Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

A finales de 1975, cuando el país aún olía a miedo y a Varon Dandy, se abrió en la plaza de Cardona, en el corazón de Sant Gervasi en Barcelona, un local que cambiaría para siempre la vida de muchas mujeres: el Daniel’s. No era un bar cualquiera. Era un refugio. Un lugar donde sentirse segura, en el que, por primera vez, podías mirarla —a ella— sin disimulo. Donde se podía bailar sin miedo a ser vista por quien no debía. Aunque, paradójicamente, solo unas pocas podían cruzar esa puerta.

Esa puerta con ventanita se convirtió en leyenda. Quienes la recuerdan aún pueden describir el sonido del timbre, la mirada inquisitiva desde dentro, el gesto rápido de abrir o no abrir. El Daniel’s funcionaba bajo la figura de asociación privada, una argucia legal que permitía a su fundadora, María del Carmen Tobar —“Daniela” para todas—, controlar quién entraba y quién no. Si no te conocían o no venías acompañada por alguien de confianza, lo más probable es que la ventanita se cerrara con un suave clic. No por desdén, sino por miedo. (+ El ocio también es patriarcal)

Dentro, el tiempo parecía funcionar de otra manera. Las luces eran bajas, las mesas pequeñas y el aire denso de conversación, tabaco y deseo. La DJ —una mujer altísima, magnética, con aire de estrella indie antes de que existiera el concepto— era el epicentro de todas las miradas. Pinchaba a Mari Trini, Donna Summer, Alaska y Mecano cuando el ánimo se desmadraba. Algunas noches llevaba un sombrero de cowboy, y cuando alguna la veía luego por la calle, con ese mismo aire entre rockero y melancólico, se alimentaban fantasías que podían durar meses.

Mi amiga —una de esas mujeres que amaban mirar más que ser vistas— me contaba cómo, al cruzársela por la calle, el pulso se le aceleraba. Imaginaba su piso, las discusiones con la novia, los discos apilados junto al tocadiscos. Era 1986, y aunque la ciudad empezaba a volverse moderna, aún había rincones donde los deseos femeninos eran subterráneos, casi clandestinos. Daniel’s era uno de ellos.

La historia oral del local está hecha de gestos: una luz roja que se encendía cuando la policía iba a entrar, la orden silenciosa de sentarse, fingir que se jugaba a cartas, disolver las parejas. Un teatro improvisado para sobrevivir. En los setenta y ochenta, ser lesbiana podía costarte el trabajo, la familia o la libertad. Pero entre esas paredes se respiraba algo más fuerte que el miedo: la certeza de estar compartiendo un secreto hermoso y peligroso.

En los años noventa, el Daniel’s amplió espacio, añadió una pequeña pista de baile y hasta patrocinó un equipo deportivo femenino. Era el sitio donde todo el mundo del ambiente terminaba cayendo tarde o temprano, incluso si fingía no saber de su existencia. Pero la modernidad, como siempre, también tuvo su precio. Las nuevas normativas municipales, las exigencias de seguridad y la gentrificación hicieron inviable mantener el local. Cerró discretamente, como había vivido: sin hacer ruido, dejando tras de sí una estela de historias.

Hoy, si pasas por la plaza de Cardona, el número 7-8 no dice nada. Ningún cartel lo recuerda, pero quienes estuvieron allí todavía sienten que aquel lugar les cambió la vida. Porque Daniel’s no era solo un bar. Era un umbral. Una puerta con ventanita que se abría a otra posibilidad de ser mujer, de desear, de existir fuera del relato dominante.

Y quizá por eso sigue latiendo, de alguna manera, en cada espacio que reclama libertad para amar sin permiso. El Daniel’s fue nuestra pequeña revolución doméstica: una trinchera envuelta en terciopelo rojo y música lenta. Un lugar donde, por unas horas, el mundo se volvía justo, posible y profundamente nuestro.

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