Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

Durante los primeros días, Blanca apenas habló. Observaba. La cabaña era una sinfonía de independencia: cada una de las siete mujeres aportaba su arte, su fuerza y su historia para sostener aquel oasis. Cocinaban sin jerarquías, dormían donde querían y se nombraban sin etiquetas. Blanca, que había crecido en un mundo de peines dorados y silencios obligados, sintió algo parecido a la libertad por primera vez. (+ La cama no miente: ella era un secreto a voces)

Fue Nara, la escultora, quien primero tocó la piel de Blanca con las manos manchadas de savia. Le mostró cómo tallar madera con formas nuevas, sin reglas, sin patrones. En esas tardes de astillas y resina, Blanca empezó a hablar. Sobre el castillo, sobre el Espejo, sobre el odio disfrazado de autoridad. Y sobre cómo, desde que tenía uso de razón, todos querían que gustara a un príncipe. Nunca se le ocurrió gustarse a sí misma. Hasta ahora.

Pronto, también habló con Élia, la exsoldado. Le enseñó a afilar piedras y a leer estrategias antiguas en los mapas. Pero fue con Sari, la médica autodidacta, con quien la conexión se volvió eléctrica. Sari le hablaba del cuerpo como si fuese un templo en continua construcción. Blanca sentía cómo su lengua se secaba cuando la miraba, y cómo algo crecía en su pecho, sin nombre pero sin miedo. Por primera vez no quería ser amada: quería amar.

Mientras tanto, en el castillo, la Reina repetía la misma pregunta frente al Espejo cada día. Y cada día, él le respondía con la verdad insoportable:
—Blanca vive. Y es más libre que tú.

La Reina, incapaz de tolerar la existencia de una mujer bella sin obediencia, sin marido, sin vergüenza, tejió un plan. No una manzana. No un peine envenenado. Esta vez sería algo más sutil: un rumor. Hizo correr la noticia de que una joven peligrosa se escondía en el bosque, que seducía a mujeres y envenenaba su razón. Envió a sus guardias con órdenes de “limpiar” la zona.

Blanca lo supo antes de que llegaran. Sari la encontró en el taller de Nara. Le cogió la mano sin prisa, como si las urgencias no pudieran tocar el deseo.
—No puedes huir otra vez.
—No lo haré —respondió Blanca—. Esta vez no corro. Esta vez lucho.

Las siete se prepararon. No para una guerra, sino para un nuevo principio.

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