Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

Fue un lunes de primavera, uno de esos lunes que no prometen nada… y acaban dándotelo todo. Aquella tarde, pisaba por primera vez el Candy Darling. Me habían hablado del ambiente, de la música, de las “tardes de chicas” bajo el lema “Me siento extraña”, pero nada me había preparado para lo que encontré. Ni para quien encontré.

Didi Maquiaveli. Camisa perfectamente abierta, media melena pelirroja, movimientos seguros detrás de la barra. Me sirvió un Puerto de Indias de fresa con 7up y, sin decirlo, me regaló una escena que se quedaría conmigo para siempre.
—Esto te va a gustar —me dijo. Y no hablaba solo del trago. (+ La cama no miente I)

Mientras la música sonaba, mi amiga hablaba y el bar se llenaba de ese tropel tan maravilloso de personas no binarias, alternativas, auténticas… sentí que todo mi proceso creativo cobraba sentido. Yo ya estaba escribiendo Candice, mi novela, pero no sabía aún que me faltaba algo: una camarera icónica, alguien que encarnara la libertad, la belleza despreocupada y la ternura insolente de ese lugar.
Y entonces lo vi claro: Didi sería mi musa.

Así nació Gigi, la camarera del Candice, el bar ficticio donde se reúnen los personajes de mi novela. Gigi no es una copia de Didi, pero Didi fue el fuego. La chispa. El gesto detrás del personaje. Gigi sirve copas, sí, pero también lecciones de deseo, de ironía, de afecto. Gigi escucha, observa y, de alguna manera, salva.

Y el Candy Darling también está ahí, aunque con otro nombre. Porque ¿cómo no escribir sobre un lugar donde se respira libertad corporal, identidad fluida, amor en todos los formatos? ¿Cómo no hacer literatura de esa pista de baile donde cada cuerpo es una bandera y cada copa un brindis contra el juicio? (+ La mirilla del Daniel’s)

Esa tarde comprendí que escribir no siempre nace del dolor: a veces nace del deseo. Del asombro. Del cruce de miradas con alguien como Didi Maquiaveli, que sin saberlo le dio cuerpo a un personaje que ya me estaba esperando.

Hoy, Candice ya está publicada, y cada vez que alguien me pregunta por Gigi, sonrío. Porque sé de dónde viene. Sé a quién le debo ese gesto. Ese sabor. Ese latido.

Así que, si un día entras al Candy Darling (que deberías…) y ves a Didi tras la barra, sobria o con modelito farandulero, bríndale un gesto, una sonrisa.
Porque sin ella, Candice no sería la misma novela. Y Gigi… no existiría.

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