Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

Dorothy vivía en un pueblo polvoriento donde las ventanas siempre estaban cerradas y las preguntas eran un lujo que nadie se permitía. Desde pequeña sabía que su corazón latía con un ritmo distinto al que le habían asignado. Su nombre de nacimiento era otro, pero ella había elegido llamarse Dorothy, en honor a su abuela Dorotea a la que tanto amaba, como un acto de resistencia. El mundo que la rodeaba no entendía su decisión, pero ella ya no quería pedir permiso para existir. (+ Blancanieves 3.0)

Un día, mientras observaba el cielo cargado de nubes, un tornado inesperado arrasó con todo. En lugar de miedo, sintió alivio. Como si el viento la estuviera arrancando de una tierra que ya no la quería. Cerró los ojos y, cuando los abrió, estaba en un paisaje completamente nuevo: bosques con árboles que hablaban entre ellos en susurros, caminos de baldosas multicolores, y una atmósfera donde el aire parecía contener secretos y aventuras por descubrir.

Allí conoció al Espantapájaros, un peculiar ser de paja con un sombrero inclinado y ojos que brillaban con inteligencia, pero que se sentía desorientado. «No sé quién soy. No me identifico con nadie, ni con esto ni con aquello. Me llaman ‘raro’, ‘confuso’, pero yo solo… soy».

Dorothy sonrió. «Eso es más que suficiente para empezar». Juntas, emprendieron el camino de baldosas hacia el corazón del país, guiadas por una intuición que ninguna sabía explicar.

En un claro del bosque, encontraron a una mujer cubierta de óxido, inmóvil. La aceitó Dorothy con cuidado. «Gracias», dijo con voz rasposa. «Estoy oxidada por dentro. Me casé, tuve hijos, y siempre me sentí vacía. Creí que el problema era mío, pero ahora… me doy cuenta de que nunca amé de verdad».

Dorothy la miró con ternura. «Quizá solo te hace falta recordar quién eres, no quien te dijeron que debías ser». La mujer de la armadura oxidada se unió a ellas.

El último compañero apareció cerca de un lago. Era un león de melena hermosa y ojos huidizos. «Todos piensan que soy valiente, pero no puedo ni decir en voz alta a quién amo. Vivo escondido, rugiendo solo por dentro».

«Entonces vamos juntas», dijo Dorothy, tomándole la zarpa. «Quizá no haga falta rugir para ser valiente. Quizá baste con caminar».

Durante su trayecto, se enfrentaron a desafíos insólitos: un precioso jardín encantado donde solo florecían las emociones sinceras, un bosque donde cada mentira los hacía retroceder, y una ciudad de cristal que los reflejaba como realmente eran, sin disfraces.

Allí, Dorothy se vio a sí misma tal como quería ser vista: una niña completa, con la fuerza de quien ha sobrevivido al desarraigo. El Espantapájaros lloró al verse sin género definido, fluido, por primera vez en paz. La mujer de la armadura dejó caer una lágrima que oxidó aún más su pecho, pero que al tocar el suelo, germinó una delicada flor. El león, al verse tal cual era, susurró: «Sí, también yo merezco ser amado».

Y así, las cuatro siguieron avanzando. No sabían aún hacia dónde se dirigían con exactitud, pero cada paso se sentía más liviano, más verdadero. Como si lo que buscaban no fuera un lugar, sino un momento. Un instante en el que todo cobrara sentido. El horizonte se extendía ante ellas como una promesa aún por descubrir.

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