Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

Ser lesbiana, en pleno siglo XXI, aún tiene un precio. Un precio que no siempre se mide en monedas, sino en miradas, en silencios, en oportunidades perdidas y en la energía invertida en justificar lo que, paradójicamente, debería ser incuestionable: amar.

El primer coste es emocional. La mayoría de las mujeres lesbianas pasan por un proceso de autodescubrimiento que, a diferencia de la heterosexualidad, implica cuestionarse, enfrentarse al miedo al rechazo y, en muchos casos, vivir un armario antes de poder vivir una relación. Este tránsito deja huellas: ansiedad, inseguridades y, a menudo, la sensación de estar “fuera de lugar”. Según un estudio publicado en The Lancet Psychiatry (2022), las personas LGTBI presentan el doble de riesgo de sufrir trastornos de ansiedad y depresión debido a la discriminación y la falta de aceptación social. (+ Lesbianas: una historia de control social)

El segundo coste es social. Aunque las leyes han avanzado, la mentalidad colectiva no siempre las acompaña. Besarse en la calle puede seguir siendo un acto político. Presentar a tu pareja en el trabajo con naturalidad puede ser arriesgado en determinados entornos. Incluso en sociedades aparentemente abiertas, las microagresiones son constantes: el “¿quién es el hombre en la relación?”, el “seguro que es una fase” o el “¿y no lo habrás intentado con chicos?”. Cada una de estas frases desgasta, recordando que tu vida íntima es vista como algo anómalo.

El tercer coste es familiar. No siempre hay rechazo abierto, pero sí expectativas frustradas: el “nieto que, tal vez, nunca llegará”, la incomodidad en reuniones donde tu relación no recibe el mismo trato que las heterosexuales. Esta tensión obliga a muchas lesbianas a ejercer un rol de educadoras dentro de sus propios hogares, explicando, justificando, corrigiendo prejuicios.

El cuarto coste es profesional. En determinados ámbitos, ser abiertamente lesbiana puede significar un techo de cristal invisible. La investigación Out@Work (2023) señala que un 41 % de mujeres lesbianas en Europa han ocultado su orientación sexual al menos una vez para evitar discriminación laboral. Esto implica autocensura, falta de autenticidad y, a veces, renunciar a oportunidades donde ser “la lesbiana del equipo” podría resultar incómodo.

¿Vale la pena pagar este precio? La respuesta es compleja. Sí, porque vivir en coherencia con quien eres no tiene sustituto. Porque cada beso visible, cada familia lesboparental, cada historia que se cuenta —como las que aparecen en novelas donde la fluidez de género y la diversidad son tan naturales como en Candice—, allana el camino para quienes vienen detrás. Pero duele que esa libertad aún no sea gratuita.

Ser lesbiana hoy implica valentía. No solo para amar, sino para resistir el desgaste de un mundo que, aunque ha cambiado, sigue recordando que amar a otra mujer no es, todavía, igual de sencillo. Y ese es el precio: pagar por derechos que deberían ser inherentes.

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