Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

Cuando los soldados entraron al claro, esperaban encontrar a una bruja. Lo que vieron fue otra cosa: siete mujeres en pie, firmes, armadas no con espadas, sino con convicción. Blanca estaba al frente. Ya no llevaba encajes ni trenzas perfectas. El vestido que alguna vez fue símbolo de sumisión ahora estaba cubierto de barro, madera y huellas de una vida nueva. (+ Alicia y la fuente escondida)

—Estamos buscando a la fugitiva —gruñó uno de ellos.

—No hay fugitivas aquí —dijo Blanca con voz serena—. Sólo mujeres libres.

Hubo tensión. Los soldados, formados en la obediencia ciega, vacilaron. Aquella escena no encajaba en sus mapas de poder. Eran ellas las que no temblaban.

Ninguna batalla estalló. No hubo sangre. Solo una grieta, una duda. Pequeña, pero decisiva. Uno de los soldados bajó su arma. Otro lo imitó. La Reina había enviado miedo, pero no contaba con la ternura. Y la ternura, esa tarde, fue más contagiosa que el odio.

La historia viajó rápido. Por las aldeas, por las fronteras del reino. Mujeres empezaron a preguntarse qué pasaría si no se disculparan tanto. Si dijeran no. Si se eligieran. El castillo, antes núcleo de poder, empezó a parecer anticuado, como una joya heredada que ya nadie quiere llevar.

La Reina envejeció sin darse cuenta. No porque el Espejo dejara de decirle la verdad, sino porque un día dejó de hablar. Como si la verdad, cansada de la tiranía, hubiera abandonado sus labios.

Blanca y Sari construyeron un nuevo refugio, más amplio. Las otras siguieron explorando, sembrando, esculpiendo. A veces regresaban para compartir historias y pan recién hecho. Nunca se habló de “final feliz”, porque no buscaban uno. Buscaban principios, caminos que no dependieran de cuentos impuestos.

Blanca colgó en la entrada una manzana de madera. Tallada a mano, con una grieta en el centro. Un símbolo. De lo que dolió. De lo que transformó. De lo que ya no engaña.

A veces, niñas del pueblo venían a visitarla. Le pedían que les contara su historia. Y ella lo hacía. Pero cambiaba los finales. Cambiaba los besos. Cambiaba los miedos.

—¿Y el príncipe? —preguntaban a veces.

—No llegó —respondía Blanca, con una sonrisa—. Y no hizo falta.

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