
Vivimos tiempos en los que el lenguaje inclusivo, las banderas multicolores y las proclamas a favor de la diversidad son parte del paisaje social. A primera vista, parecería que el mundo ha cambiado para bien. Pero ¿cuánto de ese cambio es real y cuánto es una capa de maquillaje sobre las mismas estructuras de siempre?
La llamada “estética del cambio” consiste en adoptar formas modernas, más amables y políticamente correctas, sin modificar el fondo del pensamiento. Es decir, sustituir “maricón” por “gay”, pero usando el nuevo término con el mismo desprecio de siempre. Cambiar el insulto por una palabra neutra, pero mantener intacto el juicio moral o el rechazo implícito.
Esta estética, tan celebrada en redes sociales y medios de comunicación, se convierte en un disfraz social que permite fingir apertura sin asumir ninguna transformación profunda. Se dice “yo respeto a todo el mundo” como si fuera un comodín para no tener que posicionarse. Pero ese respeto generalizado, tan amplio que ya no dice nada, se convierte en una forma de cerrar el debate. De acallarlo. (+ ¿Por qué molesta tanto el Orgullo?)
Frases como “que cada quien haga lo que quiera” o “a mí no me importa mientras no me afecte” parecen inclusivas, pero suelen esconder una indiferencia que, en el fondo, preserva el privilegio de quienes nunca han tenido que justificar su existencia.
Aceptar de verdad implica cuestionar lo aprendido, revisar los propios gestos, reeducar la mirada. Implica hacer espacio para que lo diverso no solo sea tolerado, sino entendido. No basta con sustituir términos ni colgar una bandera en el balcón: hace falta escuchar, preguntar, dejarse incomodar.
El cambio real incomoda. Sacude. Obliga a reformular ideas profundamente arraigadas. Es más lento, pero también más transformador. Exige voluntad de debate, de error, de escucha activa. Porque sin eso, todo se convierte en marketing.
Aceptar sin comprender, sin habitar lo nuevo, es como colgar un cartel de “bienvenidas” en una casa que no está preparada para recibir a nadie.
Aceptar no es repetir consignas vacías. No basta con decir «que cada cual haga lo que quiera» si en el fondo seguimos juzgando, apartando o ridiculizando. El verdadero cambio empieza cuando nos atrevemos a cuestionar nuestros prejuicios, a sostener conversaciones incómodas, a revisar nuestros silencios. Y sobre todo, cuando abandonamos el disfraz de la corrección superficial para abrazar una transformación real, honesta y comprometida.
Porque, al igual que —según la superstición— cuando se enciende un cigarro con una vela muere un marinero en el mar, cuando apagamos un debate con una falsa aceptación y con hipocresía, una persona LGTBIQ+ es maltratada por su condición. Tal vez no de forma explícita, pero sí a través de las burlas sutiles, de las exclusiones sociales, de los chistes que aún se toleran en voz baja.
La estética del cambio no basta. Necesitamos una ética del cambio. Una voluntad auténtica de integrar lo diverso, de escuchar lo incómodo, de permitir que lo nuevo cale hondo, aunque tambalee los cimientos de lo conocido. Porque sólo así podremos hablar de progreso real, no de cosmética ideológica.
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