
Nunca he entendido el edadismo. Quiero decir, hay muchas cosas que el ser humano hace sin pensar, pero pocas tan suicidas como despreciar a los mayores. Es como reírse de tu yo futuro, solo que con menos inteligencia y más soberbia. Y lo peor es que lo hacemos todos: el joven que interrumpe al abuelo porque “no se entera”, la mujer de cuarenta que se queja de “parecer mayor”, el empresario que no contrata a nadie de más de cincuenta. Es un suicidio demográfico en cámara lenta.
Vivimos en una sociedad que venera la juventud con una devoción casi religiosa. Las cremas antiarrugas son más caras que los sueldos base y los filtros de Instagram funcionan mejor que cualquier terapia. Pero detrás del marketing y las frases inspiracionales, se esconde una verdad incómoda: tememos envejecer porque odiamos a los viejos. Y como no podemos evitar convertirnos en uno de ellos (a no ser que en nuestro DNI ponga Benjamin Button), preferimos fingir que el envejecimiento es una enfermedad que se puede curar con colágeno, bótox y autoengaño. (+ La nueva cara de Jorge Javier Vázquez)
El edadismo no solo es una estupidez moral: es un problema real y cuantificable. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), una de cada dos personas en el mundo tiene actitudes edadistas. La ONU estima que más del 60 % de los trabajadores mayores de 45 años ha sufrido alguna forma de discriminación laboral relacionada con la edad. Y, sin embargo, vivimos más años que nunca. La ironía es sublime: rechazamos justo a la franja de población que más está creciendo.
La crueldad del edadismo no se limita al mercado laboral. Está en la condescendencia con que se trata a los mayores, como si fueran niños grandes. Esa costumbre de hablarles despacio, de decidir por ellos, de explicarles el menú como si fuera un jeroglífico. No hay nada más humillante que la infantilización de quien ya lo ha vivido todo. Se les roba la autonomía, la voz y, al final, la dignidad.
En España, los abusos hacia mayores —físicos, psicológicos o económicos— afectan al 15 % de ellos, según datos del IMSERSO. Y eso sin contar el maltrato invisible: el del aislamiento, el de no recibir una llamada, el de sentirse un estorbo. El abandono emocional, que no deja moratones pero duele igual o más.
A veces pienso que el edadismo es solo una forma sofisticada de miedo. Miedo a mirarse en el espejo y ver lo que todos seremos. Nos aterra la decadencia, la lentitud, la arruga, el temblor, porque vivimos en una cultura que asocia el valor a la productividad. Y cuando dejas de “servir”, te conviertes en una molestia. Pero lo curioso es que sin esos “molestos” no habría carreteras, hospitales, ni derechos laborales.
Me pregunto si Benjamin Button, envejeciendo al revés, se habría librado de esta estupidez. Probablemente no. En algún punto de su ciclo vital, habría sido demasiado joven para que lo tomaran en serio o demasiado viejo para que lo contrataran. El problema no está en la edad, sino en la forma en que la sociedad mide el valor de las personas.
El edadismo, además de cruel, es torpe. Porque todos, absolutamente todos, caminamos hacia ese mismo destino. Nadie se libra. Burlarse de los mayores es como escupir hacia arriba: el tiempo, con su puntualidad británica, se encargará de devolvértelo.
Quizá la única forma de combatir esta idiotez sea recordar que cada arruga cuenta una historia y cada cana es una medalla. Porque al final, si tenemos suerte, también llegaremos ahí. Y entonces entenderemos —tarde, como siempre— que reírse del viejo era, en realidad, reírse de uno mismo.
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