
El camino de baldosas se fue haciendo más estrecho a medida que las sombras crecían entre los árboles. El aire, antes dulce, ahora olía a incertidumbre. Dorothy iba en cabeza, sus pasos firmes aunque el corazón le latía con fuerza. El Espantapájaros, con movimientos torpes pero llenos de determinación, la seguía. Detrás, la Mujer de la Armadura Oxidada caminaba en silencio, mientras el León se detenía cada pocos metros, vigilando los arbustos con nerviosismo. (+ Alicia y la fuente escondida)
—¿Por qué todo se siente más denso aquí? —preguntó Dorothy, apartando unas ramas.
—Porque es el Bosque del Miedo —dijo une criatura diminuta, desde una rama—. Aquí los árboles murmuran lo que más teméis. Muchos no logran salir.
—Nosotras sí —respondió ella con una seguridad un tanto impostada.
Las voces comenzaron. Susurros suaves que se colaban entre las hojas:
“Tu identidad es una fase.”
“Nunca serás querida.”
“Nadie entenderá quién eres.”
Dorothy apretó los puños. El Espantapájaros bajó la cabeza. La Mujer de la Armadura sintió palpitaciones en su pecho oxidado. El León quiso huir, pero Dorothy le tomó la garra.
—Ya basta. ¡No son verdades! Son miedos. Y no vamos a dejar que nos detengan.
El Espantapájaros levantó la mirada. —Tengo miedo de que nunca me nombren bien. De que nadie sepa cómo tratarme. Pero también tengo el derecho a existir.
El León dio un paso adelante.
—Tengo miedo de decepcionar a mi familia. Pero ya no quiero esconderme más.
La Mujer de la Armadura habló al fin. —Yo tengo miedo de ser feliz. Porque nunca he sabido cómo se siente. Pero quiero aprender.
Los árboles comenzaron a silenciarse. Uno a uno, los susurros cesaron. Y en su lugar, el bosque se iluminó con pequeñas luciérnagas. El aire volvió a ser ligero y el camino se ensanchó.
Más adelante, se encontraron con una criatura en forma de armadillo gigante cubierta de espejos. Bloqueaba el paso.
—Para continuar, deben mirarse —dijo con su voz profunda y pausada.
Cada una se acercó. Dorothy vio su reflejo: una niña segura, luminosa, real. La Mujer de la Armadura se descubrió a sí misma sin el metal, solo piel y una sonrisa tímida. El León se reconoció como un ser hermoso en su vulnerabilidad. El Espantapájaros vio por fin un cuerpo sin etiquetas, libre.
—Ya pueden pasar —dijo la criatura, y desapareció.
Al salir del bosque, algo había cambiado. No sólo en el entorno, sino en ellas mismas. El miedo seguía ahí, pero ya no era un muro: era solo una sombra más, bajo la luz firme que llevaban dentro.
Cerca de un arroyo brillante, se detuvieron a descansar. El León, con la cabeza apoyada en el regazo de la Mujer de la Armadura, respiraba tranquilo. Dorothy se quitó los zapatos por primera vez desde su llegada y metió los pies en el agua fresca. El Espantapájaros, sentade sobre una roca, tejía con hierbas un collar para cada una.
—¿Creéis que hay más como nosotras en este mundo? —preguntó Dorothy.
—Claro que sí —respondió la Mujer de la Armadura—. Solo que muchas aún viven escondidas en sus propios bosques del miedo.
—Entonces tenemos que seguir —dijo el León—. Para encontrarlas. Para decirles que pueden salir.
Esa noche, acamparon bajo un cielo de estrellas tan brillantes que parecía imposible sentir miedo. Cantaron bajito. Compartieron historias que no se habían atrevido a contar antes. Cada palabra dicha, cada mirada sostenida, tejía una red de confianza. Ya no eran solo compañeras de viaje. Eran una pequeña familia nacida del reconocimiento mutuo.
Cuando el sol volvió a aparecer, se pusieron de pie. El camino seguía. Y aunque aún no sabían adónde las llevaría, ahora sabían con certeza que estaban donde debían estar: juntas, y más fuertes que nunca.
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