
En los últimos años hemos escuchado —con razón— hablar mucho de masculinidad tóxica: esos comportamientos aprendidos que dañan a las mujeres, a los hombres y a toda la sociedad. Pero, curiosamente, se habla muy poco de su contracara: la feminidad tóxica. Un conjunto de actitudes profundamente arraigadas que no provienen de ningún patriarca omnipresente, sino que son reproducidas, sostenidas y legitimadas muchas veces… por las propias mujeres. (+ Cuando el machismo habla con voz de madre)
La feminidad tóxica se manifiesta cuando nos convertimos en policías unas de otras. Cuando juzgamos a otra mujer por cómo viste, por su cuerpo, por su edad, por cómo cría, por si tiene hijos o no los tiene, por si folla mucho o poco, por si es “demasiado intensa” o “demasiado fría”. Todo ese escrutinio feroz que ejercemos entre nosotras no es inocente: es el mismo sistema que nos oprime funcionando a través de nuestras propias bocas.
Otro ejemplo evidente es la transmisión intergeneracional de la culpa. Las madres que enseñan a sus hijas a “no provocar”, a “sentarse bien”, a “no ser una fresca”. Las tías que te advierten de no “quedarte para vestir santos” y de “no ir enseñando tanto”. No son villanas: repiten un guion que heredaron. Pero al hacerlo, perpetúan los mismos mecanismos que les limitaron a ellas.
También está la feminidad tóxica que se disfraza de “romanticismo”. Esa que glorifica el sacrificio femenino en nombre del amor: aguantar, cuidar sin límite, perdonar lo imperdonable, “porque así son los hombres”. Se nos enseña que nuestra valía está en cuánto aguantamos, en cuán indispensables nos volvemos, en la capacidad de disolvernos para que el otro brille.
En el terreno laboral, la feminidad tóxica aparece en forma de rivalidad sutil. No siempre son puñaladas abiertas: a veces es esa sonrisa falsa, ese sabotaje pasivo, esa crítica que parece un consejo pero está diseñada para restar. La cultura del “solo puede haber una” en la cúspide es otra trampa más. Competimos en lugar de aliarnos, reforzando así el techo de cristal que decimos querer romper.
Y, por último, está la autoexigencia llevada al extremo: el mandato de ser guapa, delgada, joven, sensual, buena madre, excelente profesional, pareja comprensiva y feminista impecable, todo a la vez. Cuando no alcanzamos el ideal imposible —porque no se puede— nos convertimos en nuestras propias carceleras. Nadie nos vigila tanto como nosotras mismas.
Hablar de feminidad tóxica no es culparnos colectivamente ni negar las estructuras de poder que existen. Es reconocer que también tenemos agencia, y que parte de esa agencia implica revisar los comportamientos que reproducimos sin cuestionarlos. No basta con señalar la masculinidad tóxica hacia fuera: también hay que mirar hacia dentro y desactivar las trampas que perpetuamos entre nosotras.
Solo cuando desmontemos ambas caras —masculina y femenina— de la misma moneda tóxica podremos aspirar a relaciones, comunidades y sociedades más libres. Porque si bien no creamos el sistema, muchas veces somos sus mejores guardianas.
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