Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

Seguro que lo has oído alguna vez, con tono solemne y una ceja arqueada de sabiduría popular:
—Sí, bueno, entró por enchufe… pero luego hay que valer.

Ah, la frase mágica. El bálsamo con el que este país cura su mala conciencia. Porque, seamos honestos: lo difícil no es “valer”, es que te abran la puerta. Y, una vez abierta, suele ser mucho más sencillo demostrar talento.

En España, donde la meritocracia se pronuncia más que se practica, los contactos son el mejor currículum. En sectores como la televisión, la política, la cultura o los medios, las puertas no se empujan: se abren desde dentro. Los apellidos son llaves maestras. Y si además se hereda un poco de carisma, el resto viene rodado.

Ahí están las sagas televisivas, los linajes de presentadores y periodistas: los Prats, los Ónega, las Campos… Los hijos de, nietos de y sobrinos de proliferan con la naturalidad con la que otras hacemos malabares para llegar a fin de mes. Según un estudio de la OCDE (2022), más del 35 % de los altos cargos en los sectores mediáticos y culturales provienen de familias con conexiones previas. En política, la cifra sube al 41 %, y en grandes corporaciones alcanza el 52 %. (+ Políticos, S.A.)

Pero no, tranquilos, luego hay que valer. La frase se repite como un mantra para justificar lo injustificable. Como si empezar la carrera cincuenta metros más adelante no contara. Como si el apellido no pesara más que un máster.

El nepotismo se disfraza de “confianza”, de “dinastía” o de “casualidad”. Y la ironía es que, una vez dentro, quien ha entrado por recomendación suele recibir más indulgencia que quien llega por méritos propios. Si el “enchufado” falla, se le da otra oportunidad; si el “anónimo” tropieza, se le borra del mapa.

En el mundo de la empresa privada sucede lo mismo: cargos heredados, fichajes “de confianza”, promociones internas que parecen sacadas de un árbol genealógico más que de un proceso de selección. El talento importa, sí, pero el apellido selecciona.

Y por si alguien duda de que esto sea así, Candice nos lo recuerda con elegancia. En una de sus escenas más deliciosamente mordaces, Vanessa recibe la llamada de un constructor que le pide un favor: colocar a su hija “mocatriz” —modelo, cantante y actriz— en alguna campaña publicitaria.
Ella, sabiendo perfectamente de qué pie cojea la familia, responde con cortesía diplomática:
—“Lo tendré en cuenta, querido, pero ya sabes que en esto del modeleo quien manda es el cliente…”

La escena resume con precisión quirúrgica lo que muchos llaman “capital social” y otras preferimos llamar por su nombre: enchufe. Porque, como Vanessa, no todas las puertas están dispuestas a abrirse, pero casi siempre hay alguien que lo intenta.

Mientras tanto, miles de personas igual de válidas —o más— siguen esperando fuera, enviando currículums a direcciones genéricas y soñando con procesos justos que rara vez existen. Y aun así, seguimos escuchando el eco:
—Sí, bueno, entró por enchufe… pero luego hay que valer.

Claro. Pero si tan solo nos dejaran entrar, ya veríamos cuántos valen de verdad.

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