
Durante siglos, la historia ha domesticado el cuerpo de las mujeres. Lo ha nombrado desde fuera, lo ha medicalizado, lo ha sexualizado para otros, pero rara vez le ha permitido hablar en su propio idioma. En esta batalla por recuperar la voz, una de las luchas más radicales y necesarias es la más íntima: nombrar nuestros genitales con propiedad y sin vergüenza. Porque no es lo mismo decir “ahí abajo” que decir “coño”. No es lo mismo hablar de “vagina” cuando en realidad se quiere decir “vulva”. Y no es un detalle menor: es la diferencia entre habitar el propio cuerpo o seguir exiliadas dentro de él. (+ Por qué nadie te enseña a masturbarte si eres mujer)
El empoderamiento no se conquista solo con discursos. Se encarna. Y no hay empoderamiento real sin una relación consciente y libre con la genitalidad. ¿Cómo es posible que sigamos nombrando nuestros genitales haciendo referencia, precisamente, a la parte donde el heteropatriarcado pretende introducirnos un pene? «Vagina» es solo el canal, y aun así se ha convertido en la palabra comodín para referirse a toda la vulva, que es —no lo olvidemos— el verdadero centro de nuestro placer. Vulva o coño, señoras, llamémosla por su nombre. Dejémonos ya de decir «vagina», por favor. Porque cuando se habla del pene, la sociedad entera sabe perfectamente a qué se refiere y cómo nombrar, una por una, todas sus partes. Como mínimo, es escandaloso
En Clamworld, mi novela distópica y lésbica, las protagonistas han conseguido lo impensable: vivir en un mundo sin hombres, donde el deseo, el afecto y el lenguaje se reinventan. Allí, el coño no se esconde ni se disculpa. Es símbolo, es placer, es territorio propio. Las mujeres de Clamworld no solo tienen relaciones entre ellas: habitan su sexualidad con conciencia, sin pedir permiso, sin miedo a ser «demasiado». Su deseo no se explica ni se justifica. Simplemente existe, y con él, el derecho a sentirse vivas desde el cuerpo.
Esta libertad empieza con algo tan básico como conocer la propia fisiología. Saber que la vagina es el canal interno y que la vulva es lo que vemos. Reconocer el clítoris como un órgano con más de 8.000 terminaciones nerviosas, diseñado exclusivamente para el placer. Preguntarse por qué tantas mujeres han sido educadas sin conocer siquiera cómo luce su anatomía. La ignorancia en este terreno no es inocente: es una estrategia cultural de desposesión.
En una sociedad que todavía etiqueta a las mujeres deseantes como “guarras” o “putas”, nombrar el coño con claridad es una forma de resistencia. Es volver al origen. Es poner el cuerpo —entero— en el centro del discurso. Porque el empoderamiento real no baja del cielo como un eslogan feminista prefabricado: sube desde dentro, late en la entrepierna, y se extiende como una raíz que lo sostiene todo.
En definitiva, empoderarse es reconocerse, con nombre, con voz, y sí: con coño. Solo así podrá florecer un feminismo encarnado, gozoso y sin miedo. Como en Clamworld, donde las mujeres ya no se preguntan si tienen derecho a desear, sino qué hacer con todo ese deseo libre que por fin les pertenece.
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