
El ser humano mira a las estrellas con una mezcla de asombro y ambición. Soñamos con colonizar Marte, enviar sondas más allá del sistema solar o detectar vida en exoplanetas a años luz. Sin embargo, hay un territorio igual de misterioso y mucho más cercano que sigue, en gran parte, inexplorado: el océano. (+ El Tarot: entre el símbolo y el engaño)
A pesar de cubrir más del 70 % de la superficie terrestre, sabemos más sobre la superficie de la Luna que sobre el fondo marino. De hecho, menos del 25 % del lecho oceánico ha sido cartografiado con precisión, y se estima que hasta dos tercios de las especies marinas aún no han sido descubiertas. En el fondo del mar, existen montañas más altas que el Everest y cañones más profundos que el Gran Cañón, completamente ocultos a la mirada humana. ¿Cómo es posible que busquemos vida en otros planetas cuando todavía ignoramos buena parte de la biodiversidad que habita bajo nuestras propias aguas?
El océano no es solo una extensión de agua: es un ecosistema inmenso y complejo, con regiones tan inhóspitas como el espacio exterior. A profundidades abisales, la presión es más de mil veces la de la superficie, la luz desaparece por completo y la vida se adapta de formas extraordinarias. Algunas criaturas marinas producen su propia luz mediante bioluminiscencia, sobreviven con cantidades mínimas de oxígeno o viven cerca de fuentes hidrotermales ricas en minerales tóxicos para la mayoría de los seres vivos. Son adaptaciones tan insólitas que podrían ayudarnos a entender cómo sería la vida en otros mundos. Paradójicamente, el mar podría ser nuestro mejor entrenamiento para el espacio.
Entonces, ¿por qué invertimos tanto más en explorar el cosmos? Parte de la respuesta está en el mito del progreso: mirar hacia fuera parece más ambicioso, más épico. Además, el océano está asociado al caos, lo imprevisible y lo salvaje. Pero ignorarlo tiene consecuencias: los océanos regulan el clima, producen más de la mitad del oxígeno que respiramos y absorben enormes cantidades de dióxido de carbono. Nuestro desconocimiento no es solo una curiosidad científica, sino un riesgo ambiental. (+ Consumismo y ecología: una contradicción estructural)
Explorar el espacio es apasionante y necesario, pero hacerlo sin terminar de comprender nuestro propio planeta es, como mínimo, contradictorio. El mar es otro planeta dentro de este. Uno que aún no conocemos.
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