Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

Durante siglos, la historia ha domesticado el cuerpo de las mujeres. Lo ha nombrado desde fuera, lo ha medicalizado, lo ha sexualizado para otros, pero rara vez le ha permitido hablar en su propio idioma. En esta batalla por recuperar la voz, una de las luchas más radicales y necesarias es la más íntima: nombrar nuestros genitales con propiedad y sin vergüenza. Porque no es lo mismo decir “ahí abajo” que decir “coño”. No es lo mismo hablar de “vagina” cuando en realidad se quiere decir “vulva”. Y no es un detalle menor: es la diferencia entre habitar el propio cuerpo o seguir exiliadas dentro de él. (+ Por qué nadie te enseña a masturbarte si eres mujer)

El empoderamiento no se conquista solo con discursos. Se encarna. Y no hay empoderamiento real sin una relación consciente y libre con la genitalidad. ¿Cómo es posible que sigamos nombrando nuestros genitales haciendo referencia, precisamente, a la parte donde el heteropatriarcado pretende introducirnos un pene? «Vagina» es solo el canal, y aun así se ha convertido en la palabra comodín para referirse a toda la vulva, que es —no lo olvidemos— el verdadero centro de nuestro placer. Vulva o coño, señoras, llamémosla por su nombre. Dejémonos ya de decir «vagina», por favor. Porque cuando se habla del pene, la sociedad entera sabe perfectamente a qué se refiere y cómo nombrar, una por una, todas sus partes. Como mínimo, es escandaloso

En Clamworld, mi novela distópica y lésbica, las protagonistas han conseguido lo impensable: vivir en un mundo sin hombres, donde el deseo, el afecto y el lenguaje se reinventan. Allí, el coño no se esconde ni se disculpa. Es símbolo, es placer, es territorio propio. Las mujeres de Clamworld no solo tienen relaciones entre ellas: habitan su sexualidad con conciencia, sin pedir permiso, sin miedo a ser «demasiado». Su deseo no se explica ni se justifica. Simplemente existe, y con él, el derecho a sentirse vivas desde el cuerpo.

Esta libertad empieza con algo tan básico como conocer la propia fisiología. Saber que la vagina es el canal interno y que la vulva es lo que vemos. Reconocer el clítoris como un órgano con más de 8.000 terminaciones nerviosas, diseñado exclusivamente para el placer. Preguntarse por qué tantas mujeres han sido educadas sin conocer siquiera cómo luce su anatomía. La ignorancia en este terreno no es inocente: es una estrategia cultural de desposesión.

En una sociedad que todavía etiqueta a las mujeres deseantes como “guarras” o “putas”, nombrar el coño con claridad es una forma de resistencia. Es volver al origen. Es poner el cuerpo —entero— en el centro del discurso. Porque el empoderamiento real no baja del cielo como un eslogan feminista prefabricado: sube desde dentro, late en la entrepierna, y se extiende como una raíz que lo sostiene todo.

En definitiva, empoderarse es reconocerse, con nombre, con voz, y sí: con coño. Solo así podrá florecer un feminismo encarnado, gozoso y sin miedo. Como en Clamworld, donde las mujeres ya no se preguntan si tienen derecho a desear, sino qué hacer con todo ese deseo libre que por fin les pertenece.

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2 respuestas a “El empoderamiento empieza en el coño”

  1. Avatar de nescriche
    nescriche

    Por supuesto ! buenisimo enfoque. No deberia haber miedo a llamar el Coño por su nombre ni a disfrutar de el sin tabúes ni miedos.

  2. Avatar de Úrsula J Gilgati

    Gracias por tu comentario, Nescriche. Ni de coña vamos a dejar de llamar al coño por su nombre. Con todas las letras: C. O. Ñ. O.

    En Clamworld, de una forma o de otra, todas sus protagonistas disfrutan de su coño: sin concesiones, sin cortapisas, sin límites. Y esa es la libertad que debemos perseguir; el verdadero empoderamiento. Porque nosotras, por nosotras mismas, lo valemos sin necesidad de compararnos con nada.

    El coño constituye por sí solo un universo. Un centro de placer, de intuición, de poder, de vida. Y también de resistencia. El lenguaje que usamos para nombrarlo no es inocente: cuando lo disfrazamos, lo escondemos o lo reemplazamos con eufemismos, estamos también negando parte de nuestra identidad. Por eso hay que decirlo sin miedo, con orgullo, con toda su potencia.

    En una sociedad que durante siglos ha intentado convertir nuestro deseo en algo marginal o subordinado, tomar la palabra coño y devolverle su dignidad es un acto profundamente político. Es abrir la puerta a un feminismo encarnado, visceral, donde el cuerpo no se domestica sino que se celebra.

    Y sí: el coño es una verdad. Una de esas verdades tan incómodas para el patriarcado que se ha intentado borrar del discurso. Pero sigue ahí, latiendo en cada una de nosotras. Si tomamos verdadera conciencia de lo que representa, puede guiarnos. No solo como herramienta de placer o de autoconocimiento, sino como faro para imaginar y construir ese futuro igualitario que merecemos.

    Porque lo que no se nombra, no existe. Y el coño existe. Grita, canta, goza, sangra, se contrae y se expande. Nos conecta con la vida y con nosotras mismas. Y cuando dejamos de temerlo, de negarlo, de avergonzarnos, entonces se convierte en una fuerza imparable.

    Gracias por sumarte a esta revolución del lenguaje y del cuerpo. Gracias por recordarnos que, en efecto, no hay libertad si el coño sigue siendo tabú.

    Porque como decimos en Clamworld, el futuro será nuestro o no será. Y ese futuro empieza por nombrarnos con todas las letras. Incluida la Ñ.

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