
Si Safo viviera hoy, probablemente tendría un rincón favorito en el Raval, un gato negro llamado Eros, y una cuenta de Instagram donde compartiría poemas viscerales con fondo de filtro cálido. En lugar de Lesbos, viviría en un tercer piso sin ascensor en Gràcia, con plantas en la ventana, libros subrayados por todas partes, y un cenicero lleno de colillas encendidas al ritmo de sus pensamientos.
Barcelona le sentaría bien. La ciudad tiene algo de antigua diosa mediterránea y de amante andrógina de after. Safo, en esta urbe, sería poeta, performer, lesbiana visible, y activista cultural. La verías leyendo sus versos en las plazas, en el Centre LGTBI, o en algún antro alternativo del Poble-sec. Quizá incluso escribiría para una revista feminista, o impartiría talleres de poesía sáfica en el MACBA. (+ Candy Darling local emblemático LGTBIQ+)
Sus musas no serían ya las jóvenes vírgenes de la Grecia arcaica, sino las chicas con piercing en la ceja que se desnudan bailando en el Apolo. Amaría mujeres con pelos teñidos de índigo, cicatrices en la piel y fuego en los ojos. Mujeres autónomas, salvajes, dulces, irreverentes. De esas que no caben en ningún molde, pero sí en un poema.
Y cuando las rimas no le bastaran, Safo escribiría ficción. Tal vez incluso distopía. Clamworld, esa novela de mujeres que han creado un mundo sin hombres, podría haber salido perfectamente de su puño y letra. Porque si alguien podría imaginar una sociedad basada en el deseo lésbico, en la autonomía corporal, en los vínculos elegidos y en la libertad radical de nombrarse sin miedo, sería ella.
Safo entendería que el deseo entre mujeres sigue siendo un acto político. Que amar a otra en público aún incomoda. Que decir “soy lesbiana” no siempre es fácil. Por eso escribiría desde el cuerpo, desde el coño, desde la herida y desde el goce. Con versos cargados de metáforas que sangran, de imágenes que se abren como piernas dispuestas a parir otra realidad.
No le faltaría rabia, ni ternura, ni ironía. Criticaría el pinkwashing, el machismo queer, la gentrificación, la moralina embotellada. Haría versos sobre las viejas que aman, sobre las no binarias invisibilizadas, sobre las que se hartaron de esperar a que el mundo cambiara y decidieron cambiarlo a mordiscos.
No, la Safo de hoy no se tiraría por ningún acantilado. Escribiría desde el borde, sí, pero con una copa de vino, una sonrisa en la boca y una red de mujeres sosteniéndola. Y sabría que hay muchas como ella. Porque ahora, por fin, no está sola.
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