
Imagina que entras en un gran centro comercial. Tienes decenas de tiendas entre las que elegir: ropas ecológicas, moda urbana, productos tradicionales, propuestas rompedoras. Aparentemente, una gran diversidad. Sin embargo, al mirar con lupa, descubres algo perturbador: todas las tiendas pertenecen al mismo grupo empresarial. Da igual si compras en la tienda progresista o en la más conservadora, el dinero acaba en el mismo bolsillo. (+ Apoyar o excluir: la decisión cultural que haces sin darte cuenta)
Así funciona, para muchas personas, el sistema democrático contemporáneo. Nos venden la idea de la pluralidad política, nos animan a “elegir”, a “participar”, a “confiar en las urnas”. Pero en el fondo, gane quien gane, los beneficiarios últimos son siempre los mismos: la clase política profesional, sus privilegios, su centro comercial de butacas acolchadas, dietas generosas y puertas giratorias.
Cuando llega el momento de votar, nos tratan como a clientes indecisos: lanzan campañas de marketing, mensajes emocionales, descuentos en forma de promesas que nunca llegan al ticket final. Pero lo que realmente les interesa no es tanto a quién votes, sino que compres algo, que consumas “democracia” y valides el sistema. Porque cada voto emitido es un pase VIP para que ese centro comercial siga operando con normalidad.
¿Y si tu partido no gana? Poco importa. Las tiendas compiten, sí, pero entre bastidores comparten trastienda. Comparten sueldos blindados, pensiones vitalicias, la seguridad de que, gobierne quien gobierne, ellos seguirán con calefacción central y coche oficial. Como en cualquier franquicia, hay marcas más visibles y otras más discretas, pero todas bajo el mismo techo: Políticos, S.A.
Esto no significa que votar no tenga sentido o que todos sean iguales, pero sí invita a reflexionar sobre un sistema donde la ciudadanía juega el rol de consumidora más que de protagonista. Un sistema donde la verdadera transformación no se encuentra en las urnas, sino en la participación activa, en la calle, en las decisiones del día a día que no pasan por una papeleta.
Así que, la próxima vez que entres en el centro comercial de las elecciones, pregúntate: ¿Dónde va a ir a parar, al final, el importe de tu compra en esa tienda que tanto te gusta?
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