
Hay quien todavía intenta justificar los celos como una prueba de amor. Una reacción “humana”. Un gesto de pasión. Pero no: no hay celos buenos. Nunca los ha habido. Detrás de cada escena, de cada sospecha, de cada explosión de inseguridad disfrazada de interés, se esconde un mecanismo silencioso que erosiona relaciones, autoestima y paz mental. Los celos no unen; asfixian. No hacen a nadie más amado; hacen al otro más vigilado. (+Independencia emocilnal: felicidad sin ataduras)
Esto no es teoría: es experiencia. Y pocas mujeres han hablado con tanta claridad sobre ello como Isabel Preysler en sus memorias Mi verdadera historia. Ella, acostumbrada a vivir en el centro del foco mediático, ha reconocido sin rodeos que los celos han estado presentes en todas sus relaciones importantes, y que las consecuencias han sido profundas.
En el libro afirma una verdad incuestionable:
“Desde luego, los celos son una falta de seguridad en uno mismo.”
No son una reacción espontánea, ni un impulso inevitable. Son inseguridad convertida en comportamiento. Y, como ella misma añade,
“siempre son malos para el que los padece y para el que los sufre y dañan cualquier relación, por muy sólida que sea.”
No hay definición más precisa: dos víctimas, un solo problema.
Preysler no solo habla en abstracto. Relata situaciones concretas que muestran cómo los celos funcionan como una forma de presión silenciosa. De Julio Iglesias afirma que sentía “unos celos enfermizos hacia cualquiera que se me acercara”, una vigilancia constante que convertía la convivencia en terreno minado. El control a través del miedo a “provocar” una reacción es, en esencia, una forma de maltrato psicológico: te obliga a reducirte, medir tus gestos, tus conversaciones, tus apariciones.
Con Miguel Boyer, aquellos celos adoptaron otra forma:
una obsesión “ridícula”, en palabras de ella, donde él “creía que todo el mundo se enamoraba de mí”. Es una frase que puede parecer anecdótica, incluso humorística, hasta que se comprende su trasfondo: vivir bajo sospecha permanente, donde cualquier interacción es interpretada como amenaza. Preysler reconoce que con los años esa actitud se agravó tanto que le pidió que acudiera a un psiquiatra. Cuando una mujer tiene que pedir ayuda profesional para que su pareja deje de torturarla emocionalmente, no se puede hablar de “celos normales”. Es un abuso afectivo.
Mario Vargas Llosa tampoco escapa al retrato. En la carta de ruptura que ella hizo pública, menciona sus “escenas de celos infundados”. Que un hombre culto, premiado y admirado caiga también en dinámicas de desconfianza demuestra algo que deberíamos asumir colectivamente: la inteligencia no inmuniza contra la inseguridad, y la inseguridad no justifica comportamientos que dañan emocionalmente a otros.
Los celos son un sistema que opera sobre un eje muy sencillo: el otro debe comportarse de una forma concreta para no desencadenar mi malestar. Es un chantaje emocional. Una forma de control. Una imposición disfrazada de amor. No hay romanticismo ahí: hay desgaste psicológico.
Quien sufre los celos ajenos termina viviendo en estado de alerta: revisando cada palabra, cada movimiento, cada gesto. No porque haya hecho nada malo, sino porque el otro ha decidido interpretar cualquier cosa como amenaza. Es una violencia suave, pero devastadora: no grita, pero se oye dentro durante años.
Cuando Isabel Preysler afirma que los celos “dañan cualquier relación”, habla desde la experiencia, sí, pero también desde un lugar de autoridad emocional. Ella ha convivido con hombres poderosos, famosos, admirados. Y aun así, el veneno de los celos estaba ahí. La posición social no protege. La fama no protege. El dinero no protege. Nadie está a salvo de la inseguridad ajena convertida en arma.
Por eso conviene repetirlo sin aditivos:
No hay celos buenos.
No los del artista apasionado, ni los del político brillante, ni los del intelectual célebre, ni los del vecino de al lado. No hay “un poco sí, pero”. No hay excusas culturales, ni biológicas, ni emocionales. Lo que hay es daño.
Si alguna vez alguien te dice que sus celos son “normalitos”, “inevitables” o “prueba de amor”, recuerda lo que muestran décadas de experiencia y la voz de quien los ha vivido en primera persona:
Los celos no son amor.
Son miedo en forma de control.
Y el amor nunca controla; acompaña.
Deja un comentario