Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

Había una vez un reino donde la belleza no era virtud, sino mandato. Cada primavera, las doncellas eran llevadas frente al Gran Espejo del Palacio para ser “vistas”. Las que el Espejo alababa se convertían en damas de compañía de la Reina. Las demás… simplemente volvían a casa con la cabeza agachada y el alma encogida. (+ Orgullo de Oz)

Blanca no encajaba. Nunca le interesaron los vestidos con corsé, ni los suspiros de los pajes, ni los torneos donde hombres brillaban mientras mujeres aplaudían. Su cuerpo era el de una adolescente inquieta y su mente, un río impetuoso. En las noches, mientras las demás soñaban con bailes y promesas, ella leía libros escondidos en la biblioteca abandonada del ala oeste del castillo. Libros de brujas, de rebeldes, de mujeres que decidieron no ser princesas.

La Reina, obsesionada con mantener el control del trono y del espejo, supo desde el principio que Blanca sería un problema. No por su belleza, que era indiscutible, sino porque no parecía dispuesta a venderla. A sus quince años, Blanca ya desafiaba con la mirada y sonreía como si supiera un secreto.

—Es la más bella —dijo un día el Espejo, por primera vez, aludiendo a ella.
—¿Más que yo? —preguntó la Reina, y en sus ojos se encendió el odio.

No era envidia. Era terror. La belleza que no obedece es peligrosa.

La Reina ordenó a su cazadora personal que llevara a Blanca al bosque y acabara con ella. Pero la cazadora, una mujer curtida por las pérdidas y las traiciones, no pudo. Blanca, con los ojos claros y el gesto firme, le habló de otro mundo posible. Un mundo sin Reinas ni espejos.

—Corre —le dijo la cazadora—. Y no vuelvas, a menos que tengas un plan.

Blanca corrió. Atravesó árboles como brazos, raíces como trampas, nieblas insondables. Y no volvió la vista atrás. No huyó por temor, sino por estrategia. Sabía que para cambiar el reino tendría que abandonarlo primero.

Al anochecer, encontró una cabaña. Pequeña, aislada, cubierta de musgo. Dentro, siete mujeres la miraban con asombro. No eran niñas ni ancianas, sino una comunidad secreta que vivía al margen del mandato. Una botánica, una mecánica, una poeta, una exsoldado, una costurera que hacía ropa sin género, una escultora de madera y una médica autodidacta.

Blanca respiró. Por fin.

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