
La mañana llegó con un cielo azul intenso y un aire que olía a promesa. Las cuatro siguieron el camino de baldosas, ahora más pulido y brillante, como si alguien lo hubiera limpiado durante la noche. A lo lejos, comenzaron a divisar una cúpula dorada que resplandecía bajo el sol.
—Parece una ciudad —dijo la Mujer de la Armadura.
—O un espejismo —añadió el León, entrecerrando los ojos.
Cuando llegaron a la entrada, una gran puerta verde esmeralda se abrió sola. Al traspasarla, se encontraron en calles perfectas, llenas de rostros sonrientes, edificios centelleantes y música suave. Pero algo no encajaba.
—Todo es demasiado… perfecto —murmuró Dorothy.
Las personas les miraban con cortesía, pero sin verdadera atención. Nadie hacía preguntas. Nadie mostraba sorpresa. Era como si ya supieran quiénes eran. Como si fingieran no ver.
En una plaza, un grupo de habitantes les ofreció té y dulces. Hablaron con frases suaves, cargadas de lugares comunes.
—Aquí todos somos aceptados —decían con sonrisas impecables—. Aquí no hay diferencias.
—¿Y entonces por qué no me nombran como soy? —preguntó el Espantapájaros.
El silencio fue inmediato. Las sonrisas se congelaron. Una mujer se acercó con voz baja:
—No queremos conflictos. Aquí todo fluye si no se nombran las cosas.
Dorothy se levantó.
—Pero nosotras somos cosas que necesitan ser nombradas. Silenciarnos no es paz. Es borrado.
El León gruñó suavemente. La Mujer de la Armadura se quitó un guante, dejando ver su mano temblorosa, y sostuvo la de Dorothy.
Una figura salió del edificio central. Era una mujer vestida de blanco, sin rostro visible bajo su velo. (+ Brujas: el fuego que no apagaron)
—No queremos problemas —dijo con tono amable—. Podéis quedaros si aprendéis a disolveros.
—No —dijo Dorothy, firme—. Hemos venido a ser, no a desvanecernos.
La figura se deshizo como arena.
La ciudad tembló. Las calles comenzaron a resquebrajarse. No por rabia, sino por liberación. Los edificios brillantes mostraron fisuras, debilidades, y tras ellas, aparecieron otras personas: no tan pulidas, no tan sonrientes, pero vivas, reales.
Una joven de pelo índigo se acercó al grupo. —Gracias por hablar. Aquí también vivíamos atrapadas en la perfección. Ahora, al menos, podemos respirar.
Dorothy asintió. Sabía que aún faltaba camino, pero cada paso era una grieta más en los muros del fingimiento. Pronto, la cúpula se volvió transparente y se abrió un nuevo sendero. No brillaba como el anterior, pero olía a tierra mojada y a verdad.
—¿Seguimos? —preguntó la Mujer de la Armadura.
Dorothy sonrió. —¡Siempre!
Mientras caminaban por el nuevo sendero, el Espantapájaros recogía piedrecitas que brillaban débilmente al sol. El León tarareaba una melodía que no sabía que conocía. Y la Mujer de la Armadura, sin darse cuenta, había empezado a silbar.
Dorothy miró el horizonte. Algo se perfilaba a lo lejos, como una estructura enorme rodeada de banderas. Pero aún era pronto para saber qué era. Lo importante era que, por primera vez, no necesitaban saberlo todo para avanzar.
Porque cada paso era ya una victoria. Y el destino, fuera cual fuera, empezaba a oler a casa.
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