
Nos reímos, a veces con cierto aire de superioridad, de las costumbres de otras culturas. Las mujeres jirafa con sus collares que alargan el cuello. Los cuernos en los genitales como prueba de virilidad. Las escarificaciones rituales, los tatuajes tribales, las danzas de iniciación. Y sin embargo, basta con mirarnos al espejo, o pasear por cualquier ciudad occidental, para comprobar que también nosotras tenemos nuestras propias “cosas de la tribu”.
Nuestra tribu no lleva collares de metal que alargan el cuello, pero sí prótesis de silicona para aumentar el pecho o los glúteos. No perforamos los labios para meter discos, pero nos reducimos quirúrgicamente la nariz porque “desentona” con el ideal dominante. No cubrimos el cuerpo con cenizas ni pigmentos, pero usamos cremas, bótox, ácido hialurónico y estiramientos que transforman el rostro hasta volverlo casi irreconocible. No hacemos danzas de iniciación, pero nos dejamos arrastrar por coreografías de redes sociales que cumplen una función similar: reforzar la pertenencia a la tribu contemporánea, la del like y el filtro. (+ La esclavitud de la perfección)
Estas prácticas, lejos de ser individuales o meramente estéticas, están profundamente atravesadas por la construcción del género. En nuestra tribu, las mujeres aprenden pronto que su cuerpo es una carta de presentación, un territorio que debe ser domesticado, corregido, moldeado según los dictados de la mirada masculina (o, mejor dicho, de la mirada patriarcal que habita en todxs, incluso en nosotras mismas). La feminidad —en esta tribu— no es natural: es una coreografía aprendida. De ahí que tantas niñas, adolescentes y mujeres adultas crean que ser “más mujer” pasa por quitarse kilos, arrugas, pelos o pliegues.
Pero no son solo las mujeres: también los hombres tienen sus ritos de paso. Esos músculos de gimnasio, esas mandíbulas cinceladas por la testosterona o la cirugía, esos relojes, coches y actitudes hipermasculinizadas, no son tan distintos —en su lógica tribal— de los adornos fálicos o los bailes guerreros de otras culturas. En el fondo, todo es símbolo. Todo es lenguaje. Todo es rito.
Y es aquí donde vale la pena detenerse: lo que nos parece raro, ajeno, primitivo en otras culturas, no lo es más que nuestras propias prácticas. Cambian los objetos, las formas, los significados, pero no la lógica. La lógica de pertenecer. De no quedar fuera. De adaptarse para ser reconocida, respetada, deseada o temida. Porque, al fin y al cabo, seguimos siendo animales sociales: necesitamos que la tribu nos reconozca como parte de ella.
Entonces, ¿dónde está la línea entre libertad y presión? ¿Hasta qué punto elegimos libremente nuestra manicura, ponernos bótox o costearnos una rinoplastia? ¿Y qué pasa cuando alguien —una persona trans, por ejemplo— utiliza esos mismos recursos para expresar su identidad de género? ¿Por qué entonces nos atrevemos a juzgar o patologizar?
Tal vez haya que empezar a mirar todas estas prácticas con otra lente: no desde la jerarquía cultural, sino desde la comprensión profunda de que todo es relativo en lo relativo a la tribu. Y que nuestras “libres elecciones” casi siempre están condicionadas por una coreografía colectiva que no hemos elegido del todo. Y que seguimos bailando.
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