
La lógica, en teoría, es la herramienta suprema del pensamiento. Desde Aristóteles hasta los algoritmos modernos, ha sido celebrada como el camino para alcanzar verdades universales. Sin embargo, la lógica no es una entidad pura que flote sobre nuestras cabezas: se construye sobre premisas, y esas premisas las elige alguien. Aquí surge el peligro. (+ ¿Por qué nos resistimos al cambio? Una mirada desde la ciencia)
Cualquier razonamiento lógico parte de un conjunto inicial de afirmaciones que damos por ciertas. Si estas premisas están sesgadas o manipuladas, la lógica se convierte en un tren perfectamente engrasado que avanza… en la dirección equivocada. En palabras del psicólogo Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía, nuestra mente es tan eficiente en el procesamiento de información que puede convencerse con facilidad de ideas falsas si el marco de razonamiento inicial está distorsionado.
Ejemplos hay muchos. En política, basta con aceptar como punto de partida que “la seguridad solo se garantiza con control total” para que todo un sistema autoritario pueda justificarse lógicamente. En economía, si asumimos que “el crecimiento infinito es siempre bueno”, la explotación ilimitada de recursos se vuelve un corolario “racional”. La trampa de la lógica no está en la deducción en sí, sino en el invisible momento en que aceptamos, sin cuestionar, las premisas que nos imponen.
Las ideologías más exitosas no suelen atacar la lógica; al contrario, la utilizan. Lo que hacen es preparar cuidadosamente el terreno, eligiendo los axiomas desde los que se desarrollará toda la argumentación. Es el equivalente a amañar un partido antes de que empiece: el resultado está decidido, aunque parezca que se juega limpio.
Aquí entra en escena una figura curiosa: el “loco”. No el loco clínico como estereotipo peyorativo, sino aquel que rompe los esquemas al no aceptar las reglas del juego mental que la sociedad da por sentadas. Pregúntale sobre la moral, la religión o el sentido de la vida, y quizá responda: “pera”. Desde el punto de vista lógico, su respuesta es absurda; desde el punto de vista estratégico, es una fuga de la jaula.
Estudios en neurociencia cognitiva, como los realizados por la Universidad de Cambridge sobre pensamiento divergente, muestran que las personas capaces de romper asociaciones habituales pueden encontrar soluciones más creativas e inesperadas. Aunque la locura real pueda implicar sufrimiento, su capacidad para escapar de marcos impuestos revela algo incómodo: que la libertad de pensamiento implica, a veces, desconectarse de la lógica aceptada.
Esto no significa que debamos despreciar la lógica; sería como renunciar al fuego porque puede quemar. Pero sí implica desarrollar una vigilancia constante sobre las premisas que aceptamos. La verdadera resistencia intelectual no está solo en deducir bien, sino en elegir cuidadosamente los puntos de partida y atreverse a desmontarlos cuando es necesario.
En un mundo donde la lógica puede ser usada como herramienta de manipulación, el loco que responde “pera” no está tan fuera de juego como creemos. Quizá, sin proponérselo, ha encontrado la salida secreta de la trampa que todos los demás pisamos con paso firme.
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