
A lo largo de la historia, el placer de la mujer ha sido uno de los grandes tabúes sociales. No porque no existiera, sino porque fue sistemáticamente silenciado, reprimido o ridiculizado por estructuras de poder que se beneficiaban de su invisibilidad. La sexualidad femenina, especialmente cuando no estaba ligada a la reproducción o al placer masculino, fue vista con sospecha, e incluso castigada. El deseo de la mujer fue considerado peligroso: algo que debía regularse, ocultarse o, directamente, negarse .(+ Siglos de control sobre las mujeres que amaban a las mujeres)
Desde los textos antiguos hasta la medicina del siglo XIX, el cuerpo femenino fue interpretado casi siempre desde una mirada masculina. Durante siglos, el placer sexual de la mujer fue asociado con la locura, el pecado o la histeria. La masturbación femenina se consideraba una enfermedad, y no fue hasta el siglo XX cuando se comenzó a estudiar el clítoris como un órgano autónomo del placer, completamente funcional y sin otro fin que proporcionar gozo.
Michel Foucault, en su estudio sobre la sexualidad, señala cómo el poder no se limita a prohibir, sino que también actúa a través del discurso, determinando qué puede decirse, pensarse y sentir. Así, el placer de la mujer fue negado no solo en la práctica, sino también en el lenguaje y en la cultura: se hablaba poco o nada del deseo femenino, y cuando se hacía, era desde una perspectiva distorsionada. A las mujeres se les enseñaba a ser objeto de deseo, no a desear.
El patriarcado entendió pronto que una mujer que conoce y defiende su placer es una mujer difícil de dominar. El control del placer es una forma de control del cuerpo, y por tanto, de la autonomía. El placer femenino cuestiona jerarquías, rompe silencios y crea redes de complicidad. Por eso se le temió.
Solo en las últimas décadas, gracias a los feminismos y a las luchas por la educación sexual integral, el deseo de la mujer ha empezado a ocupar un lugar visible. Pero los restos del pasado siguen pesando: aún hay tabúes, desinformación, pornografía centrada en el placer masculino y discursos que asocian el gozo femenino con culpa o peligro.
Reivindicar el placer de las mujeres no es un capricho, es un acto político. Porque donde hay goce, hay poder. Y donde hay poder, hay libertad.
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