Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

Cada 1 de enero ocurre algo curioso: personas que llevan años sin tocar una pesa, que odian madrugar o que jamás han terminado un libro, se despiertan convencidas de que esta vez sí. No es ingenuidad pura; es psicología. El Año Nuevo funciona como un detonante mental poderoso, una especie de reinicio simbólico que da la sensación de empezar desde cero. La ciencia lo llama “efecto de nuevo comienzo” (fresh start effect), y explica por qué fechas como el 1 de enero, los cumpleaños o los lunes nos hacen sentir más capaces de cambiar. (+ ¿Por qué nos resistimos al cambio?)

Este efecto se basa en una operación mental sencilla pero potente: dividimos nuestra vida en capítulos. El “yo del año pasado” queda mentalmente separado del “yo del año que empieza”, lo que reduce la culpa por fracasos anteriores y aumenta la esperanza. Durante unos días, el futuro parece limpio, disponible, moldeable. El problema es que esa sensación dura menos que la mayoría de los propósitos.

La caída de los propósitos: datos poco románticos

Aunque el ritual de hacer propósitos es masivo, su eficacia es sorprendentemente baja. Los estudios son consistentes: solo alrededor del 8 % de las personas cumple sus resoluciones de Año Nuevo. La mayoría abandona en semanas. De hecho, el entusiasmo inicial cae de forma abrupta: tras un mes, una parte significativa ya ha desistido, y a los seis meses menos de la mitad sigue intentándolo. A los dos años, apenas una minoría mantiene el cambio.

No es falta de carácter ni de ganas. Es algo más incómodo: la mayoría de los propósitos están psicológicamente mal diseñados.

¿Por qué el cerebro sabotea el cambio?

Uno de los errores más frecuentes es formular metas vagas: “quiero cuidarme”, “quiero ser mejor”, “quiero cambiar de vida”. El cerebro no trabaja bien con abstracciones. Necesita instrucciones claras. Cuando no las hay, no se activan conductas concretas y el propósito se diluye en buenas intenciones.

A esto se suma otro problema clave: la sobreestimación de la fuerza de voluntad. Durante los primeros días de enero, la motivación está alta, pero la motivación es volátil. La fuerza de voluntad, además, no es infinita. La investigación en psicología del autocontrol muestra que se agota con el uso continuo, sobre todo cuando no se han convertido las acciones en hábitos automáticos.

Pero hay un obstáculo aún más profundo y menos evidente: la identidad. Los cambios duraderos no son solo conductuales, sino identitarios. Una persona que se define como “alguien que odia el deporte” puede ir al gimnasio durante un mes, pero si esa conducta no encaja con su autopercepción, el cerebro tenderá a restaurar el equilibrio anterior. Cambiar lo que hacemos sin cambiar la historia que nos contamos sobre quiénes somos suele ser insostenible.

La brecha entre querer y hacer

La psicología conductual lleva décadas estudiando la distancia entre intención y acción. Querer algo no basta. Para que el comportamiento cambie, es necesario anticipar obstáculos y decidir de antemano cómo actuar ante ellos. Las estrategias del tipo “si ocurre X, haré Y” aumentan significativamente la probabilidad de éxito. Sin estas estructuras, el cerebro elige siempre el camino conocido, aunque no sea el deseado.

Entonces… ¿sirve de algo el Año Nuevo?

Sorprendentemente, sí. Aunque la mayoría de los propósitos fracasa, el acto de plantearlos no es inútil. El optimismo, la sensación de dirección y la esperanza están asociados a mayor bienestar psicológico. El problema no es desear cambiar en enero, sino creer que el cambio se sostiene solo con ese deseo.

El Año Nuevo no es una varita mágica, pero sí un espejo. Nos muestra qué queremos ser, aunque todavía no sepamos cómo llegar. La psicología no dice que renunciemos a los propósitos, sino que dejemos de tratarlos como deseos y empecemos a tratarlos como procesos.

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