
Durante décadas, la violencia doméstica se ha contado siempre con la misma narrativa: un hombre violento y una mujer víctima. Esa imagen —terrible pero conocida— ha eclipsado una realidad menos visible, más incómoda y a menudo silenciada: la violencia dentro de las relaciones entre mujeres.
Una “crisis silenciosa”, y silenciosa no porque no exista, sino porque casi nadie quiere hablar de ella.
Sin embargo, cuando se mira a los datos, el silencio se rompe a gritos. Diversos estudios de instituciones de salud pública en EE. UU. y Europa indican que las mujeres lesbianas y bisexuales reportan niveles de violencia física y emocional iguales o mayores que las mujeres heterosexuales. Esto sorprende a muchas personas porque desafía ideas, mitos y fantasías sobre cómo “debería” ser una relación entre mujeres. Pero la ciencia no pregunta por preferencias, pregunta por hechos:
el abuso es un patrón de control y poder, no una cuestión de género.
* El mito de la «relación perfecta»
Una de las razones por las que esta violencia pasa desapercibida es que la sociedad ha colocado las relaciones lésbicas en un pedestal romántico: se asume que, al existir mayor simetría emocional, falta de roles de género rígidos y empatía compartida, la violencia es “menos probable”.
Ojalá fuera cierto.
De hecho, esa idealización es parte del problema: hace que muchas víctimas no reconozcan lo que están viviendo.
Si no encaja con el estereotipo, parece que no puede ser abuso.
Y mientras tanto, dentro de las paredes de casa, el maltrato sigue.
* El abuso psicológico: el gran arma silenciosa
En las relaciones lésbicas, los estudios señalan que la violencia psicológica y emocional es particularmente frecuente. No hablamos solo de gritos o discusiones fuertes, sino de dinámicas mucho más sutiles —y peligrosas—:
– Control emocional disfrazado de sensibilidad: “Solo yo te entiendo”, “Si hablas con otras, me abandonas”.
– Celos intensos legitimados como prueba de amor.
– Gaslighting emocional: hacer creer a la pareja que está “exagerando” o “malinterpretando” la realidad.
– Aislamiento de amistades y familia.
– Uso de la orientación sexual como chantaje: “¿Quién te va a creer?”, “Si lo cuentas, te saco del armario”, “Van a pensar que eres tú la agresora”.
Este tipo de manipulación no deja moratones, pero deja heridas profundas, identidades rotas y autoestimas reducidas a cenizas.
El abuso psicológico es devastador… precisamente porque puede durar años sin ser reconocido.
* ¿Por qué cuesta tanto denunciarlo?
La respuesta es incómoda, pero real: miedo.
Miedo a no ser creída, miedo a ser juzgada por la propia comunidad, miedo a que la policía minimice la situación, miedo a convertirse en “el caso que los homófobos usarán para atacar a las lesbianas”.
Además, muchas mujeres sienten que denunciar a otra mujer “traiciona a la comunidad LGTBI”. Pero proteger a las mujeres —todas las mujeres— nunca es traición.
* La ciencia también habla: la violencia no entiende de orientación
Los análisis de psicología social muestran que los factores que aumentan el riesgo de abuso no son la orientación sexual, sino:
– Historia previa de trauma.
– Baja autoestima.
– Dinámicas de dependencia emocional.
– Dificultades económicas o laborales.
– Aislamiento social.
– Problemas de gestión emocional.
Estos factores no desaparecen porque dos mujeres decidan compartir una vida. Al contrario: a veces se intensifican porque muchas parejas del mismo sexo sienten presión para “demostrar” que su relación es perfecta.
Romper el silencio es un acto de amor —propio y colectivo
La violencia doméstica en relaciones lésbicas no debe seguir escondida.
No es un tabú, no es una traición, no es una mancha.
Es una realidad que afecta a miles de mujeres y que debe salir a la luz.
Visibilizarla no destruye a la comunidad: la fortalece.
Hablar de ello no es sensacionalismo: es supervivencia.
Y reconocerlo es el primer paso para que ninguna mujer —ame a quien ame— tenga que sufrir en silencio.
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