
Como los Reyes Magos, el bullying también tiene su gran revelación: el bullying son los padres. Puede parecer una frase excesiva, incluso cruel, pero basta observar con atención para ver que los insultos, el desprecio, la exclusión y la burla que ejercen algunos niños sobre otros son un reflejo directo del mundo adulto que los rodea. Los niños aprenden lo que viven. Absorben como esponjas las tensiones, los prejuicios, las violencias sutiles —y no tan sutiles— que observan en casa, en la televisión, en la calle, en la manera en que los adultos se relacionan entre sí y con ellos. (+ Educar para incluir: un camino hacia el respeto real)
Un niño no nace sabiendo discriminar. No aparece en el patio con un manual bajo el brazo que diga “cómo detectar y humillar al diferente”. Lo aprende. A veces lo ve en su padre cuando se burla de una mujer con sobrepeso. O en su madre cuando desprecia a un vecino por su forma de vestir. O en esa maestra que ignora sistemáticamente a la niña trans. Lo escucha cuando alguien dice que “los maricones siempre buscan llamar la atención” o que “las raritas siempre están solas porque se lo buscan”. Y entonces el niño lo repite. Lo adapta a su mundo, pero la semilla no es suya. Se la dieron.
Por eso, señalar al niño como único responsable del bullying es como culpar al cartero por las cartas que reparte. El niño que agrede también necesita ayuda, porque está expresando, de forma violenta, algo que ha sido legitimado o tolerado por su entorno.
En esta ecuación, el papel del profesorado es crucial. No basta con ser testigos. El profesorado tiene el poder —y la obligación— de intervenir, educar, corregir y proteger. Cuando un docente mira hacia otro lado, minimiza la violencia o espera que “se arreglen entre ellos”, se convierte en cómplice silencioso de una cultura de agresión.
Decir que el bullying son los padres no es quitar responsabilidad a los niños, sino poner el foco donde empieza el problema. Porque si queremos erradicar el acoso, no basta con enseñar a no insultar: hay que revisar el tipo de sociedad que estamos construyendo desde el ejemplo cotidiano.
El día en que los adultos dejen de sembrar odio, los patios se llenarán de juegos, no de heridas.
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