Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

El tarot, con sus cartas misteriosas y figuras arquetípicas, tiene una historia larga que comienza en el siglo XV como un simple juego de mesa europeo llamado tarocchi. Fue a partir del siglo XVIII, con el auge del ocultismo, cuando se le empezó a atribuir un supuesto poder adivinatorio. Desde entonces, ha ganado popularidad en todo el mundo, envuelto en un aura mística que muchas personas aún confunden con una fuente fiable de conocimiento. (+ La ciencia no es la única explicación)

Sin embargo, conviene decirlo sin rodeos: el tarot no pasa el filtro del método científico. Ningún estudio riguroso ha demostrado que pueda predecir hechos futuros o «acertar» datos personales sin información previa. Lo que suele interpretarse como una capacidad asombrosa del tarotista, responde en realidad a sesgos cognitivos y a la ambigüedad deliberada de los símbolos. El cerebro busca patrones, y cuando una carta dice «hay una figura autoritaria en tu vida», cada quien puede pensar en su jefe, su padre, una expareja o incluso en sí misma.

Peor aún, hay quienes se aprovechan de esta ambigüedad para timar a personas vulnerables. Tarotistas que se presentan como videntes o médiums y lanzan afirmaciones absurdamente vagas como: «tienes un hijo mayor que el otro» (en una mujer con dos hijos), o «tienes molestias en la próstata» (a un hombre de 80 años). Son obviedades disfrazadas de clarividencia, respaldadas por zafios juegos de probabilidad y mucho teatro emocional. Así, se perpetúa un negocio lucrativo que explota la necesidad humana de encontrar sentido, consuelo o dirección. (+ ¿Por qué fracasan los propósitos de año nuevo?)

Dicho esto, no todo en el tarot debe ser descartado. En manos responsables, puede ser una herramienta simbólica de reflexión. Las cartas actúan como estímulos visuales que permiten proyectar emociones, pensamientos o dilemas internos. Un buen tarotista —es decir, alguien con ética, sensibilidad y capacidad de escucha— no pretende adivinar, sino acompañar. Ayuda a ordenar pensamientos, a enfocar preguntas, a mirar con otros ojos. No dice lo que va a ocurrir: te ayuda a pensar qué podría pasar si eliges uno u otro camino.

Así, el tarot deja de ser un supuesto oráculo para convertirse en un espejo. Uno que no refleja el futuro, sino lo que ya está en ti, esperando ser visto.

El tarot no es ciencia ni milagro, pero puede ser diálogo. Lo importante es saber con quién hablas.

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