
Jorge Javier Vázquez se ha hecho un lifting. Un lifting fuerte, tirante, de esos que no dejan lugar a dudas: ha decidido estirarse bien la cara, como hizo en su día Carmen Franco, para que dure. Y, sinceramente, está en su absoluto derecho. Sin embargo, lo que debería ser una decisión personal —incluso banal, si lo pensamos bien— se ha convertido en un espectáculo paralelo de insultos, burlas y comentarios homófobos y edadistas que dicen mucho más de la sociedad que de él.
En España seguimos teniendo un problema serio con el edadismo. A los hombres se les permite envejecer con poder, pero solo si lo hacen según las reglas: canas bien llevadas, arrugas “con carácter” y una masculinidad tranquila y respetable. Si, en cambio, deciden intervenir sobre su cuerpo —algo que las mujeres han hecho durante décadas sin opción de escapar a la crítica— son inmediatamente objeto de burla. Es como si solo tuvieran dos caminos legítimos: envejecer “naturalmente” o desaparecer discretamente.
A Jorge Javier se le castiga, además, por ser visible y gay. Los ataques que ha recibido estos días combinan con una facilidad escalofriante la homofobia más rancia con el desprecio a los cuerpos que envejecen. Basta echar un vistazo a las redes sociales para comprobarlo: se han multiplicado expresiones despectivas —“maruja estirada”, “señora de”, “viejo maricón con botox”— que revelan prejuicios profundamente arraigados. (+ El origen de la LGTBIQ+fobia es cultural)
La operación de Jorge no debería importar más que si se ha hecho unas gafas nuevas. Pero en una sociedad que finge amar la autenticidad mientras penaliza cada arruga, cada kilo y cada gesto fuera de norma, su lifting se convierte en una especie de acto político involuntario. Ha decidido no esconderse ni desaparecer, sino seguir presente en pantalla con una cara nueva —sí—, pero la misma actitud desafiante de siempre.
Y eso molesta. Molesta que un hombre gay, con canas y poder, no pida disculpas por querer verse bien, por cuidarse o simplemente por hacerse lo que le dé la gana. Molesta que no se esconda ni se conforme con el papel de “mayor simpático” que el sistema le reservaría.
Lo más curioso es que si fuera una mujer famosa la que se hubiera hecho el mismo lifting, la conversación no sería muy distinta. Cambiarían los adjetivos, pero el trasfondo sería el mismo: la obsesión colectiva por vigilar y juzgar los cuerpos ajenos.
En lugar de eso, podríamos hacer algo revolucionario: callarnos y respetar. O, aún mejor, aplaudir a quien toma decisiones sobre su cuerpo sin pedir permiso. Jorge Javier Vázquez ha optado por la cirugía estética. Ni es un crimen, ni una traición, ni una desgracia nacional. Es su cara, su dinero y su vida.
La verdadera cara fea no es la suya recién estirada. Es la de una sociedad que sigue usando la edad y la orientación sexual como armas arrojadizas.
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