Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

El último tramo del sendero era distinto. No había baldosas, solo un camino de tierra cálida bordeado de hierba alta y flores que se abrían al paso de las cuatro viajeras. El Espantapájaros avanzaba con pasos elásticos, el León con porte orgulloso, y la Mujer de la Armadura caminaba más ligera que nunca. Dorothy sentía que sus botas no tocaban del todo el suelo. (+ La cama no miente: ella era un secreto a voces)

A medida que avanzaban, comenzaron a escuchar un rumor suave. Voces. Risas. Música discotequera lejana. Pero no se veía a nadie.

—¿Oís eso? —preguntó Dorothy.

—Sí, pero no hay nadie —dijo el León, olfateando el aire—. Huele a algodón de azúcar y a libertad.

Doblaron una última curva y el paisaje se abrió. Estaban en lo alto de una colina desde la que se divisaba una gran explanada. Y allí abajo, lo invisible se reveló.

Una multitud de colores, formas y ritmos desfilaba con alegría. Había pancartas, banderas del arcoiris, tambores, cuerpos pintados, besos públicos y abrazos. Había risas. Lágrimas. Había Orgullo.

—¿Qué es esto? —susurró la Mujer de la Armadura.

—No lo sé —dijo Dorothy—. Pero creo que es aquí donde teníamos que llegar.

Al pisar el césped, nadie se giró a mirarlas. Pero no era desdén; era acogida. Como si cada una de ellas hubiese estado ahí desde siempre. Como si no hiciera falta permiso.

El Espantapájaros, por primera vez, gritó su nombre. Un nombre nuevo. El suyo. Nadie lo cuestionó. Alguien se lo repitió con una sonrisa. El León se puso de pie sobre sus patas traseras y rugió, pero esta vez de alegría. La Mujer de la Armadura, sin decir palabra, se quitó el casco.

Dorothy, al ver todo eso, sintió una punzada en el pecho. No de dolor, sino de algo que durante años no había podido nombrar. Comprendió que su viaje no era solo suyo. Era también el de muchas que no llegaron. El de las que fueron silenciadas. El de las que aún no pueden.

—¿Y ahora? —preguntó la Mujer de la Armadura.

Dorothy miró el cielo, luego a sus compañeras.

—Ahora… bailamos.

Y lo hicieron.

Bailaron, sintiéndose felices y plenas, hasta que la tarde se tiñó de naranja. Hasta que la música fue solo ritmo en sus cuerpos. Hasta que dejaron de recordar lo que las había hecho huir. Porque, por fin, podían quedarse.

Y aunque ninguna lo dijera, sabían que aquello era solo el principio.

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