfarro cosmético. Según estudios de sostenibilidad y consumo (como el de Zero Waste Europe), más del 30% de los productos de belleza que compramos acaban caducando en estanterías, semiusados o directamente en la basura. Esto genera un impacto ambiental significativo: envases plásticos, restos químicos y microplásticos en los océanos, y un consumo de recursos desproporcionado.
En resumen: la cosmética puede ser un ritual agradable, un momento de cuidado personal. Pero conviene recordar que las cremas no son cirugía ni un milagro embotellado. Elegir bien, con realismo y sin caer en promesas mágicas, es el primer paso hacia una relación más honesta —y sostenible— con nuestro cuerpo y el planeta.
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