Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

Nos han repetido durante siglos que la heterosexualidad es la norma natural, que el deseo entre un hombre y una mujer responde a una ley biológica inmutable. Sin embargo, investigaciones en antropología, biología y sociología muestran que lo natural no es la heterosexualidad obligatoria, sino la diversidad del deseo humano. En realidad, lo que llamamos “heterosexualidad” es un constructo cultural que se ha consolidado a lo largo de los siglos como parte del engranaje patriarcal. (+ El poder del lenguaje inclusivo para el colectivo LGTBIQ+)

Judith Butler ya explicó que el género no es destino biológico, sino performance social, y Monique Wittig llegó a afirmar que “las lesbianas no son mujeres”, porque la categoría de “mujer” solo existe dentro de la heterosexualidad. De esta forma, lo que parecía incuestionable se revela como un invento con un propósito: garantizar la continuidad de un sistema.

La antropología confirma que hubo —y aún hay— culturas donde la diversidad de género y orientación no estaba perseguida ni reducida al binomio hombre-mujer. Fue el colonialismo y la moral burguesa los que impusieron el modelo heterosexual obligatorio. En biología, tampoco hay excusas: más de 1.500 especies animales practican conductas homosexuales, lo que deja claro que no se trata de una anomalía. (+ sobre homosexualidad en animales)

La paradoja es que, todavía hoy, cuando alguien dice ser lesbiana, se le exige justificarlo, mientras que la heterosexualidad nunca necesita explicaciones. Tiene el privilegio de pasar desapercibida, como si fuera el aire: invisible, pero asfixiante cuando se convierte en norma única.

En mi novela Candice exploré qué sucede cuando imaginamos un mundo diferente: un universo donde la fluidez de género y de deseo se da por sentada, y la heterosexualidad aparece simplemente como una posibilidad más, sin privilegios ni jerarquías. Muchas lectoras me han comentado que esa naturalidad les resultó tan convincente que, al leer, parecía lo lógico y cotidiano. Tal vez lo sea. (+ Algunos hombres buenos)

Aceptar que la heterosexualidad es un invento cultural es liberador. Nos permite entender que no estamos atados a un destino biológico ni a un mandato invisible. Nuestros afectos y placeres no tienen por qué obedecer a un guion preestablecido. Amar, al fin y al cabo, debería ser un acto de libertad, no de obediencia.

Por eso, lo verdaderamente artificial no son las lesbianas, sino la heterosexualidad obligatoria. El invento no somos nosotras: es el sistema que intentó convencernos de lo contrario.

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