Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

Vivimos en una sociedad que ha elevado la ciencia al rango de verdad absoluta. Se la presenta como la única vía legítima para entender el mundo, como si lo real fuera solo aquello que puede ser medido, cuantificado o reproducido en un laboratorio. Y, sin embargo, esa visión es, a mi modo de ver, profundamente reduccionista. No por la ciencia en sí —que admiro y respeto—, sino por cómo una cultura infantilizada y consumista ha decidido usarla.

La ciencia es irrefutable dentro de los márgenes que ella misma define. Si decides estudiar dos moléculas, pero, por intereses comerciales, solo investigas una, entonces todo lo que descubras sobre esa molécula será científicamente válido… pero no será la única verdad. Habrás desechado otra posibilidad que quizás podría haber cambiado por completo tus conclusiones. El método científico es poderoso, pero siempre está condicionado por qué preguntas se hacen, qué se financia, qué se publica y qué se descarta.

Este sesgo no es ajeno al cambio climático. Creo firmemente que el cambio climático tiene una explicación científica sólida, bien documentada y con datos irrefutables. Pero también creo que se ha construido una narrativa única, dominante, sostenida por enormes campañas mediáticas, empresariales y políticas que, aunque a menudo bienintencionadas, han transformado un fenómeno complejo en una historia de buenos y malos, de causas únicas y soluciones simplistas. (+ sobre la evidencia científica irrefutable del cambio climático)

Y ahí es donde se vuelve necesario hacer una pausa.

¿Qué pasaría si, en lugar de ver el cambio climático solo como una “crisis creada por el hombre”, lo viéramos también como parte de un proceso evolutivo más amplio? La Tierra ha atravesado transformaciones radicales desde siempre. Ha habido extinciones masivas, edades de hielo, explosiones biológicas. ¿Y si lo que vivimos hoy es, también, un momento de transición natural, en el que nuestra especie juega un papel importante, pero no exclusivo?

Aceptar esto no significa negar nuestra responsabilidad, ni justificar la destrucción. Significa ampliar la mirada. Reconocer que no todo cabe en una gráfica de CO₂. Que existen saberes antiguos, intuiciones ecológicas, cosmovisiones no occidentales que también tienen algo valioso que aportar. Y que reducir toda explicación válida a la ciencia positivista es otra forma —moderna y elegante— de censura.

En el fondo, el problema no es la ciencia, sino la cultura inmadura que la ha convertido en dogma. Una sociedad que ha perdido la capacidad de convivir con el misterio, con la duda, con la posibilidad de que haya múltiples verdades coexistiendo. Una cultura que quiere consumir respuestas rápidas, cuando lo que necesitamos es sostener preguntas profundas.

No necesitamos menos ciencia. Necesitamos más madurez para usarla con humildad, sin convertirla en religión. (+ La trampa de la lógica)

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