Úrsula J.Gilgati

Un refugio para las letras LGTBIQ+

La Navidad suele presentarse como un territorio neutral, casi intocable: familia, infancia, tradición y ternura. Sin embargo, si se observa con un mínimo de distancia crítica, emerge un patrón claro y persistente: las tradiciones navideñas están profundamente atravesadas por una lógica machista que se ha naturalizado a lo largo de siglos. No se trata de una conspiración consciente, sino de algo más eficaz: la repetición simbólica de roles que refuerzan una jerarquía de género. (+ El peso de la tra(d)ición)

El ejemplo más evidente es el pesebre. En él, la figura central es un niño —Jesús—, flanqueado por dos padres que no ocupan el mismo lugar simbólico. María aparece como madre, silenciosa, pasiva, definida exclusivamente por su función reproductiva y su pureza. José, aun siendo secundario, encarna la figura del protector, del adulto responsable, del que “está ahí” sosteniendo la escena. Ninguna mujer más aparece en posiciones de agencia: no hay sabias, no hay lideresas, no hay pastoras. Los Reyes Magos, portadores de conocimiento, poder y movimiento, son tres hombres. El mensaje simbólico es claro: lo importante ocurre entre varones, y las mujeres acompañan.

Desde la psicología social, sabemos que los símbolos repetidos desde la infancia contribuyen a la construcción de esquemas mentales sobre el mundo. No enseñan explícitamente, pero moldean expectativas. El pesebre no dice “las mujeres no importan”, pero lo sugiere por omisión, año tras año, generación tras generación.

Algo similar ocurre con la figura más popular de la Navidad contemporánea: Papá Noel. Un hombre mayor, barbudo, autónomo, viajero, que reparte regalos y decide quién se ha portado bien y quién no. No existe Mamá Noel en el imaginario colectivo con el mismo peso simbólico. Cuando aparece, suele hacerlo como figura secundaria, doméstica o decorativa. La autoridad moral, el poder de decisión y la acción están masculinizados. Incluso en los cuentos modernos, Papá Noel actúa; Mamá Noel, si existe, espera.

Este patrón no es anecdótico. La psicología del aprendizaje social muestra que los niños interiorizan roles a partir de modelos observados. Cuando las figuras de poder, movimiento y decisión son mayoritariamente masculinas, se refuerza la asociación entre masculinidad y agencia. La feminidad queda ligada al cuidado, la espera y la pasividad.

La propia organización de las celebraciones navideñas reproduce este esquema. Aunque se habla de “fiestas familiares”, el trabajo invisible de la Navidad sigue recayendo mayoritariamente en mujeres: planificación de comidas, compra de regalos, preparación emocional del encuentro, cuidado de mayores y niños. Mientras tanto, el imaginario simbólico celebra figuras masculinas extraordinarias —reyes, padres mágicos, salvadores— desconectadas del trabajo cotidiano que sostiene la fiesta.

Desde una perspectiva psicológica, esta disonancia no es inocua. Genera una doble exigencia para las mujeres: sostener la tradición y, al mismo tiempo, no cuestionarla. Criticar la Navidad suele percibirse como amargura o falta de espíritu festivo, lo que dificulta cualquier revisión crítica de sus estructuras simbólicas.

Cuestionar el machismo en las tradiciones navideñas no implica renunciar a la Navidad, sino revisar qué valores se transmiten bajo la apariencia de lo “natural”. Las tradiciones no son neutrales ni eternas: se construyen, se repiten y pueden transformarse. Introducir figuras femeninas con agencia, revisar relatos, diversificar símbolos no destruye la magia; la actualiza.

Tal vez el verdadero espíritu navideño no consista en repetir sin pensar, sino en preguntarnos qué mundo estamos enseñando cuando decoramos el árbol, montamos el pesebre o contamos historias que, sin darnos cuenta, siguen diciendo quién puede ser protagonista y quién debe quedarse al margen.

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