
La historia oficial siempre ha tenido un punto ciego: las mujeres que amaban a mujeres. No solo fueron borradas; también fueron vigiladas, corregidas, castigadas o directamente ridiculizadas. Su deseo no encajaba ni en la estructura familiar patriarcal ni en las narrativas religiosas o científicas de cada época. Y aunque hoy vivimos una mayor visibilidad, el silencio histórico todavía pesa.
Este artículo no va de victimismo, sino de memoria: de entender cómo llegamos hasta aquí, qué obstáculos se construyeron sobre el deseo femenino y por qué muchas de nosotras aún cargamos heridas que vienen de siglos atrás.
Cuando amar a otra mujer era “invisible” por decreto
A diferencia de la homosexualidad masculina, el amor entre mujeres no siempre estuvo explícitamente prohibido, y esto no fue un acto de libertad, sino de negación. En la Edad Media y el Renacimiento, muchos legisladores europeos consideraban imposible que dos mujeres “pudieran tener sexo real”. Si no había pene, no había delito… ni existencia.
Es decir:
si no se nombra, no existe; y si no existe, no puede ser perseguido… ni reconocido.
Así de simple. Y así de devastador.
Pero cuando se sospechaba que una mujer “suplantaba al hombre”, las penas sí aparecían. El caso más conocido es el de Katherina Hetzeldorfer, ejecutada en 1477 en Alemania por mantener relaciones sexuales con mujeres usando un arnés artesanal. El problema no era el amor: era la transgresión del rol femenino. (+ sobre Katherina)
Del romanticismo femenino al diagnóstico psiquiátrico
Durante siglos, las relaciones íntimas entre mujeres se toleraron si cabían dentro del concepto de “amistades románticas”: vínculos intensos, afectuosos, apasionados… siempre que no se sospechara deseo sexual. Las cartas de mujeres de los siglos XVIII y XIX están llenas de frases que hoy sonarían inequívocamente lesbianas, pero entonces se interpretaban como parte de la sensibilidad femenina.
El borrado era total:
si las mujeres no eran consideradas seres sexuales, tampoco podían ser sexualmente disidentes.
Todo cambió en el siglo XIX, cuando la medicina empezó a clasificar comportamientos y a definir “anormalidades”.
En 1896, el médico alemán Richard von Krafft-Ebing incluyó el lesbianismo en su influyente Psychopathia Sexualis, describiéndolo como una desviación congénita.
Más tarde, en 1925, Magnus Hirschfeld, pionero en los derechos LGBT+, lo consideró una orientación natural, aunque minoritaria.
La ciencia, por primera vez, empezó a hablar de nosotras… pero siempre desde afuera.
Lesbianas en la sombra del feminismo
La primera ola feminista, centrada en el derecho al voto, evitó el tema.
La segunda, en los años 60 y 70, lo abrazó… pero con tensiones.
En Estados Unidos, grupos como Daughters of Bilitis (fundado en 1955, el primer grupo lésbico del país) fueron esenciales, pero muchas feministas heterosexuales temían que la presencia de lesbianas diera mala imagen al movimiento. (+ sobre este grupo)
De hecho, una de las grandes frases políticas de la época –“El feminismo es la teoría; el lesbianismo es la práctica”– surgió como reacción a esa exclusión y marcó un antes y un después.
El control del cuerpo femenino como raíz del problema
La opresión histórica hacia las mujeres que aman a mujeres tiene una base muy clara:
una mujer autónoma rompe el sistema.
Una mujer que no necesita un marido lo rompe aún más.
Una mujer que desea exclusivamente a otras mujeres lo dinamita por completo.
Su cuerpo no produce herederos.
Su deseo no depende de un hombre.
Su vida no sigue el guion asignado.
Y por eso fue tan necesario silenciarlas. (+ ¿Por qué incomoda el deseo entre mujeres?)
La herencia actual de un silencio antiguo
El borrado generó tres heridas que aún vemos hoy:
Falta de referentes históricos: muchas piensan que “no hubo lesbianas antes”, cuando en realidad hubo miles, solo que sin archivos.
Dificultad para nombrar el deseo: siglos sin lenguaje dejan rastro. (+ Por qué nadie te enseña a masturbarte si eres mujer?)
Estigma interno: si una identidad se reprime durante generaciones, cuesta vivirla sin culpa.
Rescatar la historia es un acto político
No para victimizar, sino para reparar.
Saber que siempre existimos.
Que siempre nos amamos.
Que solo nos faltaron los micrófonos, no la historia.
Y que ahora, por fin, estamos escribiendo la nuestra sin permiso de nadie.
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