
Vivimos envueltos en eufemismos como si fueran papel de burbujas. Todo se amortigua, se suaviza, se reetiqueta. Ya no hay gordos, hay cuerpos no normativos; no hay viejos, hay personas mayores; no hay locos, hay diversidad mental. Y ojo: muchas de estas revisiones del lenguaje nacen de una intención legítima, la de no humillar ni excluir. El problema es cuando el lenguaje deja de ser una herramienta para comprender la realidad y pasa a ser un anestésico emocional. Cuando nombrar las cosas tal como son se convierte en un acto de violencia simbólica.
Hemos desarrollado lo que yo llamo piel de cristal. Una sensibilidad tan extrema que cualquier roce se vive como una agresión. Y esa fragilidad no nos hace más fuertes ni más empáticos: nos vuelve más vulnerables, más reactivos y, paradójicamente, más solos. Porque si no podemos nombrar lo que nos duele, tampoco podemos procesarlo. (+ El poder del lenguaje inclusivo para el colectivo LGTBIQ+)
El humor es una de las principales víctimas de esta cultura del eufemismo. Reírnos de nosotros mismos —de nuestras miserias, contradicciones y límites— ha pasado de ser una forma sana de autoconocimiento a un ejercicio de riesgo. El chiste ya no se escucha: se analiza. Se disecciona. Se fiscaliza. ¿A quién ofende? ¿Desde qué privilegio se dice? ¿Quién puede reírse de qué?
El resultado es una risa domesticada. Una carcajada con freno de mano. Y eso tiene consecuencias. El humor, especialmente el humor negro, ha sido históricamente una válvula de escape emocional. Freud ya hablaba de la risa como un mecanismo de descarga psíquica. Reírse no es frivolizar: es sobrevivir.
Cuando no nos permitimos la risa salvaje —esa que incomoda, que cruza líneas, que a veces es torpe— acumulamos tensión. Mucha. La tragamos, la racionalizamos, la escondemos bajo capas de corrección política. Y ese gas que no sale acaba buscando otras vías: ansiedad, depresión, somatizaciones… o silencios peligrosos.
No es casual que vivamos una crisis de salud mental sin precedentes. Según la OMS, los trastornos depresivos y de ansiedad han aumentado más de un 25 % desde la pandemia. El suicidio sigue siendo una de las principales causas de muerte entre jóvenes y adultos jóvenes en muchos países occidentales. No, no todo se explica por la cultura del eufemismo, pero negar que vivimos hiperalertas, hipersensibles y emocionalmente sobreprotegidos sería ingenuo.
El problema no es cuidar el lenguaje. El problema es confundir cuidado con censura emocional. Creer que cambiar las palabras cambia automáticamente la realidad. No la cambia: solo la disfraza. Y una realidad que no se puede nombrar es una realidad que no se puede transformar.
Reírnos de nosotros mismos no nos debilita. Nos humaniza. Nos baja del pedestal de la identidad perfecta y nos devuelve al cuerpo, a la imperfección compartida. El humor no es el enemigo de la empatía; su ausencia, muchas veces, sí lo es.
Tal vez deberíamos recuperar una piel menos delicada y una risa más honesta. No para herir, sino para respirar. Porque cuando todo duele, vivir se convierte en una caminata sobre cristales. Y nadie aguanta eso mucho tiempo.
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