Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

Las Navidades tienen algo profundamente heterosexual incluso cuando no lo parecen. Hay luces, hay villancicos, hay cenas interminables… y hay una idea muy concreta de cómo debería ser una familia. Por eso, cuando eres lesbiana, las Navidades no siempre son solo una fiesta: a veces son una prueba de resistencia emocional envuelta en papel de regalo. (+ El precio de ser lesbiana)

Para empezar, está la pregunta. Esa que cae cada año como una bola de nieve mal lanzada: —¿Y tú tienes pareja? Y si la tienes, llega la repregunta: —¿Vendrá en Nochebuena? En ese “vendrá” se condensan décadas de expectativas, silencios incómodos y negociaciones internas. Porque las navidades lésbicas no siempre empiezan en la mesa, sino mucho antes, en la decisión de cuánta verdad cabe este año.

Hay familias donde todo fluye, donde la novia es una más y el amor no necesita traducción. Pero también hay otras —muchas— donde la tolerancia es condicional: se acepta, pero apenas se nombra; se permite, pero no se celebra. La pareja puede venir, sí, pero mejor “como amiga”. Mejor sin gestos. Mejor sin incomodar. Y ahí empieza ese arte tan nuestro de medir palabras, caricias y silencios.

Luego están las navidades partidas. Las que se dividen entre dos casas, dos familias, dos realidades, dos geografías emocionales. Porque amar a una mujer suele implicar amar también su historia, y eso incluye padres, madres, hermanos y mesas distintas. El romanticismo se diluye un poco cuando calculas si llegas a tiempo al postre en la casa de una y al cava en la otra.

Y, por supuesto, están las navidades elegidas. Las más bonitas. Las que se celebran con amigas, con exs bien colocadas en el pasado, con gente queer que no pregunta, sino que entiende. Las cenas improvisadas, los regalos sin género, las sobremesas donde nadie te explica cómo “sentar cabeza” porque ya estás sentada, a gusto y sin pedir permiso. Para muchas lesbianas, estas son las navidades de verdad: las que no duelen.

Las navidades lésbicas también tienen algo profundamente político. Porque cada gesto —llevar a tu pareja, nombrarla, besarla— sigue siendo una forma de visibilidad. No grandilocuente, no épica, pero sí constante. Como una gota que insiste año tras año. Y cansa. Cansa tener que ser valiente cuando solo querías comer escudella y canelones.

Además, está el peso de los roles. En muchas parejas de mujeres reaparece, sin quererlo, la pregunta de siempre: —¿Dónde pasamos estas fiestas? —¿Con quién? —¿A quién decepcionamos este año? Porque incluso fuera de la heteronorma, el mandato familiar sigue operando. Y decir “este año no vamos” sigue siendo un pequeño acto revolucionario.

También hay duelo. Navidades sin salir del armario. Navidades después de una ruptura. Navidades donde el rechazo aún sangra. No todas son luces y brindis. A veces son tristeza con espumillón y desencanto.

Y aun así —o precisamente por eso— las navidades lésbicas tienen algo poderoso. Porque en medio de todo ese ruido, muchas aprendemos a elegirnos. A crear rituales propios. A construir hogares que no siempre coinciden con el árbol genealógico, pero sí con el afectivo.

Quizá por eso, cuando pasan las fiestas, muchas sentimos alivio… y también orgullo. Porque hemos vuelto a atravesarlas. Hemos sobrevivido. Con nuestras contradicciones, nuestros amores y nuestras decisiones.

Al final, las navidades lésbicas no son perfectas. Son negociadas. Son complejas. Son reales. Y, a su manera, profundamente nuestras.

¡Felices fiestas!

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