Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

La belleza es, en nuestra sociedad, un privilegio indiscutible. Abre puertas, atrae miradas, genera deseo, poder y oportunidades. Pero lo que rara vez se dice es que también puede convertirse en una trampa. Un don amargo. Una maldición disfrazada de privilegio.

En Candice, Vanessa encarna como nadie esa obsesión por mantenerse joven, deseable, eternamente bella. Lo que en un principio parece un gesto de autocuidado, termina revelando una lucha desesperada contra el paso del tiempo, la pérdida de relevancia, la invisibilidad. Cada crema, cada bisturí, cada cita con la luz pulsada es un intento por frenar lo inevitable: el olvido de los cuerpos que ya no encajan en el canon. (+ Cremas: cosmética de lujo, ciencia barata)

Y es que el modelo estético que rige nuestra cultura no es neutro. Tiene edad, género, raza, talla, forma, color. No es un ideal alcanzable, sino una maquinaria que premia a quienes se acercan a él y castiga con dureza a quienes se alejan. Las mujeres, sobre todo, cargan con el peso de esa exigencia. Porque si la belleza es poder, también es un campo de batalla. Y quienes no luchan en él, quedan excluidas.

Detrás de cada Vanessa hay una historia no contada de inseguridad, miedo y agotamiento. Un espejo que no perdona. Una sociedad que vincula valor con apariencia. Y una industria que se alimenta del miedo a envejecer, a engordar, a perder el atractivo. Es un juego amañado donde incluso quienes ganan terminan perdiendo.

¿Quién está detrás de este modelo estético? Una red de intereses que va desde la publicidad hasta los algoritmos de Instagram, pasando por la industria cosmética, lxs influencers y los discursos coloniales que siguen marcando qué cuerpos son deseables y cuáles no. El patriarcado, por supuesto, juega un papel central: nos enseñó que la valía de una mujer está íntimamente ligada a su apariencia, y que la juventud es la única moneda válida en el mercado del deseo.

Lo más perverso es que incluso las mujeres más bellas —las que «ganan la lotería genética»— viven atrapadas en la tiranía del espejo. Como Vanessa, deben sostener su belleza con uñas y dientes, sabiendo que el reloj siempre avanza y que, tarde o temprano, serán reemplazadas por versiones más jóvenes, más frescas, más apetecibles.

En ese sentido, la belleza no es un don, sino una cárcel dorada. Una que brilla por fuera pero asfixia por dentro.

Quizás la salida no sea dejar de admirar la belleza, sino liberarla de la dictadura del canon. Permitir que envejezca, que se ensanche, que se arrugue, que se vuelva real. Que se parezca más a la vida y menos a una pantalla retocada.

Porque solo cuando la belleza deje de ser un deber, podrá volver a ser un placer.

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