Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

La pregunta incomoda, pero vamos a lo obvio: aunque comas cada día en un tres estrellas Michelin, con los años acabarás deseando un bocadillo de calamares. No porque el chef haya perdido el toque, sino porque tu cerebro está diseñado para buscar lo nuevo. La monogamia no es un mandato biológico; es un acuerdo social, práctico y, a veces, asfixiante. (+ Infidelidad: ¿El asesino mata siempre de la misma forma?)

Según la antropóloga Helen Fisher, solo el 3 % de los mamíferos practican la monogamia “real”. Y sí, nosotras, criaturas humanas, estamos entre el 97 % que biológicamente coquetea con la variedad. El neurobiólogo David Barash añade que el deseo por múltiples parejas no es un defecto moral, sino una predisposición evolutiva: favorecer la diversidad genética. Mientras tanto, intentamos mantener relaciones exclusivas firmadas ante notario… y reforzadas con contraseñas compartidas en Netflix.

En el reino animal, hasta las especies consideradas “fieles” hacen trampas. El célebre primatólogo Frans de Waal observó en bonobos —nuestros primos genéticos más cercanos— que resuelven tensiones con sexo, sin preguntar nombres ni pedir exclusividad. Incluso los pingüinos, símbolos del amor eterno, registran tasas de infidelidad genética del 10 al 20 % según estudios publicados en Proceedings of the Royal Society.

¿Y el ser humano? Pues combina anillos de compromiso con búsquedas en Google tipo “cómo saber si mi pareja me engaña”. El informe Kinsey Institute (2023) señala que el 25-30 % de las personas en relaciones largas reconocen haber sido infieles al menos una vez. Si la monogamia fuera tan natural, no necesitaríamos terapeutas, detectives o aplicaciones para controlar la última conexión de WhatsApp.

Lo llamativo es que, aun sabiendo esto, insistimos en el guion de “para siempre y solo contigo”. Y cuando el deseo se desvía —porque se desvía— medicalizamos la culpa o llamamos “crisis” a lo que es simplemente biología bostezando de aburrimiento. La psicóloga Esther Perel, experta en deseo y relaciones, lo resume así: “Pedimos a una sola persona que nos dé lo que antes nos daba una tribu entera: amor, seguridad, emoción, novedad, estabilidad… y wifi compartido”.

Históricamente, la monogamia tampoco ha sido tan romántica. En Grecia y Roma, los matrimonios eran contratos sociales; el amor era un lujo que se vivía fuera del hogar con amantes variopintos, esclavos o poetas trágicos. El concepto de “amor único y exclusivo hasta la muerte” es bastante reciente, apenas del siglo XVIII, con el romanticismo alemán y novelas que terminaron con medio continente suspirando… y frustrado.

Pero ojo: cuestionar la monogamia no significa defender orgías comunitarias ni destruir bodas con bengalas. Significa reconocer que exigir exclusividad emocional, sexual y mental a perpetuidad puede ser más artificial que perverso. La naturaleza no castiga la diversidad; lo hace la culpa cultural.

Incluso la ciencia moderna empieza a dejar de lado el mito. Estudios de neuroimagen del University College London muestran que el enamoramiento activa zonas cerebrales parecidas al consumo de cocaína: euforia, obsesión, pérdida de juicio crítico. Pero ese efecto dura de uno a tres años. Después, la dopamina baja y entra la oxitocina: amor tranquilo, sí; orgasmo existencial, no.

Entonces, ¿es la monogamia una perversión? No exactamente. Es una construcción útil: protege patrimonios, organiza herencias y evita dramas logísticos. Pero, por otra parte, llamar “perversión” a lo que es natural —el deseo por otrxs— es como reñir al mar por tener olas.

Quizá la pregunta real no sea si la monogamia es perversa, sino si seguimos practicándola porque la queremos… o porque nos dijeron que era la única opción respetable. Porque, aceptémoslo: puedes amar profundamente a alguien y, aun así, que tu cerebro piense, de vez en cuando, en ese delicioso bocadillo de calamares.

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